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La visita del presidente Donald Trump a algunos países asiáticos --Corea del Sur, Vietnam, China, Filipinas y Japón--, sienta un precedente para la diplomacia internacional del siglo XXI.

Mi punto. Esta agenda inusual tiene varios asuntos  destacables: 1) el multilateralismo es un hecho; 2) los problemas globales no los puede resolver una sola potencia; 3) no incluyen asuntos humanitarios, sino temas de poder de altísimo nivel: a) inteligencia artificial-robótica; b) frenos a los ataques cibernéticos; c) uso ético de la tecnología; 4) Corea del Norte es una herida vieja  --consecuencia de malas prácticas diplomáticas de hace 64 años; 5) la “diplomacia Trump” ahora hace gala de palabrones y palabrotas. 

Y es que la diplomacia-de-cumbres, ya no solo carga crisis financieras, conflictos territoriales o comerciales.  Ahora hay que agregarle la retórica folclórica del presidente de los Estados Unidos. Sus discursos siempre están permeados de “dimes y diretes”; que al final solo concluyen en que: “es más lo que se dijo que lo que se hizo”.

En los tiempos respectivos de Kennedy, Nixon, Carter, Reagan o Bush (padre), cualquier declaración era sentenciosa o propositiva. Estas definían nuevos rumbos para la política exterior de Washington. No había tal cosa como discursos presidenciales centrados en intercambio de improperios, descalificaciones o invectivas. 

Hoy, cuando el secretario de Estado estadounidense, Rex Tillerson, dice que es muy probable que los líderes de Washington y Moscú “tengan muchas cosas que decirse”, suena  como que la diplomacia parece más un asunto de espectáculos y reproches. ¿Lo que se dice es menos sustantivo? ¿Y es más meros decires vacuos, incendiarios, provocadores, insultantes? ¿Hablar por hablar, sin temor a la ridiculez o al disparate, solo porque después se puede cambiar de enfoque? ¿Tono farandulero en vez de intelectual?

¿Ha perdido la diplomacia-de-cumbres, calidad y sustancia?

En parte sí. Pero también, creo que esto es un asunto más de personalidades. 

Obviamente, los actuales líderes de China y Rusia son más cuidadosos con lo que dicen, aunque no menos desafiantes o descalificantes. Dicen menos para que lo dicho tenga más peso y resonancia en el escenario internacional.

Así también, el escenario geográfico nos indica que, mientras en Occidente los grandes temas giran en torno a derechos humanos, democracia o libertades; la temática asiática --que ya define, firmemente, sus propias cuestiones de interés-- se enfoca en transacciones gigantescas, investigación científica de punta, zonas de influencia, globalización económica y armas nucleares.

Obviamente, chinos y rusos rechazan que foráneos occidentales les sermoneen sobre qué deben ajustar en sus propios países. O cómo deben gobernar sus estados. Y es que, habiendo tantos regímenes autoritarios asiáticos, llegar a imponer o sugerir recetas es anacrónico, improcedente. Tampoco lleva a ningún lado. ¿Por qué? Los países del Oriente --nos guste o no-- ya son lo suficientemente grandes, soberanos y fuertes como para que inviten a alguien a casa y les instruya en las artes de la política doméstica y el trato a opositores.

Los asiáticos se impusieron ya. Y lo hacen, no con orgullo o desfachatez, sino como milenarios profetas confiados en sus oráculos.

Por otro lado, la ida a Vietnam de parte del presidente norteamericano tiene varias lecturas: a) es un signo de humildad (aunque fuera reunión de APEC). Washington visita a los enemigos que lo derrotaron en 1975, despojándose del rencor y olvidando la humillación; b) Vietnam ya es un actor importante, al menos en el Sud-Este asiático: es la economía de mayor rápido crecimiento en Indochina, siguiendo el modelo de capitalismo amarillo impuesto por el Partido Comunista, que le tiene liderando algunas cifras en la competencia global; c) acercarse al régimen de Hanói sirve para crear celos y sospechas entre los líderes chinos, que de por sí, son desconfiados.  

El viaje a Corea del Sur no solo es para apuntalar la postura de Washington contra Corea del Norte; sino, para decirle a Pyongyang que Estados Unidos tiene todavía varios intereses en la región y diversos socios de poder, que van más allá de las amenazas del camarada dinástico. 

Trump sentó precedentes. A Europa va a regañar a sus socios y a cobrarles; al Asia va a reclamarles porque se le están yendo arriba en temas de seguridad, desarrollo, finanzas, intercambios comerciales, y amenazas a la seguridad estadounidense.

En las películas Eastern de vaqueros, el chico malo se llama Samuel. Y hoy este debe cuidarse más.

El multilateralismo se asentó. La agenda asiática prevalece. Ahora deberemos cruzar el Pacífico para ir a contemplar a esas antiguas, y hoy potentes, civilizaciones.

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