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San Jacinto perdura en la memoria de los nicaragüenses y su principal héroe —Tata Lolo Estrada, entonces de 64 años— se ha glorificado. Realmente, José Dolores no era un militar improvisado. Mulato, había nacido en Nandaime el 16 de marzo de 1792 y tomado parte en las asonadas preindependentistas de 1811-12. El 9 de agosto de 1851 fue nombrado capitán de la Compañía del Medio Batallón de las Milicias de Managua. En la guerra civil de 1854 peleó al lado del bando legitimista. Pequeño propietario agrícola —y por tanto en mayor contacto con el pueblo—, ya era una personalidad: valiente, respetable y querido.

Escasamente letrado, no era un hombre de ideas, sino de principios. Por eso resistió en San Jacinto hasta tomar la decisión cumbre de su vida: resistir hasta la muerte. “¡Firmes! —gritaba a sus soldados—, ¡firmes hasta acabar el último!”, según lo reveló muy temprano su primer biógrafo, amigo y protector Faustino Arellano Cabistán. A este y a Jerónimo Pérez, cuñado del presidente Martínez, se les debe en 1860 —y en Managua— la iniciativa de transformar en fiesta cívica la conmemoración de San Jacinto mediante una suscripción pública entre sus amigos del gobierno. Al año siguiente el 14 y 15 de septiembre fueron celebrados en Granada con mucho júbilo, pronunciándose este brindis: “Al invicto General / Que en su luciente acero / Enseñó al filibustero / Lo que es la Libertad; / Dediquemos esta fiesta / En ese día de gloria / Y que dure en su memoria / Por toda la eternidad.”

Por tanto, Tata Lolo no requería reelaboración de su figura, ni fue —como Juan Santamaría en Costa Rica— inventado como héroe al gusto de los gobiernos de su país a finales del siglo diecinueve. Su acción se reconoció inmediatamente a nivel nacional y centroamericano. El 6 de octubre de 1856 fue recibido triunfalmente con ramas y flores en Masaya. El 25 de junio de 1857 fue nombrado general de brigada. El 15 de marzo del año siguiente el Gobierno de Guatemala le otorgó la Cruz de Honor. El Poder Legislativo de El Salvador, en la misma fecha, le nombró general de división y el de Costa Rica, el 22 de mayo del 58, lo condecoró con otra Cruz de Honor. 

Recordemos, además, los poemas consagratorios de Jerónimo Pérez en el 57 y de Agustín Alfaro en el 61: “Catorce de septiembre, la patria te saluda, / la patria entusiasmada se goza en tu esplendor, / la patria con tus rayos parece que se escuda / del vándalo del Norte, del Yankee asolador”.

Otro texto digno de consignarse, por reflejar el valor y fervor patrióticos de Estrada, fue su “Llamado a las armas”, redactado en octubre de 1860 (ya tenía 68 años) cuando Walker intentara, por cuarta y última vez, apoderarse de Nicaragua; ahí llama a los filibusteros “esos salvajes blancos, oprobio de la civilización”. 

Don Fernando Chamorro Alfaro, Estrada se opondría en 1863 al presidente Tomás Martínez, quien les despojó de sus rangos militares. Luchaban, por tanto, contra el viejo amigo y compañero de armas defendiendo el principio republicano de la no-reelección. De su exilio en Costa Rica se conservan siete cartas suyas, en una de las cuales anota: “Yo estoy haciendo aquí algún limpiecito para ver si puedo sembrar unas matas de tabaco”. Como se ve, no opta por el extranjero arrimo oficial, ni se dedica a una parasitaria holganza, sino que busca un terreno donde sembrar para sostenerse con decoro e independencia.

La conmemoración de San Jacinto y el culto cívico a Tata Lolo —antes y después de su fallecimiento el 12 de agosto de 1869— se entronizó en la conciencia del pueblo y de los gobiernos. El de Fernando Guzmán, que le había nombrado comandante en jefe del Ejército, le tributó honrosos funerales y decretó el 4 de mayo de 1870 la compra de una lápida que llevaría esta inscripción: “Al ilustre General José Dolores Estrada. La Patria agradecida”. El de Roberto Sacasa hizo lo mismo con un monumento a la memoria de todos los combatientes de San Jacinto. En el de J. Santos Zelaya, uno de los barcos de nuestra marina de guerra fue bautizado San Jacinto. Y, para poner solamente un cuarto ejemplo, en 1917 —durante la restauración conservadora— se instauró la Jura de la Bandera, ocupando Estrada la figura central. 

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