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Estos días de asueto me han permitido un reencuentro con un autor genial de cuentos. Maestro de maestros de ese género. Me refiero a que este año se cumplen 100 de la publicación de Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga, narrador uruguayo. El libro está integrado por 15 relatos, algunos dignos de aparecer en las más exigentes antologías del género de  cualquier idioma: “Una estación de amor”, “El solitario”, “La muerte de Isolda”, “La gallina degollada”, “Los buques suicidas”, “El almohadón de plumas”, “A la deriva”, “La insolación”, “El alambre de púas”, “Los mensú”, “Yaguaí”, “Los pescadores de vigas”, “La miel silvestre”, “Nuestro primer cigarro” y “La meningitis y su sombra”.

Desde la cuna, la existencia de Quiroga se vio estremecida por la tragedia. Tenía meses cuando su padre falleció al escapársele un tiro en una excursión de cacería. Luego murió de forma violenta su padrastro, Ascencio Barcos, que se suicidó al verse afásico e inválido por causa de un derrame cerebral. El mismo, por una imprevisión, al manejar una pistola, tuvo la desgracia de dar muerte a su íntimo y fraternal amigo Federico Ferrando. Su primera esposa se suicidó en Misiones. El propio Quiroga, herido de muerte por una terrible enfermedad, se suicidó también. Y aun después de muerto lo persiguió la fatalidad, pues dos años después se suicidó su hija Eglé.

Monterroso dice que su vida fue una interminable nota necrológica. Sin embargo en cuanto a su literatura, hay que decir, enfáticamente, que Quiroga es uno de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX, extraordinario renovador del cuento, género que manejó, como muy pocos en cualquier idioma.

Tuvo por maestros o modelos literarios a Anton Chéjov, Guy de Maupassant y Rudyard Kipling, pero también fue un lector apasionado de Fedor Dostoievsky, Edgar Allan Poe y Jack London. Admiró sin reservas a Leopoldo Lugones, de quien fue asistente en 1903, quien le encargó tomar fotografías en la expedición científica que el gran poeta argentino llevó a cabo a las ruinas jesuíticas de Misiones.

Es muy probable que los cuentos que más se recuerden, porque aparecen muchas veces en antologías, sean “La gallina degollada” y “El almohadón de plumas”, pero “Una estación de amor”, “El alambre de púas” (un coloquio de vacas, toros y caballos) y “La miel silvestre” no les van a la zaga. Son cuentos de gran intensidad.

Sirvan estas palabras para incentivar la lectura de ese extraordinario autor.
 

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