Augusto Zamora R.*
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Un multimillonario chino pidió, en un archi-lujoso hotel suizo, un trago de un whisky añejo de 1870, por el que pagó la insignificante cantidad de 10,000 dólares. 

Se trató, posiblemente, del trago más caro de la historia conocida. Dos milimetrados dedos de whisky, de una botella que podía valer –dijeron- 150,000 dólares.

Se publicitó la noticia y se fotografió la sagrada botella. Allí empezaron las dudas. Unos expertos dijeron que no podía ser de 1870. Otros, que eran raros sus ingredientes.

El hotel, preocupado de su prestigio, hizo analizar el whisky y, sorpresa entre sorpresas, resultó que la bebida databa de los años 70 del siglo XX y que sus ingredientes no eran malta pura, sino mezcla de varios cereales. El hotel devolvió los 10,000 dólares.

Sirva la anécdota para recordar un tema cada vez más preocupante: el fraude en los alimentos, donde no pocos fabricantes, por optimizar ganancias, recurren al fraude.

Hace poco tiempo se decretó alarma en Europa, porque granjas avícolas en Holanda y Francia habían empleado insecticidas prohibidos en la limpieza de los galerones de gallinas ponedoras, contaminando los huevos. Hubo que destruir millones de cajillas.

Hay fraudes legales -autorizados por gobiernos-, que presentan productos como ‘puros’ no siéndolo, o bien ocultando el contenido real de un alimento con términos técnicos que el consumidor desconoce. 

Nada como consumir lo natural, aunque lleve aparejado el esfuerzo de prepararlo. El premio es ganar en salud. Una ganancia totalmente pura.

az.sinveniracuento@gmail.com

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