6 de noviembre de 2009 | 20:18:00

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José Santos Zelaya o la astucia cruel del gallo de pelea


“Desde sus mocedades también se dedicó con mucho ardor a la lidia de gallos y llegó a conseguir fama de inteligente en este género de juegos. Pues bien, es admirable el parecido del desarrollo intelectual de Zelaya con el desarrollo astuto y muchas veces traidor de los gallos amaestrados para el pleito y la navaja. Entran algunos humildemente y picando el suelo, dan vueltas con mucho disimulo alrededor del contrario, y en el primer descuido se le tiran a fondo y lo matan. Gritan entonces todos los jugadores: Quien pega primero, pega dos veces es un proverbio que Zelaya tiene siempre presente para la guerra”

Jorge Eduardo Arellano | Opinión



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El pasado 11 de octubre se cumplieron cien años del inicio de la revuelta libero-conservadora en Bluefields, la cual acabó con el régimen autocrático del general J. Santos Zelaya (Managua, 1º de noviembre, 1853-Nueva York, 17 de mayo, 1919), presidente de Nicaragua entre el 26 de julio de 1893 y el 21 de diciembre de 1909. Un reportaje especial dedicaré a ese acontecimiento histórico. De momento, quisiera reproducir un desconocido análisis de la personalidad de Zelaya, escrito por otro general y prócer liberal, José María Moncada Tapia (San Rafael del Sur, 8 de diciembre, 1870-Managua, 23 de febrero, 1945): uno de los líderes de esa revuelta y más tarde protagonista de otra, en 1926-27, que lo llevaría en última instancia a la presidencia de la república (1929-1932).

El análisis se localiza en la obra de Moncada, también desconocida: Cosas de Centro-América / Memorias de un testigo presencial de los sucesos (Madrid, Imprenta de Fortanet, 1908: pp. 261-64) y adquiere actualidad no sólo por la conmemoración centenaria de la caída del gran reformador de su tierra, sino por la polémica que ha suscitado el Anteproyecto de Ley de Protección y Bienestar de los Animales. En ella, se atenta con una herencia cultural de la colonia que nunca ha sido prohibida; más aún: se encuentra arraigada en la cultura popular a nivel nacional. Me solidarizo, por tanto, con las argumentaciones de Mario Tapia, sobrino nieto de Moncada Tapia; miembro de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío, y editor de una revista especializada en gallos —única en América Latina—, dedicada a elaborar monografías de los pueblos nicaragüenses.

En el autócrata Zelaya, Moncada reconocía una gran cualidad política, legítima y superlativa: la astucia. Pero —sostuvo— “los sociólogos y antropólogos, en completo acuerdo con la psicología, han demostrado que esta cualidad no es una muestra de talento ni de genio, sino un desarrollo inherente al instinto de conservación de los animales. Se tiene, por ejemplo, como emblema de la astucia a la zorra, y en verdad es el más astuto de los animales. Pero la astucia es compañera de la fuerza. Zelaya es fuerte, de fecunda virilidad. Tiene el cuello corto y grueso, la cara congestionada. Sus médicos le halagan recomendándole el uso de mujer para que no muera de congestión; y cuando sale por las ciudades y pueblos de Nicaragua, sus agentes y ministros se marchan adelante para la contrata de vírgenes. Tiene hijos en todas partes”.

Moncada Tapia —quien fue un notable periodista y un escritor no despreciable y fecundo— añadía en su análisis: “Zelaya es un caudillo como los antiguos reyes asirios: primitivo, se defiende de las fieras con astucia inaudita. No es genio, pues, el de Zelaya. La ley histórica y la ley científica le nivelan con los dictadores despóticos. Se ha desarrollado por su vida de conspirador en él, la astucia y al mismo tiempo la crueldad. Anduvo desde joven en golpes de cuartel, y aprendió, naturalmente, lo que es ingénito a esta profesión. Cava fosos, teje tramas, celadas para matar así, o vencer a su enemigo, mejor dicho, a su víctima”. Pero los párrafos que aluden al título de esta nota son los siguientes.

“Desde sus mocedades también se dedicó con mucho ardor a la lidia de gallos y llegó a conseguir fama de inteligente en este género de juegos. Pues bien, es admirable el parecido del desarrollo intelectual de Zelaya con el desarrollo astuto y muchas veces traidor de los gallos amaestrados para el pleito y la navaja. Entran algunos humildemente y picando el suelo, dan vueltas con mucho disimulo alrededor del contrario, y en el primer descuido se le tiran a fondo y lo matan. Gritan entonces todos los jugadores: Quien pega primero, pega dos veces es un proverbio que Zelaya tiene siempre presente para la guerra”.

