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En el 2012, los servicios de inteligencia de EE. UU. informaron al presidente Obama que a partir del 2030 el país no sería la primera potencia del mundo. Enterado, reunió a los mandos militares y de poder para comunicarles que pasara lo que pasara, EE. UU. deberá seguir siendo la primera potencia.

Pero lejos de aprovechar su liderazgo y fuerza, han ido escalonando los pasos para cumplir, no para cambiar, esa predicción. De manera que Obama lanzó en los brazos de China a Rusia con las sanciones contra este por la ocupación de Crimea; menospreciando la experiencia dramática que ha teñido y delineado la forma de ser y responder de este país: Primera y Segunda Guerra Mundial (en la II  según un informe de 1989 por una comisión de Gorbachov hubo 26 millones de muertos); la pérdida de territorio y población por la caída de la URSS: de 22,402,200 km2 (URSS) a 17,098,242 km2 (Rusia); y de 293,047,571 hab. (URSS) a 146, 804,000 hab. (Rusia). EE. UU. actuó con total desprecio de la historia y relación de Crimea con Rusia, desde Catalina la Grande.

Por otro lado, minusvaloró los propios intereses (no son pocos) de sus aliados de la Unión Europea que recomendaban diferentes acciones.  Se impuso la visión norteamericana. Fue un tiro en carambola; resentimiento de aliado, y creación de las bases de la alianza estratégica, a nivel de eje, entre Rusia (potencia militar y de combustible fósil) y China (potencia económica, financiera y comercial).

En el 2008 la crisis financiera que afectó las economías en desarrollo y emergentes; arrastrando a sus mayores aliados. EE. UU. se curó en salud endosando el problema al resto de las economías. Esto dejó sentado que el problema era de orden estructural en el fomento del capitalismo y se señaló a Wall Street como responsable por su irracional avaricia en la especulación de las finanzas.

La credibilidad del dólar como divisa de cambio internacional quedó desquebrajada; y la espera de una peor crisis es asunto de tiempo. En la guerra de Siria, EE. UU. y OTAN observaron en Turquía un peón que debía ajustarse a los intereses de ellos, pero en ningún momento tuvieron presentes los intereses propios de Turquía como potencia regional e histórica (Imperio otomano 1231 hasta la I Guerra Mundial).

El presidente de Turquía Recep Tayyip Erdogan maniobró con base en su peso histórico, económico, geoestratégico y militar, exigiendo el reconocimiento de sus propios intereses. Europa y Estados Unidos maniobraron y alentaron un golpe de Estado que fracasó (15 de julio del 2016). Erdogan hizo una purga en todo el aparato público y militar. El nivel de desconfianza de EE. UU.  hoy es del 90% de la población turca, antes era 50%.

Contrario a lo que se esperaba de la reacción rusa por el derribo de un avión y muerte de un piloto; Rusia hizo un movimiento diplomático audaz al apoyar a Erdogan ante el golpe, y reconocer los legítimos derechos como potencia regional de Turquía; y que todo acuerdo sobre Siria debía de contar con sus consideraciones. El 9 de agosto de 2016 Erdogan fue recibido con honores en Rusia para sellar acuerdos.

Ello cambió drásticamente la correlación de fuerzas en Siria y sentaron en la mesa, lo que parecía imposible: Rusia – Turquía (sunita) - Irán (chiita) para discutir el destino y futuro de Siria.

La Historia entre Irán y EE. UU. es de desencuentros; un tema de abundante tinta. Y EE. UU. no hace nada para cambiarlo sino para profundizarlo. El tratado de control nuclear que incluye a Francia y Alemania, Trump lo está roturando ante la protesta de estos por dañar sus intereses económicos. En 2017 Trump anunció el abandono del Acuerdo de París (2015), donde las naciones se comprometen con el medioambiente.

Esto molestó a los europeos. Los desencuentros con Europa y OTAN se suman cada vez. La consigna del actual presidente “Primero EE. UU.” al mundo no le gusta, y algunos se distancian gradualmente mientras el Imperio cae en una especie de ostracismo, esperando que el mundo entienda el porqué de “primero yo”.

La avaricia, soberbia del Imperio y  desesperación asumen la dirección de gobierno y diplomacia lo que no permite ver su propia realidad, que les posibilite aplicar una política astuta y flexible, que tenga en cuenta su verdadera decadencia; comprender la necesidad y urgencia de alianzas  para sobrevivir. Henry Kissinger ha advertido que China y EE. UU. van en dirección a una colisión que llevará a la tercera guerra mundial.

Aconsejando que la única salida que lo evitaría es un tratado económico. La prepotencia del imperio bloquea el timón de esta visión que salvaría a todos.

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