Félix Navarrete
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La narrativa nicaragüense continúa enamorada de la política. Bajo el sello editorial costarricense Uruk Editores, “El meñique del ogro”, del escritor Erick Aguirre Aragón, pertenece a esa  saga de novelas  testimoniales que parecen haberse convertido en la moda literaria  de la generación que vivió la guerra de los 80 y 90. 

No pretendo sonar categórico con mi afirmación,  pero entre las novelas más recientes  que he leído, escritas por colegas de mi generación, Aguirre coloca en la mesa de la crítica una propuesta  ambiciosa por la cantidad de historias que cuenta, por el análisis que plantea y el rompecabezas que logra articular y que termina armando como una delicada bomba a punto de estallar en sus manos.

La novela de Aguirre se inscribe dentro de la línea testimonial y política, donde han incursionado los escritores Erick Blandón con “Vuelo de Cuervos”, Manuel Martínez con “La gloria eres tú”, Douglas Carcache con “Agonía en la Isla” y Guillermo Cortés Domínguez, con “El arcángel”. 

“El meñique del ogro” es una crónica extensa sobre algunos hechos históricos que marcaron nuestro destino y que el novelista, como un  alquimista, adultera todo para llevarnos por el terreno de la ficción y presentarnos una crónica personal, analítica  sobre la historia, en la que el ensayo parece estar compitiendo con la ficción.

Aguirre presenta una galería de personajes de  sus anteriores novelas, algunos  reales, otros ficticios, unos vivos, otros muertos, que se convierten  en oráculos y ecos de sus propias reflexiones. 

Joaquín Medina, su alter ego, acompañado por sus amigos escritores y periodistas de tragos que integran la Mesa Maldita, algunos muertos, otros vivos, propicia un debate sobre el origen de nuestra América Latina y los sueños rotos y perdidos de los nicaragüenses  en revoluciones, guerras y terremotos que terminan disipándose  con la misma  levedad con que se viven las realidades históricas.

Aguirre es un adicto a  amarrar los cabos  sueltos de una historia que se puede contar de distintas maneras, dependiendo del lente con que se mire: la revolución traicionada abruptamente por los  votos; la guerra fratricida alentada por el gobierno de Estados Unidos que dejó a miles de nicaragüenses en la indigencia y en el desamparo político y social; la obsesión enfermiza de buscar a un culpable de nuestra condición social y cultural;  las discusiones bizantinas sobre nuestra identidad,  estériles e interminables, todo esto, salpicado con asesinatos, ejecuciones y persecuciones propias de historietas narcos que aligeran la densidad de la novela y la rescatan de cierta monotonía. 

Confieso que al inicio la novela es lenta, pesada, cansona y por un momento tuve la  intención de abandonarla, pues leer 381 páginas es un itinerario riesgoso, pero de repente Aguirre nos saca del ambiente lúgubre y denso del Panal, de esas reflexiones que nunca tienen final, y nos transporta con un ritmo creciente a Nueva York donde el escritor José Román, autor de Cosmapa revela la presunta autoinmolación del general Sandino y luego  nos lleva a Miami, donde  participa como  testigo ocular de la ejecución del general somocista Gonzalo Evertz por unos narcos que al final lo atrapan. 

Hay algo curioso en la novela de Aguirre que me sorprende: no existe un solo pasaje romántico que ofrezca al lector, y que existe en toda novela que se precia de ser integral, el amor es  sustituido aquí por  el empecinado análisis  político y convierte a la novela en una especie de entrevista larga o crónica periodística.

Por otra parte, Aguirre rinde homenajes literarios  a los grandes escritores mexicanos Carlos Fuentes y Juan Rulfo, en los diálogos políticos y la caracterización  de los personajes fantasmagóricos que conforman la Mesa Maldita y cuya mayoría están muertos en la novela, incluyendo el propio  Joaquín Medina, que lee en el diario la crónica de su propia muerte. 

Para finalizar, debo confesar que pese a que no comulgo con el mensaje histórico y político de esta novela, pues se recrea en un pasado controversial y que puede verse desde muchos ángulos, “El meñique del ogro” es una historia que contada de otra manera, y sin obsesiones, podría haber dado para más. Salud, poeta. 
 
Email: felixnavarrete_23@yahoo.com

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