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In memoriam de mi madre Gloria Rugel y de todas las madres ausentes

Quiero, a través de esta columna, rendir un homenaje a la mujer en la mujer que más conocí, aquella que me enseñó que ser mujer no es un destino, sino una forma de ir haciéndose persona, una manera de ir por el mundo sin alforjas, sin ataduras, leve como el viento, pero profunda como el mar, atenta solo a los lazos del amor y de la vida que germina en nuestros vientres como el amarillo furioso del arroz en las riberas del río Daule.

Aunque nací de ella, la conocí realmente en la adolescencia. Antes ambas andábamos extraviadas en las brumas de lo irreconocible. Ella confundida entre sus cinco hijos que la asaltaron cuando aún era una niña; yo, despechada por ser la segunda, sin la importancia del primero o de la última. Ella, sin vocación de ama de casa; yo, con unas ganas terribles de ser el sol de los afectos, con hambre de micifuz que ha perdido a su dueño. Aunque compartíamos la misma casa, no nos conocíamos. Un día, cuando había descubierto que irrefutablemente era mujer y ser mujer (según la venerable tradición) era cocer y obedecer, la quedé mirando, vi sus lágrimas y rebeldía, y entonces la admiré.

Mi madre no era sumisa, obediente, espiritual damita, ni abnegada madre. No creía que la vida era una cruz. Desafiarla, decirle que algo era imposible, era la más rápida manera de que lo intente. Tenía el temple del oro y la lucidez de Sócrates, pero se derretía con una caricia, con una mirada cómplice, con un guiño a la distancia. Era curiosa como un gato, intrépida como una niña, valiente como una walkiria. Capaz de subirse a un árbol si se lo exigía un nieto, pero incapaz de levantarse temprano un domingo por la mañana.

Mi madre no se sentaba a esperar que la fortuna lloviera del cielo, ni se creía víctima de las circunstancias, ni culpaba a los otros de sus desventuras. Con dos palabras pulverizaba a los malos políticos, hacía una radiografía del país después del noticiario y pasaba, sin empacho, a ver una telenovela, que más tarde negaría tres veces haberla visto.

Contra toda adversidad, creía en ella misma, con cinco hijos pequeños como su sombra fue una de las primeras mujeres que se atrevieron a estudiar en la inquisidora época en que ser casada y continuar la secundaria era pecado mortal.

Recuerdo sus luchas y sus vacíos, recuerdo su fuga a la ciudad para que sus hijos estudien, recuerdo su hambre de lectura que la convertía en una estatua insomne a la luz del candil; su amor por la literatura que la llevó a la universidad, sus ganas de enseñar porque según repetía era la única forma de aprender. La recuerdo en sus últimos años, amazona de todas las batallas, solo derrotada por la felonía de un monstruo invisible que como a Prometeo le devoraba las entrañas, pero aún a este le plantaste cara madre, le declaraste la guerra hasta tu último suspiro.

Te recuerdo siempre mirándome, hablándome, recogiendo mis sueños como el campesino orea las semillas antes de sembrarlas. Recuerdo tu atención de amiga, de compinche, de socia de la vida. Tu inefable receta de “café con 2 terrones de besos + conversación inteligente”. Te recuerdo siempre madre y en toda mujer te reconozco.

* Embajadora de Ecuador.

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