•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

El que da y comparte no es el que tiene, sino el que verdaderamente quiere y toma de lo poco que tiene, o le queda, para dar; siendo determinante el que exista la voluntad del desprendimiento en una acción de compartir. El dar no debe ser, ni utilizarse, como artilugio de un mecanismo poco claro, que usemos para condicionar sometimiento de terceras personas, porque esto no sería dar, sino chantaje.

El dar es sacrificar parte de lo nuestro, de lo que nos pertenece, en una acción de entrega sincera. El dar debe ser compartir y hemos de realizarlo con alegría; por consecuencia es  en nosotros un acto de felicidad; transmitir la felicidad de uno, de nosotros, para con otros. El dar debe ser el verbo en plural, que hemos de prolongarlo en el tiempo. Pues si las malas noticias duran tanto, ¿por qué no prolongar la buena noticia con el anuncio anticipado de algo que daremos? Por principio, damos lo que tenemos; pues de nosotros no sale lo que nunca ha entrado, o no hemos dejado que exista en nosotros, pues no puedo dar una cosa si esta antes no me ha pertenecido o si antes no la he adquirido, de igual manera no podré dar comprensión, afecto o cariño si antes no soy capaz de tenerlos, retenerlos y construirlos en mí mismo.

El dar no se circunscribe ni se limita a los objetos, a como lo que se necesita en la vida no solo son cosas. Y el dar muchas veces exterioriza lo que sentimos y somos capaces de hacer para con los otros. “El aspecto exterior pregona muchas veces las condiciones interiores del hombre” (William Sahkespeare). Se dan acciones, sentimientos, palabras (de aliento y consuelo; pues las palabras tienen y marcan también efectos) y cosas (que no siempre son las más necesarias y esperadas).

Reconociendo que no es lo mismo el carecer de cosas que el carecer de afectos; porque el vacío y huella que deja el no tener, no es lo mismo que el efecto que deja el no recibir afecto. Pues las necesidades, que derivan de la ausencia de una y otra son diametralmente distintas, y conllevan muchas veces a las actuaciones desproporcionadas y lamentables de los que se consideran y sienten marginados sociales.

Expresando San Agustín que “La necesidad no conoce leyes”. Dar al hijo, a la novia, compañera, al esposo, al padre, madre, amigo, dar… ¿Qué dar? Y a la memoria acude una lista que no siempre contiene las cosas recomendables para provocar el efecto positivo esperado o pretendido. Hemos de reflexionar que el dar y compartir deben ser actos debidamente meditados, porque a veces puede derivar en malos entendidos. Pero el problema de nuestros tiempos es encontrarnos en una parte de la historia donde “Hoy en día la gente sabe el precio de todo y el valor de nada” (Oscar Wilde).

Es el dar y lo que se espera que se dé, no siempre son factores coincidentes, saliéndonos de la estricta materialidad del comercio. Dar y compartir. Separemos y hagamos una breve lista de lo que sí podríamos dar y compartir,  y de lo que no hemos de dar, ni mucho menos compartir. ¿Qué dar y compartir? Una llamada, una ilusión, compañía, un poco de silencio, un gesto positivo, un favor, un espacio de tiempo, nuestra amistad, recuerdos, unas letras, un poema, misericordia, unidad en la familia, perdón, caridad, comprensión, nuestras ganancias, un lugar en el hogar, fe, paz, espacio, compartir las responsabilidades, comida, una caricia, un reconocimiento, un objeto o un juguete útil, tolerancia, una mano para ayudar, amor (a hijos, padres, amigos, compañeros), una mirada, sensatez, una visita, una explicación, un conocimiento, una flor, una vida… y todo aquello que ayude a construir al ser humano. Y, ¿qué no dar ni compartir? La miseria económica y mucho menos la miseria del corazón; los disgustos, reclamos, culpas, humillaciones, el menosprecio, las  injusticias, las maldiciones, un objeto inservible e inútil, la prepotencia, un chisme, ruido, golpes, ofensas, malacrianzas, amarguras… es decir, todo aquello que denigre y minusvalore al ser humano y su naturaleza. Porque “Donde no existe caridad, no puede haber justicia” (San Agustín). Es dar lo que nosotros también deseáramos que nos diesen otros. Y es que, es solo no teniendo, cuando se reconoce el valor de ello, porque “La abundancia de las cosas, aunque no sean buenas, hacen que no se estimen y la carencia, aun de las malas, se estima en algo” (Miguel de Cervantes). Porque al dar y compartir, también recibimos como una consecuencia, el afecto y la paz de los otros. ¡Feliz Navidad!

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus