Félix Navarrete
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En el año 2008, la prestigiosa revista Esquire eligió al papa Benedicto XVI como el hombre de los accesorios del año y mencionó, entre uno de sus méritos, sus exquisitos zapatos de cuero rojo, hechos con piel de becerro, marca Prada, que destacaban siempre en su indumentaria papal y que dejaban asomar una arraigada vanidad.

Cinco años después, cuando el sacerdote argentino Jorge Bergoglio, conocido en el mundo espiritual y católico como el papa Francisco, fue elegido Papa el 13 de marzo de 2013, la prensa hispana, chismosa y memoriosa, recordó los zapatos lujosos de Benedicto XVI y los comparó con los desgastados zapatos ortopédicos negros que sigue usando  Francisco y que son testigos de su caminar evangelizador por Argentina.

Sin embargo, aquel ínfimo detalle mediático, aparentemente inocuo, vaticinaba el estilo de vida modesto que llevaría en el pontificado el Papa Francisco, como testimonio y ejemplo a seguir por los cardenales y sacerdotes, y preconizaba el fin de una era materialista y licenciosa, y el inicio de una temporada de reflexión y rectificación.

Y es que el papa Francisco, desde que llegó al Vaticano, intuía por experiencia e iluminación del Espíritu Santo, que debía limpiar la casa al igual que  hizo Jesucristo cuando sacó del templo a los vendedores y ladrones. Y debía hacerlo aunque esto le costara la vida. 

Francisco sabía que la corrupción de la curia vaticana era evidente: que muchos cardenales, arraigados en la burocracia, vivían en apartamentos lujosos, con gastos indiscriminados fuera de control; y que su vida se ha alejado del evangelio de Jesucristo para abrazar al dios dinero.

Por eso, Francisco, escandalizado ante la corrupción y mundanización de sus colegas, en una reunión con la curia romana, habría dicho, según revela el libro “Código Francisco”, del escritor y sociólogo argentino Marcelo Larraquy: “Si no sabemos custodiar el dinero que se ve, cómo podemos custodiar las almas de los fieles, que no se ven”. 

Sabía, por experiencia propia, que esa claque de  sacerdotes y funcionarios se había arraigado como hidra en el Vaticano, convirtiendo  a la Iglesia en una institución mundana y pecadora, lejos del legado que dejó Jesucristo y los cristianos primitivos. 

Fue entonces que decidió, por si las moscas, quedarse viviendo en Santa Marta, en un apartamento de cincuenta metros cuadrados, lejos de las intrigas palaciegas que tanto daño hacen al espíritu, y como un testimonio y ejemplo para  la burocracia vaticana que vive en apartamentos lujosos, maneja una Apple portátil  y viaja  en Mercedes Benz y Audi.

A partir de allí,  Francisco  comenzó una revolución espiritual dentro del Vaticano y extramuros.   Sabía que se enfrentaría  con “una Santa Sede ahogada en su mundanidad espiritual” y en su “narcisismo teológico” y quizás dispuesta a todo para preservar sus intereses.  El tiempo lo dirá. 

Pero la revolución espiritual impulsada por Bergoglio ha tocado también a las iglesias latinoamericanas, seducidas por el materialismo. Como un pastor aún oloroso a ovejas, el Papa ha instado a los obispos y sacerdotes a salir de las iglesias, a no mantener secuestrado a Jesucristo en el sagrario, a predicar con el testimonio de la pobreza y la humildad.  A no sentirse un iluminado de Dios y por encima de los fieles hambrientos de amor y misericordia. A buscar el rostro de Dios en sus ovejas. A  abandonar la zona de confort de la casa cural y dejar de ser simples organizadores de kermeses  para internarse a la montaña como una vez lo hizo el cardenal Miguel Obando en nuestro país, montado en una burrita, sin más poder que el otorgado por Cristo para evangelizar.

Han transcurrido cuatro años desde que lo eligieron Papa, y su legado ha conquistado miles de corazones católicos que se encontraban vacíos y carentes de un líder espiritual que a diario, usando su don de comunicador, nos evangelice diariamente contra el materialismo, la idolatría del dinero, la división de la familia y la misericordia como llave del perdón y la reconciliación permanente. 

No hay duda de que Francisco pasará a la  historia como el Papa de la revolución.  Un Papa que ha venido a replantear la misión de la Iglesia universal: visibilizar a los pobres, a los excluidos, a los que tienen hambre material y también espiritual. Los pobres son los favoritos de Cristo. No nos enredemos.

Quiero terminar con una frase de Francisco que sintetiza su ministerio y su legado: “La Iglesia debe hablar con la verdad y también con el testimonio: el testimonio de la pobreza. Si un creyente habla de la pobreza y los “sin techo” y lleva una vida de faraón... esto no se puede hacer.”

Por eso me gustan los zapatos de Francisco. Valen mucho más que los mocasines rojos de su predecesor. Los zapatos de Bergoglio están desgastados por los avatares de su peregrinación evangelizadora, son testigos de sus luchas y sus crisis; son los zapatos que recorrieron Argentina tantas veces divulgando la misericordia y el perdón.  Los zapatos predilectos de Dios. 

Email: felixnavarrete_23@yahoo.com

Managua,3 de octubre de 2017

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