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Superar excusas para emprender los sueños

Napoleón Hill escribió hace ochenta años: “La indecisión es la semilla del temor” y “los temores no son más que estados de la mente” (1937).

¿Cuáles son las excusas comunes para no buscar ni tomar oportunidades y emprenderlas? Creo tres: no tengo tiempo, no tengo dinero y no puedo. Esas tres negaciones (no afirmaciones), que quien las dice y repite termina asumiéndolas (evitemos decirlas), se resumen en una: tengo miedo. ¿Miedo a qué? A lo desconocido, al fracaso, al rechazo, a la aventura que significa enrumbarse a un nuevo camino, al reto de hacer algo nuevo, a la esperanza, al porvenir, a la prosperidad... Es “pobreza mental” a veces inculcada por el entorno, pero asumida y cultivada por cada uno. Los miedos tienen su origen dentro de cada uno y solo cada quien puede superarlos.

Napoleón Hill escribió hace ochenta años: “La indecisión es la semilla del temor”  y “los temores no son más que estados de la mente” (1937). Preferimos, con frecuencia, quedarnos en la mal llamada “zona de confort”, erraron en llamar así a lo que es un estado incómodo, de escasez humana y material, que estanca, encierra, restringe e impide que los sueños existan, te mantendrá en lo mismo, atrás, dependiendo de otros, culpando a otros, siendo uno más del montón, dejando pasar el tiempo sin vivirlo ni trabajar tus talentos para hacerlos rendir… El anglicismo francés confort, -procede del inglés comfort-, aceptado en el español, significa: “bienestar o comodidad material”, eso es tomar oportunidades que se presenten y emprender lo nuevo, enrumbarse a la verdadera “zona de confort”. ¿Cuáles son tus obstáculos imaginarios? ¿Por qué sobredimensionarlos con la facultad de impedir emprender los sueños? 

¿Qué hubiera pasado si Rubén Darío se dejara vencer por sus temores? Temores que no faltaron, que le provocaron angustia, pero se sobrepuso a ellos por la convicción de su emprendimiento literario para innovar la poesía y prosa española de fines del siglo XIX. Pudo haber enarbolado similares o distintos argumentos para no avanzar y quedarse en León, Managua o Granada, pero no, salió en busca de nuevos horizontes. Un argumento inicial pudo ser: “no tengo padres”, y no los tuvo, su tía abuela lo crió, tuvo orfandad real, y lo peor “saber que tenía padres y no cuenta con ellos”, ni con su proximidad, ni apoyo económico ni afecto, pero, “se echó a tuto” la orfandad de origen, sufrió por ello, y siguió. Esas ausencias de origen marcaron su vida y final, pero no anclaron su propósito.  

¿Y el típico argumento inicial de “no tengo dinero”? Si Darío lo hubiera puesto como una piedra inamovible desde el principio de su aspiración literaria, simplemente no hubiera llegado a ningún lado. No tenía dinero, nunca lo tuvo, cuando le llegó a sus manos, se le esfumó con prontitud, pero siempre llegó algún providencial apoyo que, viendo su decisión, identificando su insistencia y disposición de hacer lo que soñaba, de escribir con nuevo estilo, de imponer, fuera de todo pronóstico, como la metáfora de “Cisne negro” en la que encaja a la perfección. No tenía dinero para salir de Nicaragua, y fue a El Salvador, allí Cañas, militar, diplomático  e intelectual salvadoreño, le dijo: “ándate a nado”, y fue a Chile –no nadando-. Sin recursos para publicar Azul…, y ninguno de sus libros, todos fueron saliendo…. Fue a España, a Argentina, a Francia, conquistó Hispanoamérica… No fue un simple viajero, dejó por donde pasó, una influencia activa e indeleble que perdura. Y ese obstáculo, a pesar de sus frecuentes de
sajustes económicos, fue derribado con voluntad de emprendedor persistente. Lo logró. ¿Alguien duda?

¿Y el tiempo? El tiempo lo encontró, organizó las prioridades a su manera. ¿Y la multitud de distractores que desvían del rumbo? Es admirable, Darío, a pesar de los distractores que lo perturbaron, de los miedos, del licor, de las mujeres, de sus debilidades humanas, de su melancolía…, no perdió el rumbo ni dejó vencer al entusiasmo en la tarea asumida temprano. No dejó de leer ni escribir, de crear, de escuchar y observar, de aprender y emprender. Está, para defenderlo –como dijo de sí mismo Carlos Martínez Rivas-, de manera consistente, su obra abundante, diversa y sublime, en prosa y verso, que ha dejado tantas satisfacciones, en más de un siglo, a lectores del español y de otras lenguas a quienes ha llegado el nicaragüense más universal. 

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