Y continúa Moncada: “También se observa que los gallos avezados a matar se corren lloriqueando si alguno más hábil o por casualidad les hiere. Es un hecho que la historia refiere de todos los tiranos y asesinos. Como acontece siempre que los hábitos, costumbres y vicios de los gobernantes son una verdadera escuela para el pueblo, en Nicaragua todos los amigos y cortesanos de Zelaya son galleros. Al circo entran médicos, abogados, militares, y aún profesores de enseñanza, lo mismo que mujeres. Todos ellos llaman a Zelaya familiarmente, y con cierta mueca de orgullo, EL GALLO. Y luego agregan: Ya tenemos gallo para Regalado [presidente de El Salvador], para Estrada Cabrera [idem de Guatemala], para Escalón, para Figueroa, para todo Centroamérica. Durante la guerra contra Guatemala, y después contra Honduras, las caricaturas que los periódicos zelayistas publicaban, eran representación de una lucha entre varios gallos. Uno de ellos, que representaba a Zelaya, se veía muy vistoso y reluciente, triunfador y en actitud de cantar.”

“Parece este relato insignificante —prosigue Moncada Tapia—, y sin embargo no lo es. Sociólogos, psicólogos y educadores saben que tiene suma importancia para el gobierno de los pueblos y para la enseñanza de las generaciones el estudio de la manera cómo se forjan los hombres. Zelaya enseña el juego en Nicaragua. Todos los aniversarios de sus triunfos y de fiestas cívicas se celebran en las plazas públicas con juegos de azar; como los dados, la ruleta, todo lo que él ha practicado. El mejor obsequio que sus partidarios pueden hacerle es el de un gallo bueno o de una virgen, y ya toman a orgullo el servirle de esta manera. En Masaya, Granada, León y Managua, en cada ciudad en donde él desea pasar una temporada, lo primero que alistan es el circo de gallos.”

Un coetáneo de Zelaya y Moncada, el ensayista conservador Ramón Ignacio Matus, también se refirió a la debilidad del primero por los gallos. Tanta era su afición que el léxico del autócrata era gallero. Así, en su libro Examen del manifiesto del Partido Liberal (Managua, 1912), Matus refiere lo siguiente sobre su caída, comentando la nota Knox surgida a raíz de la ejecución de los mercenarios estadounidenses Lee Roy Cannon y Leonardo Groce, ordenada por Zelaya.

Sobre este caso existe una documentación extensa y haré un resumen de la misma en el prometido reportaje especial. Matus, en su libro citado, los considera prisioneros de guerra, “a quienes la civilización actual acuerda la inviolabilidad de la vida. Pero Zelaya, habituado a no respetar los derechos ni las garantías de los nicaragüenses, quiso hacer lo mismo con estos norteamericanos. —Voy a fusilar a estos yankees —le dijo al doctor Julián Irías, a la sazón ministro general de su gobierno. Irías le manifestó su opinión de que aquello era expuesto a complicaciones. —No amigo, replicó Zelaya, vamos a picarle la cresta a Mr. Taft [presidente entonces de los Estados Unidos], y acto seguido tramitó las instrucciones del caso a El Castillo” [fortaleza donde estaban recluidos Cannon y Groce, y luego fueron juzgados y fusilados].

Y agrega Matus: “Como la causa de la fusilación de Cannon y Groce, fue el picar la cresta a Mr. Taft, y no el mandato de la ley que no lo había, aquellos dos americanos no podían ser fusilados ni por las leyes generales de la guerra, ni por las disposiciones del Código Militar, ni por la ley de Extranjería de Nicaragua. Los prisioneros de guerra hoy día son sagrados. Las naciones que los hacen los alimentan y visten, para después canjearlos con los que el enemigo les haya hecho. Y con respecto al Código Militar de Nicaragua, no hay artículo alguno por el cual se hubiera podido imponer la última pena a aquellos individuos”. En otras palabras, según el exégeta conservador, el mismo Zelaya provocó su caída actuando de acuerdo con su osada personalidad de gallero.

No suscribo yo, desde luego, la opinión de Matus, mucho menos la interpretación de Moncada. Sólo deseo rescatar el análisis del segundo porque, sin dejar de ser una diatriba, interpreta la psicología de un gobernante, tema no muy tratado por nuestros politólogos. Por lo demás, Moncada Tapia parece que fue más gallero que Zelaya y más “macho”, pues se le atribuyen tantos hijos ilegítimos como a Zelaya.

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