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“El Cine entre los Nicas”: a ojo de pájaro

Las anteriores apenas constituyen algunos significativos datos, no consignados por ninguna investigación precedente.

Como era de esperarse, mi libro “El Cine entre los Nicas” aporta un amplio conocimiento —producto evidente de una sostenida investigación— de la experiencia cinematográfica que tuvieron no pocos nicaragüenses —a lo largo de casi ochenta años en el siglo veinte— en nueve poblaciones del país: Managua, León, Chinandega, Granada, Masatepe, Boaco, Juigalpa, Bluefields y Mineral La India. Doscientas cuatro cintas silentes y mudas, y unas trescientas parlantes, son comentadas y objeto de crítica, personal o ajena.

Se revelan las once citas de Rubén Darío sobre el cinematógrafo y el primer nicaragüense que accedió a Hollywood: Adolfo Vivas. Se completa la filmografía de Gabry Rivas. Se trascriben la más temprana crítica cinematográfica, publicada por Ramón Caldera, en noviembre de 1919; y el primer panegírico del cine como arte: el de Antenor Sandino Hernández, en septiembre de 1920. También se detallan las más antiguas filmaciones realizadas en Nicaragua (noviembre, 1922) por un nicaragüense: un documental sobre el Ingenio San Antonio y la consagración del obispo de León Agustín Tijerino Loáisiga. Más aun: se valora a Luis Downing Urtecho como el primer crítico de cine entre nosotros propiamente dicho en 1934.  

Las anteriores apenas constituyen algunos significativos datos, no consignados por ninguna investigación precedente. Otros muchos se despliegan en los diecinueve capítulos del libro y en el apéndice documental, donde se rescatan textos desconocidos como “El problema musical del cine”, artículo del maestro Luis A. Delgadillo sobre la crisis mundial y nacional que provocó a su gremio el impacto del cine sonoro, a principios de los años treinta. Otros corresponden a las críticas de siete filmes durante el primer festival de cine ruso en Managua a mediados del 58; y a la primera crítica cinematográfica de Franklin Caldera, a sus dieciocho años, en una revista colegial. 

Pero no quiero alargarme. Diré apenas que dedico cinco capítulos a los cinéfilos imprescindibles: Mario Cajina-Vega (1929-1995), Horacio Peña, Sergio Ramírez, Franklin Caldera y Ramiro Argüello (1943-2016), sin olvidarme de otros tantos como Mario Fulvio Espinosa, Rolando Steiner, Carlos Mohs, Mayra Luz Pérez Díaz, Rafael Vargarruíz, Guillermo Rothschuh Villanueva… y paro de enumerar: No faltan, desde luego, la incidencia del cine entre los vanguardistas granadinos, cultivadores del humor chaplinesco; ni su crisis e influencia en la segunda hecatombe mundial, ni la censura de las películas en el Simel (Servicio Informativo de la Moralidad de Espectáculos y Lecturas), organizado por la Congregación Mariana de la Iglesia Santo Domingo; ni la retahíla singular que le escuché a un chavalo vago del barrio Sajonia en Managua, a mediados de los años cincuenta: Señorita Warner Bross: / Si usted me la Pelimex, / Yo se la Paramount / Y se la Metro Goldwin Mayer / Hasta la Twentieth Century Fox.

Tampoco faltan la presencia de Cantinflas y de Walker en los guiones de cine respectivos de Salomón de la Selva (1941) y Pablo Antonio Cuadra (1948), los primeros redactados por autores nacionales. Ni el detallado registro de dos realizaciones filmadas en Nicaragua: “La siesta de un fauno”, cortometraje tico-nica inconcluso, de 1960; y “El Paraíso”, ejemplo de cine verité, dirigido por Miguel d’Escoto Brockmann en 1975, además de un reconocimiento a Mayra Luz Pérez Díaz. Se trata de la primera nicaragüense que estudió cinematografía —en Valladolid— e impartió tres cursos en la UCA, entre 1976 y 1977, integrados al currículo de la carrera de Artes y Letras. 

En cuanto a la primera actriz nacida en Nicaragua con experiencia en Hollywood, descubrí que lo fue la matagalpina Peggy Stanford, hija de australiano, quien compartió con Charles Starret los roles estelares de la película Justicia de Cowboy, proyectado en el Cine Tropical el 28 de septiembre de 1940. Ella recordaba con cariño los años de su niñez cuando correteaba por su ciudad natal. 

Solo dos mujeres, por lo demás, han asumido la tarea de historiar el cine en nuestro país. Primero: la costarricense María Lourdes Cortés, en La pantalla rota (2005), que le dedicó setenta páginas; y luego Karly Gaitán Morales en su conocida y reconocida obra A la conquista de un sueño (2014). Pero el conocimiento de tan apasionante materia es patrimonio de todo cinéfilo y no puede quedar estancado. Yo apenas he contribuido con una “cagadita de pato”; pero áurea y, como lo comprobarán los lectores, documentalmente novedosa y rigurosa.