Jorge Guerra
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Cotidianamente somos testigos de personas que dicen ser cristianas, defensoras de los derechos humanos, izquierdistas, liberales, así como de muchas otras que se enfrascan en cualquier tipo de etiquetas identitarias. De repente, cuando escuchamos sus reflexiones, sus críticas e ideas, llegamos a pensar en cómo el mundo debería ser. Pero aquí reside nuestra ingenuidad, pues de forma arbitraria separamos a las personas de sus acciones, sin advertir que en cada gesto, palabra e idea no hay una existencia sustantiva por sí misma.

Para ilustrar dicha problemática, permítasenos presentar dos anécdotas de la vida cotidiana. En el primer escenario, imaginemos a un sujeto elegante que, frente a un púlpito, exhorta a los fieles al arrepentimiento y perdón de los pecados. Su contenido retórico se entremezcla con los recuerdos de una joven de pelo castaño que sostiene una Biblia entre las piernas y se interroga cómo es posible que aquel pastor hable de santidad cuando fue él, precisamente, quien la violó.

Aquí nos encontramos ante un sujeto que predica el respeto y la lealtad entre las personas casadas, pero viola —a pesar de su juramento de fidelidad— a un miembro de la iglesia que, para empeorar las cosas, es menor de edad. Lo interesante de este aspecto es que el pastor no solo sabe lo que hace, sino que actúa ante el público, ante los otros, como si cada palabra, frase y movimiento fueran un ritual, un significante de autoconvencimiento. 

La ideología, en ese ambiente, posee la función de un narcótico, pues se encarga de que el pastor naturalice relaciones de poder que parecieran escapar al control de los individuos. Nuestras sociedades son organizaciones de moral blanda, por no decir cínica, que desplazan y reprimen la violencia mediante figuras paternales, esas mismas que tienen dominio y goce sobre las subjetividades y cuerpos a través de los aparatos de sus instituciones.

El segundo escenario describe a un estudiante de sociología que busca realizar sus prácticas preprofesionales. Luego de hacer merodeos incesantes, un profesor le ofrece un espacio como investigador asistente en el Centro de Estudios Culturales. Por mucho tiempo, al joven no le alcanza para almorzar y está consciente de que los pasantes son «esclavos voluntarios». No obstante, después de algunas semanas, descubre que el fondo total de financiamiento para investigaciones documentales representa miles de dólares. El estudiante conversa con el «jefe» para preguntarle cómo es posible que le ofrezcan tan poco (C$1,500) por el servicio de pasantía. Y en ese mismo momento, sin dar explicación alguna, el defensor de los derechos humanos que había trabajado en El Salvador denunciando los abusos en la guerra civil durante la década de los ochenta, destituye al joven de su labor en el centro.

En los dos casos descritos arriba nos encontramos ante un proceso ideológico idéntico al relatado en el Génesis de la Biblia. Mientras ninguno de nuestros protagonistas conocía la verdad, ni había comido del árbol del fruto prohibido, su mundo social era íntegro, armónico y estable. ¿Acaso la actitud de ellos no es una desidentificación activa? En efecto, si analizamos detenidamente la reacción de ambos, podemos mencionar que corresponden a una situación de crítica pero a la vez de cinismo social. Porque, en el fondo, los dos sabían que tanto el pastor como el profesor eran parte de una lógica realidad de relaciones de poder y dominación social. Así pues, las figuras de autoridad, como piezas del superyó de un sistema social específico, obtienen un placer libidinal equivalente al encanto de un ejercicio impúdico de su poder: por un lado, hacia la joven, y por otro, hacia el estudiante. 

La consecuencia de comer del fruto del árbol prohibido es abrir una caja de Pandora que desata una violencia sin precedentes. Esta violencia está llamada a desidentificar a los individuos en sus valores, conceptos y creencias con que imaginaban las relaciones entre sus pares y el mundo.

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