24 de noviembre de 2009 | 19:55:00

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La honestidad… ¡pásala!

Eusebio J. Merladet García* | Opinión

La honestidad… ¡pásala!
Honestidad


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Llegará un día en que nuestros hijos, llenos de vergüenza, recordarán estos días extraños en los que la Honestidad más simple era calificada de coraje. Yevgeny Yevtushenko (poeta ruso)

Casi no faltan evidencias para percibir que no la podemos pasar, que se ha ido, o mejor, que le hemos dejado escapar a golpe de indiferencia. Sólo tenemos que mirar nuestro entorno para percatarnos de que ya no está con nosotros, menos entre nosotros.

Aquellos que de escolares un día llevamos a nuestro hogar (bien podía ser un tuquito de lápiz), que no pudimos dar a nuestros padres buenas razones de posesión tras un serio interrogatorio y nos hicieron regresarlo al amiguito a la “velocidad de la luz”…Esas maneras de nuestros padres y abuelos se fueron con ellos porque las dejamos ir. Honestidad ya no es más una palabra sonada entre nosotros, ahora se acude al vocablo para evidenciar su lastimosa carencia.

En el día a día uno asalta y es asaltado por actitudes, las más veces inexplicables que hielan la sangre. Una respuesta inconsecuente con un comportamiento, una relación fallida “a pesar de”, un comentario fuera de lugar, una orden sin objetivo, una velada mentira a sabiendas del agravio, una agresión sin causa que la provoca, un despojo de las razones por evidente que se haga el despojo ; todas estas, parte de una interminable lista de sucesos donde la honestidad, brilla por su ausencia.

Lo más peligroso y alarmante: la honestidad ya no se apodera ni de los espíritus más elevados, poco a poco ha ido dejando de ser una herramienta para la vida. No es ésta una visión catastrófica aún porque tenemos la convicción de que en el pueblo hay reservas de honestidad y un sentido de urgencia que crece.

Si bien es cierto que los valores no son unos más que otros en términos cualitativos, sino complementarios en el accionar y la ejecución de las realizaciones de la persona y la sociedad, la honestidad guarda una muy estrecha relación con el pensamiento, su evolución y la conducta en las relaciones, desde que la llamada civilización se organizaba.

Sócrates (470 a. C. - 399 a. C.) fue de los primeros en tratar de despejar el significado de la honestidad con una visión adelantadamente holística. Más tarde los filósofos kantianos incluían el concepto “en la búsqueda de principios éticos generales que justificasen el comportamiento moral”.

Confucio, en otra parte del mundo, concebía en su ética diferentes niveles de honestidad donde la bondad, la reciprocidad y la justicia en el nivel más profundo eran pilares del comportamiento, abandonando el interés particular, cediéndole paso a códigos tan simples hoy como el aspirar a tratar como uno gustaría ser tratado.

Modernamente el concepto de honestidad se nutre de muchas fuentes del pensamiento. Entre estas fuentes importantes por su diseminación, llegan a nuestros días las ligadas al sentimiento teológico-religioso: “Camina en su integridad el justo; sus hijos son dichosos después de él” Proverbios 20:7. La sagrada Biblia, El Corán y otros libros fundacionales sustento de la Fe, son abundantes en señalamientos que tocan el valor honestidad.

Sin embargo, a pesar de que la honestidad ha ocupado una buena parte de los estudios y vidas de ilustres adelantados del pensamiento, su práctica se ve entorpecida por los muros que hemos ido levantado con falsas a veces y otras insuficientes y aprendidas premisas, en la búsqueda de una vida más fácil y sin ataduras, a un precio que, sin dudas, ya estamos pagando.

Los muros a la honestidad.

