Francisco Javier Bautista Lara
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Es fácil, -aunque erróneo-, afirmar con ligereza, que hay, en los últimos años, más fenómenos naturales que provocan tragedias como nunca antes hubo. No faltan quiénes manipulen, con propósitos diversos: comerciales, políticos, religiosos y fatalistas, tales percepciones. El espectáculo de la tragedia genera beneficio a algunos. Los pronósticos apocalípticos han existido siempre, el último, -por sesgadas interpretaciones-, muy divulgado, relacionado al fin del calendario Maya, en diciembre de 2012. 

Dos consideraciones previas. Primero: la población del planeta pasó de 2.6 mil millones de personas (1950), a 7.5 mil millones (2017), en siete décadas se triplicó.  Segundo: el mundo tiene ahora la oportunidad de conocer en tiempo real, con amplio detalle, a través de masivos mecanismos de comunicación, los sucesos que ocurren (y que no ocurren), las redes sociales los reproducen con múltiples apreciaciones. Grupos de poder y empresas de la comunicación pretenden imponer criterios y marcar tendencias. Estas circunstancias plantean que, un terremoto, huracán, depresión tropical, etc., afectará a mayor número de personas que antes y será conocido de manera inmediata, -a veces distorsionado-, por muchas personas, influyendo en la percepción general.

En similar período, la esperanza de vida de la población mundial al nacer, (desigual entre países y grupos), pasó de 46.4 años (1950), a 71.4 años (2015), 25 años más. Ello demuestra que, a pesar de las imperfecciones humanas y de criticables injusticias prevalecientes, se ha desarrollado mejor capacidad para preservar y ampliar la vida humana, por la organización estatal y social, el desarrollo científico y técnico, y las comunicaciones, crean posibilidad de anticipar algunos riesgos y reducir daños extremos.

No podemos omitir que, además de los puntos señalados, la presencia humana, su acción y conflicto, en el capitalista predominante, la persistencia de desequilibrios socioeconómicos, han provocado afectaciones reparables e irreparables al medioambiente al interrumpir procesos naturales, destruir bosques, explotación irracional y contaminación del agua y del aire, modificación de la configuración terrestre alterando cauces por donde fluyen las corrientes, por errores urbanísticos y concesiones de explotación de altos riesgos, alterando hábitat de animales y plantas, asentando comunidades humanas sin prever la congruencia con el entorno natural, para aprovecharlo y preservarlo, condición indispensable de subsistencia sostenible. Desproporcionales niveles de consumo en Estados Unidos y Europa son incompatibles, -desiguales al resto del mundo-, imponen agotamiento acelerado a nuestra Casa Común.

La Tierra, es un ser vivo, de ella nacimos. Su edad se estima en 4,400 millones de años, un tercio de la existencia del universo, durante los cuales, los primeros ancestros del Homo sapiens surgieron hace unos 6 millones de años, fracción insignificante desde el origen terrestre. La historia humana es capaz de registrar sus primeros antecedentes en el cortísimo período de 10 mil años. No hemos sido testigos directos (apenas hay referencias geológicas), de los grandes cambios ocurridos durante la extensa época anterior. Hace veinte siglos apenas había 200 millones de personas. Nos enterábamos poco de lo que ocurría en el escenario inmediato, aun sin comprenderlo. Los humanos somos recientes, nos expandimos e imponemos, exaltamos “la inteligencia” que poseemos. Hemos sido, particularmente en el último siglo, “administradores irresponsables”.

Ese “minúsculo” ser que nos acoge, la Tierra, tiene ciclos naturales, consecuencias de la interacción universal con la “Matriz divina”, según Gregg Braden. Su configuración cambia y se ajusta, desde antes de nuestra existencia. Los comportamientos terrestres en aguas, viento, superficie y en profundidades inexploradas, han ocurrido y seguirán ocurriendo, como las tormentas solares, que, sin presencia humana suceden, en la compleja e ignorada dinámica universal. Braden argumenta que todo está interrelacionado, que los seres humanos nos comunicamos con el entorno a través de nuestras emociones con lo que es posible modificarlo -incluso el ADN-, para bien y para mal. Todo cambia, nada permanece, ni la Tierra ni nosotros.

Somos más, eso aumenta vulnerabilidad y conflicto, frente a fenómenos, cambios y procesos naturales que se exacerban por el deterioro provocado por los humanos, por su acción violenta, egoísta y excluyente. Estamos obligados a convivir en armonía, entre nosotros y con la dinámica natural de esta inmensa e insignificante “nave” que nos transporta en el espacio. La limitada mentalidad de buscar solo “comodidad”, beneficio económico, expansión y poder, es mezquina, provoca daños que, como búmeran, rebotarás trágicamente en nosotros. 

www.franciscobautista.com

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