•  |
  •  |
  • Edición Impresa

Fue uno de esos viajes cortos a la tierra de la abuela Herminia, a quien nunca conocí. 

Aproveché para visitar a la otra tía menor, cuya madurez se  imponía en la disposición de sus gestos despaciosos y mesurados; pero sin perder su elegancia natural y buen gusto.

De pequeño había vivido ahí en Mariscal, 17 calle 6-53, zona 11. Era una casa cómoda; nunca tropical o luminosa. A mí siempre me pareció grande (¡Todas las cosas para un niño son de dimensiones superlativas!). Y guardaba algunos lugares “inaccesibles” que veía desde fuera pero que nunca me permitieron palpar: el laboratorio del abuelo cargado de aparatos y microscopios para la hematología; su clínica llena de herramientas quirúrgicas; la parte alta de la casa desde donde la señora Rossi (mi abuelastra) podía cortar los aterciopelados y jugosos albaricoques; el garaje, con el Fiat, en el que muy pocas veces me subí; y la biblioteca, situada en un cuarto oscuro y frío del fondo; contiguo dormía Ismael Borocq, el otro niño tribal de la casa que, lógicamente, hablaba con un acento raro. 

Y tan solo al entrar a la clínica estaban unas repisas, empotradas en la pared, cargadas de libros. 

Ahí tomé un libro pequeño. De esos que los franceses llaman “De poche”; el lomo debió ser de cuero. Y aunque deslustrado, se conservaba bien. Sus hojas eran suaves, no sé si por los desgastes inaceptables de la vida o por el fino papel, que seleccionó el editor de entonces.

“Les Travailleurs de la Mer” (Los trabajadores del Mar) de Víctor Hugo, era su título. Sentí atracción por el libro, sin ninguna razón. Lo hojeé varias veces. Le daba vueltas en mis manos, con cierta habilidad desprovista, pues siempre he sido torpe, descuidado. Me sentía como un bartender, que se pasa con rapidez cautivante, una botella de una mano a otra; casi con la pericia de un malabarista. 

Y lo volvía a abrir. Lo hojeaba. Lo volvía a cerrar. No sé si era un  gesto nervioso o el instinto incorregible de dejarme seducir por los misteriosos libros de elocuencia reservada y silente, hasta que alguien los descubre y los abre. Y se convierten en lámpara de Aladino, en luz refulgente que de repente se prende y desconcierta. De ellos surge un universo que nos contagia o desilusiona. Todos los libros son misteriosos. 

En un impulso previsible ví la primera página. Sentí un solaz inusual. El libro se lo había regalado Rubén Darío (¡Sí ese bardo gigantesco que sigue conmoviendo cien años después de su muerte!), a mi tatarabuelo Ramón A. Salazar Barrutia. La dedicatoria era fina, cariñosa, reverente.  

La letra de Darío era hermosa, de arabescos rasgos. El color ya vencido, aún mantenía algunos trazos fuertes. ¿Tinta café, ocre? Cualquier color era mágico en la pluma dariana. 

¿Qué guardaría Rubén Darío en sus bolsillos? Tal vez…una pluma, un tintero, una flor marchita cortada en un jardín palaciego, un pañuelo bordado por la amada Francisca, su reloj de leontina Ingersoll, un daguerrotipo en sepia, un flask, medio lleno de ajenjo.  

¡Qué emoción! Me quise llevar el libro. Me impulsó el sentido de pertenencia. Ya mi abuelo no estaba. Y este visitante podía reclamar la posesión sin intentar incurrir en el hurto.

Darío había vivido en Guatemala (1890-91). Después regresó en dos breves ocasiones. En la Biblioteca Nacional se conservan sus escritos como cronista, poeta y director de “El Correo de la Tarde”. Así conoció al intelectual guatemalteco, Enrique Gómez Carrillo, quien se puso a la orden de Rubén para enseñarle Europa de día y de noche (O más bien: “¡A sus desórdenes!”) ―como diría el escritor y poeta masayés Julio Paniagua).

No sé por qué no tuve el valor de reclamar, a mi abuelastra, tal obra, cuyo valor era inconmensurable. Era, además, una evidencia del gesto amistoso del colosal poeta nicaragüense para mi tatarabuelo ―un poeta menor, novelista, ensayista, médico y diplomático, de aquella belle époque.

Me resigné a seguir hojeando el libro. Pero ya abrigaba con firmeza el deseo honroso de pedirlo prestado. Sentía el libro como una justa herencia.

Desencantado, lo dejé ahí al despedirme. Había tenido en mis manos algo extraordinario.

Mucho tiempo después, en una de esas tardías y prolongadas  conversaciones amanesqueras con mi tía, que vino de paseo a Nicaragua, nos contó que venderían la casa de Mariscal.

Le pregunté por los libros de la valiosa biblioteca.

Ella me dijo: “Ya no existen. Todos se los comieron las polillas”.  

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus