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Cada hora en Nicaragua ocurren dos delitos sexuales reveló, el Instituto de Medicina Legal (IML) a El Nuevo Diario. La cifra es alarmante sobre un delito al que la víctima le sobrevive en silencio, con miedo y culpa, por lo que probablemente miles no denuncian a sus agresores dando cabida a un subregistro estadístico. 

El reporte del IML indica que en el año 2016 el 47.5% de los casos, las víctimas fueron niñas menores de 13 años equivalente a 7,600 de las 16 mil personas que atendió el IML por  violencia sexual. 

Una figura contemplada en el Código Penal de Nicaragua regulada por los delitos de violación (artículo 168 y 169) y abuso sexual (artículo 172) con penas de 5 a 7 años de prisión y hasta 12 años si la víctima es niño, niña o adolescente.

La persecución penal en este caso, como en todos los delitos, es importante no solo porque brinda un tanto de alivio y justicia a la víctima (un tanto porque el daño es irreparable), evidencia el problema, pero también pone un alto al abusador y manda un mensaje de castigo a posibles abusadores. 

No obstante, una vez cumplida la sentencia, el condenado saldrá libre y aunque su actuar podría cesar, siempre existe el riesgo de reincidencia. En este sentido escribo este artículo para apelar por educar a nuestra niñez en la prevención del abuso sexual infantil. 

Hemos naturalizado cierto comportamiento que ubica a la niñez en riesgo frente a posibles depredadores sexuales. Educamos sobre un modelo vertical en el que el adulto está en un altar y el niño (o la niña) debe rendirle pleitesía. Esta sin duda es la puerta grande para el violador y/o abusador. 

No reconocemos a la niñez como iguales, como individuos pensantes, sino como seres insulsos, y sobre ese pensamiento ponemos en duda sus palabras. La niñez necesita y debe sentirse protegida. Madres y padres debemos generar la suficiente empatía para que nuestros hijos (hijas) tengan la confianza necesaria y puedan expresarnos posibles hechos de abuso. 

Debemos estar claros que un acto sexual, tocamiento y/o abuso no puede salir de la cabeza de nuestra niñez por arte de magia. Si lo mencionan es porque algo está sucediendo. ¡Créele! Ponete de su parte y bríndale atención oportuna y necesaria. No pongas en dudas sus palabras.

Enséñale que es posible decir: “No” y respétalo. Si un niño no quiere besar, abrazar e incluso saludar a X ó Y persona, respétalo. No es malacrianza, es independencia emocional. Y en algunos casos podría incluso ser una señal de alerta sobre un posible abuso. 

Sus palabras, pero también su cuerpo debe ser respetado. Los adultos debemos evitar crear tabúes entorno a la sexualidad. Hay que enseñarle los nombres correctos de sus partes privadas: pene y vulva. Decirles que nadie debe tocarlas, incluyendo madres y padres, y hacerles ver que lo contrario es un abuso sexual. 

No olvidemos que el abusador suele inventar juegos en los que la “cucarachita y la purrunguita” son la antesala para toquetear a sus víctimas. Y recordemos que el delito de abuso sexual se refiere a “actos lascivos o lúdicos” sin llegar al acceso carnal. 

La prevención y protección es responsabilidad de nosotros los adultos. Madres y padres debemos creerles, sin hacerlos sentir culpables, porque la culpa no es de ellos, ni de nosotros, sino del violador y/o abusador sexual. Pero sí está en nosotros prevenir el abuso sexual infantil. 

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