Jorge Isaac Bautista Lara
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Cicerón decía algo que sintetiza la sabiduría que nos dan los años: “No saber lo que ha sucedido antes de nosotros, es como ser incesantemente niño”. Y esto corresponde a una verdad que nos toca encontrar, no descubrir, pues antes, tantos otros la han dicho; y es que nosotros siendo jóvenes lo que hacemos en los años de estudio es ir incorporando conocimiento, pero es en la vejez que uno procede a procesar de manera correcta esa información, para transformarla en sabiduría.

Pues no existe una sola persona que antes de llegar a edad mayor, no haya tenido que pasar y ser antes un joven. De manera que esa labor y diligencia que últimamente se está aplicando en varias universidades del país, públicas y privadas, de retirar de sus estructuras a personas con cierta edad, va en menoscabo del desarrollo y evolución de las mismas casas de estudio.

Precisamente por la naturaleza de lo que se es; significa y contiene el estudio y desarrollo académico, científico y pedagógico dentro de ellas: cortar el árbol del conocimiento, en el preciso momento que está apto para darnos lo mejor. La teoría es insuficiente e inútil, en materias que por su naturaleza resulta indispensable el sentido vivencial.

Qué mejor para ello que las explicaciones, experiencias e historias que nos cuentan y transmiten un viejo maestro o una profesora de edad. Entendiendo en esto, parafraseando a Ignacio Larrañaga que expresaba que en el amor se es como en el fuego donde deben vivirse ambas para comprenderse, explicar y transmitir. Igual pasa en el caso del trago de agua cuando se tiene sed; solo se puede entender su significado hasta que se siente y vive la sed.

De manera que, tomando del mismo Larrañaga, se entiende que la experiencia personal es insalvable a la hora de transmitir de mejor manera en las universidades. Y es que al retirar de esta manera a los profesores que  cumplen cierta edad de jubilación, bajo distintos artilugios de presión, no hacemos otra cosa que perder y castrar parte del sentido humano del conocimiento en cualquier casa de estudio que se estime a sí mismo.

Al observar y tratar la etapa de la vejez de los suyos, como elementos degradantes al final de la historia: estorbos del desarrollo institucional y científico. Olvidando que para nosotros mismos, muchos de nuestros héroes cuando éramos estudiantes eran aquellos viejos maestros que ocupaban bastón dentro de las aulas de clase.

Y siendo estudiantes sabíamos, sin poderlo aun sintetizar, sino hasta con el tiempo que: “En la juventud se aprende, y en la vejez es que se comprende”. Se siente el repelo de una doble moral en nuestras casas de estudio cuando celebran el Día del Maestro y luego se patea el bastón de quienes han entregado una vida en ellas. Condenándonos al eterno comienzo cuando se nos van los maestros. Somos la generación de la pérdida de valores y sabiduría. No está bien olvidar que es la vejez la que da libertad de actuar, porque permite ver la vida, sin los temores que nos da la juventud; con la plasticidad de saber lo que pasa porque ya se vivió.

Es la edad en que desaparece el espejismo de la juventud. ¿Puede encontrarse una persona que ame más a una casa de estudio que quien ha dedicado  lealtad, sacrificio, estudio y conocimiento, que quien ha dedicado su vida a ella? En la pedagogía que hoy se imparte y asume, existe una atrofia particular al concebir en la vejez no solo una incapacidad de transmitir, sino incluso de aprender algo más.

Olvidando la plasticidad del aprender que existe en el cerebro. ¿Existe en nuestras universidades el Departamento de la Mediana y Tercera Edad? En Argentina y Francia sí, por citar algunos países. Y en ellas se reconoce al adulto mayor como sujeto de derechos. En la idea de recoger, organizar y transmitir a las nuevas generaciones, las experiencias que se han acumulado en sus mayores. De manera que no solo se crea, sino que se potencia, la comunicación y vinculación intergeneracional.

Se nos está olvidando enseñar en nuestras casas de estudios que también en la vida el ser humano envejece (etapa natural), y que nuestros alumnos un día también lo serán. Y es que la vejez debe ser algo que se debe aprender a construir con arte y dignidad. En esto, hoy, se está quitando mucho de la dignidad de parte de las autoridades académicas a sus propios viejos maestros. Cabe decir, ante esta cultura y visión del estorbo de la vejez que se edifica, a Shakespeare: “No ensucies la fuente donde has apagado tu sed”.

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