Francisco Javier Bautista Lara
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Hay que ser hombres y mujeres positivos y propositivos, hay que ser un pueblo de esperanza. Conferencia Episcopal de Nicaragua. (octubre 2017).

Frente a las elecciones municipales que los nicaragüenses, desde nuestra obligación cívica asumiremos, sugiero hacernos dos preguntas para decidir con responsabilidad y en libertad. La primera: ¿ha mejorado tu ciudad en los últimos cinco años? Estimado lector identifica lo que está mejor y quiénes han contribuido a que así sea, con sentido realista de lo posible, identifica lo pendiente, entendiendo que hay mucho por hacer, pero también hay que ver los avances, sin  perturbarse por “el efecto halo”, que llevará a no evaluar lo concreto sino a juzgar y condenar, con predisposición y sesgo, por prejuicios, temores infundados, desinformación y actitud pesimista, de obviar lo avanzado y solo ver lo pendiente o errado, maximizado. 

Como vecino de Managua hablaré de esta cálida, húmeda y verde capital que me acoge, que volvió, —por fortuna—, a dar la cara al Xolotlán, sobre cuya gente, —quienes dan sentido al paisaje natural—,  escribí las novelas: “Rostros ocultos” y “Encuentro”, que tantas satisfacciones me han dejado, por las útiles reflexiones provocadas, narraciones que afloraron de la ciudad en el contexto de décadas recientes. Referido a ella, también exploré el fin del siglo XIX e inicio del XX, en Manantial, recreando la vida del filántropo Zacarías Guerra, cuya herencia ha permitido, durante un siglo, oportunidades a niños y jóvenes. Aquel contexto histórico, cultural y social, apenas imaginado a partir de pocas referencias que subsisten-, que sufrió estragos por el aluvión de 1876 y el terremoto de 1885, que restaurada, fue sepultada por el terremoto de 1931, lo que obligó a rehacer un nuevo rostro urbano, y que, de nuevo, fue dramáticamente desfigurado por el terremoto de 1972, y que, adicionalmente, sufrió estragos por descuidos, corrupción, guerra y  expansión urbana desordenada ante múltiples carencias y riesgos que ameritan atención. 

Identifico que mi ciudad recupera el color y la vitalidad con nuevos atractivos, habilita espacios comunitarios y se vuelve acogedora para quienes la habitamos y visitan. Ello fortalece  identidad, orgullo y pertenencia, deseos por compartir la foto que captura experiencias con familiares y amigos, espacios de calidad con acceso público. Paseos, parques, avenidas, calles, centros recreativos, moderno estadio de beisbol… Nuevos edificios, construcciones en marcha.

La ciudad se ilumina, hay más andenes peatonales, bahías de parada para usuarios de buses, aún tenemos problemas con la basura, desagrada la contaminación de rótulos, postes y cables, los barrios populares mejoran su entorno, el transporte público –a pesar de sus falencias- es funcional, la regulación del tránsito, a pesar del congestionamiento en horas picos, es fluida. La ciudad requiere un crecimiento sostenible, poner en marcha el Plan Maestro para el Desarrollo Urbano (2016-2040), abre un camino de oportunidades. La seguridad ciudadana, fortaleza común, ofrece convivencia sana, a pesar de los conflictos humanos; no somos inmunes ante riesgos objetivos y subjetivos (temores), aunque estos son menos graves comparados con las capitales de Centroamérica, y con nuestra realidad entre 2012 y 2017. Si donde habito ha mejorado, como ciudadano que comparto este espacio con 1.2 millones de personas, quisiera que todo siga mejorando y que tengamos la oportunidad de vivir bien. Es un largo recorrido que requiere asumir compromisos: deberes y obligaciones, no solo derechos. 

La segunda pregunta: ¿qué ofrecen los candidatos(as) en las elecciones? Evaluar si su oferta es concreta y posible, si está respaldada por antecedentes, por lo hecho hasta ahora, si tiene capacidad —junto a nosotros—, de lograrlo. Valorar propuestas o ¿se limita a descalificar al oponente? Tengo derecho a opinar y apoyar la opción más sensata, aquella que ofrezca confianza que “lo pendiente” se hará, que continuaremos avanzando en lo que, hasta ahora, ha sido bueno. 

En Nicaragua, ¡alegrémonos!, prevalece, —según  encuestas—, percepción del presente y futuro optimista. Un pensamiento positivo emprenderá acciones de mejora efectiva. Allí radica el potencial para desarrollar el país. Son evidentes: variación del PIB uno de los más altos de A.L., estabilidad macroeconómica, incremento de empleo, reducción de pobreza, mayor filiación al INSS, aumento de inversión privada nacional y extranjera, incremento de recaudación tributaria, estabilidad financiera, baja inflación, capacidad negociadora del sector privado y público, programas sociales para sectores vulnerables, mayor cobertura en salud y educación pública, movilización y organización social y estatal para enfrentar desastres naturales y riesgos diversos que continuarán presentes y que debemos aprender a enfrentar con oportunidad.

www.franciscobautista.com

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