- La relativización de los valores como una secuela de códigos ideológicos revisados o de nuevo corte que pretenden validar conductas ligeras muchas veces ajenas, bajo pretextos construidos con intención por personas o grupos. La relación con el poder de esta suerte de desvalorización se viene convirtiendo en su sustento, necesario para la despersonalización y luego dominación de la persona. Todo vale y vale más si va en el sentido que promueven los grupos de poder. La justicia solo es justa si favorece a estos grupos; no tiene dos vías, mucho menos imparcialidad..

- Sustitución de los valores desde la persona misma primero y luego trasladado a la escuela y la sociedad, basados en supuestas “necesidades vitales”: trabajo, salud, dinero, éxito. Finalmente pocas veces se consigue permanencia en lo que persigue porque hay confusión de los límites y confrontación ineludible. Miento para conservar el trabajo, engaño para conseguir dinero, compro éxito. Ser honesto va siendo un estorbo. Vivir sin compromisos es casi una meta.

- Los excesos en la conducta reprochable de determinadas personas y grupos que gozan de impunidad que ante la Ley convertida está en Historia Antigua. Ya sin ataduras, lo “justo” lo define cada cual anárquicamente a su nivel social y a conveniencia. No hay nadie más en sintonía con este fenómeno que las estructuras de poder (cualquier Poder). Se va creando conciencia y arquetipos que potencializan el concepto de lo impune, de “que se pueden violar las leyes y traicionar los compromisos sin que ocurra nada”. De esa manera la verdad es relativa y la razón no es fuerza sino se fuerza la razón.

- El constante éxito de los “vivianes”, los incapaces, los mentirosos, los oportunistas que hacen parecer tontas, desfasadas, o ingenuas, a las personas se esfuerzan por cumplir sus obligaciones en cualquier ámbito de la vida, en ser honestas, honradas y responsables, pues trabajan más y consiguen menos que aquellas que viven de la trampa, el engaño y la mentira.

- La doblez en el pensar, decir y actuar como fórmula aprendida para existir. Desde la casa, de pequeño, se enseña, luego en la escuela se fortalece y más tarde en el trabajo se hace hábito la doblez y se convierte en herramienta para la vida. Tenga sólo como una prueba el número de declarados “creyentes” de todas las denominaciones; suficientes si se viviera con coherencia entre el discurso, la doctrina y profesión de fe con el actuar del día a día, si la honestidad siquiera con el supremo fuera practicada. El resultado se haría notar. “Firmar me harás, cumplir jamás” se ha tornado premisa habitual del hombre y la mujer “sabios”

- Por último, no porque se nos acaban los muros, la sociedad mira incrédula la práctica de la honestidad. Vemos una actitud valiente, honesta, digna en una persona, y nos preguntamos qué habrá detrás. También afirmamos, ¡ya verás a éste cuando le chime el zapato!. Hay falta total de estímulos y reconocimientos a todos los niveles de la sociedad a quienes “cumplen con su deber y defienden sus principios y convicciones a pesar de las dificultades que esto les pueda acarrear”; son mirados como seres extraterrestres y ni siquiera, por no destacar nuestros propios defectos e incapacidades, ni siquiera damos una palmadita en el hombro de premio.

Tan sencillo que sería derribar esos muros porque se sustentan desde dentro de nosotros mismos. Confieso que nunca como hoy tuve tan a la mano algo más sencillo y diáfano sobre el significado de Honestidad y por supuesto se los paso: “La honestidad es una cualidad humana que consiste en comportarse y expresarse con coherencia y sinceridad, y de acuerdo con los valores de verdad y justicia. En su sentido más evidente, la honestidad puede entenderse como el simple respeto a la verdad en relación con el mundo, los hechos y las personas; en otros sentidos, la honestidad también implica la relación entre el sujeto y los demás, y del sujeto consigo mismo”. Entonces, La Honestidad…¡pásala!

*Médico Ortopedista
Ex catedrático de universidades cubanas y de la Fac.de Medicina de UCEM, Nicaragua.

Editor y Articulista de Folia Médica y otras revistas en Internet

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