Julián Messina
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Desde las primeras palabras que los padres intercambien con sus hijos hasta los juegos que les enseñan, la estimulación intelectual y emocional que los padres proporcionan es crucial. Sobre todo en los primeros años, una crianza sostenida y efectiva puede generar una mayor inteligencia, sociabilidad y salud mental.

Esto explica la sorpresa que suscitó a mediados de los años noventa la publicación de un estudio que concluía que a los cuatro años, los hijos de profesionales habían oído unas 30 millones de palabras más que los hijos de familias de bajos ingresos. Además, el tipo de interacción entre padres e hijos era radicalmente diferente en ambos tipos de hogar. Un niño en una familia de profesionales habría oído 560,000 palabras estimulantes más que palabras desalentadoras. En cambio, un niño de una familia pobre había oído 125,000 palabras críticas más que alentadoras. La buena fortuna de nacer en una familia acomodada, al parecer, proporcionaba una ventaja en la misma puerta de salida.

Lo que es verdad en Estados Unidos es probablemente todavía más verdad en América Latina y el Caribe. La brecha entre ricos y pobres en términos del tiempo que los padres tienen para dedicar a sus hijos —y en numerosos casos la calidad de ese tiempo— es enorme. Puede tratarse de tiempo para hablar, leer, jugar con sus hijos, ayudarles con sus deberes escolares o una combinación de todas estas actividades.

En términos del tiempo propiamente dicho, la brecha puede deberse a que los pobres trabajan en numerosos empleos. Puede que también refleje la incapacidad de entender la importancia de la estimulación temprana para mejorar las habilidades cognitivas y socioemocionales de los chicos. Sea como fuere, el tiempo total que los padres invierten en actividades que mejoran las habilidades de un niño es una función de la clase social.

Las brechas comienzan a una edad muy temprana, cuando los niños se benefician más emocional e intelectualmente de la atención de los padres. Cuando un niño tiene dos años, una familia de condición socioeconómica alta dedica aproximadamente dos horas más a la semana que una familia de condición socioeconómica baja a ayudar a ese niño a desarrollar habilidades.

Cuando el niño cumple siete años, esa brecha se ha ampliado a cinco horas a la semana. En Honduras, para citar un caso extremo, aproximadamente el 70% de los padres en el cuartil inferior ayudan a sus hijos en tercer grado con los deberes escolares, en comparación con aproximadamente el 95% en el cuartil superior. En Panamá, las cifras se sitúan entorno al 80% y el 98%, respectivamente.

Desde luego, como se ha mencionado anteriormente, no es solo la cantidad de tiempo lo que importa, sino también la calidad. Una medida del tipo de interacciones en el hogar se puede encontrar en la prevalencia de los castigos duros o el abuso infantil. En Bolivia, la incidencia (medida como una vez en la vida) de los castigos corporales duros es de aproximadamente el 50% en las familias de bajos ingresos, y cercano al 30% en las familias de altos ingresos, mientras que en Perú, las cifras se sitúan entorno al 40% y el 20% respectivamente.

El autor es economista del BID y este artículo fue publicado en los blogs de ese organismo.

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