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Rubén Darío es sin duda alguna uno de los más grandes poetas que ha dado la humanidad. Rubén Darío es universal. Por razón y fuerza creadora lleva el título de “príncipe de las letras castellanas”. Nuestro amado Rubén tan genial, tan imaginativo y expresivo. Aún después de años de leerlo y reerlo, me quedo perplejo, exhausto, postrado ante su obra. Inclino mi frente y le beso la mano.

“Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,/espíritus fraternos, luminosas almas, salve !/Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos lenguas de gloria...”

Ese nuestro Rubén Darío tan profundo y de una musicalidad poética sin igual, tenía sus defectos. Tenía sus defectos ante una humanidad que al inicio no lo entendía. Lo dice él y lo dijeron otros. Darío tematiza entre otros, el tema de la pereza por ejemplo en Ecce homo y en otros el tema del cansancio, de los celos amorosos, de la depresión y del surmenage. De algunos trabajos que se le encomendaron fue despedido por impuntualidad, en otros por irregularidad laboral, de otros se retiró voluntariamente. El único trabajo donde tuvo bastante estabilidad fue en la Biblioteca Nacional, donde pasó horas, días, devorando libros. Darío allí fue feliz.

“Un vasto rumor llena los ámbitos; mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto; /retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte,/se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña,/y en la caja pandórica de que tantas desgracias surgieron/ encontramos de súbito, talismánica, pura, riente,/cual pudiera decirla en sus versos Virgilio divino,/la divina reina de luz, la celeste Esperanza!”

De él dice Ricardo Contreras (escritor y crítico literario de aquella época): “Es cosa indisputable: Rubén tiene talento poético fecundo, pero su inspiración no tiene disciplina: posee el martillo que hace saltar las chispas en el yunque, pero no empuña nunca la roedora lima, instrumento que, en opinión de Balzac, famoso limador, no deben dejar enmohecerse los autores; que quieren vivir en la posteridad”.

“Abominad la boca que predice desgracias eternas, /abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos,/abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres/o que la tea empuñan o la daga suicida”...

En medio de las tormentas, los naufragios y los nepentes, Darío nunca perdió: ni la inspiración, ni el hilo conductor que lo iba a llevar a la posteridad. Su obra es la prueba más fehaciente de ello.

“Quién dirá que las savias dormidas/no despierten entonces en el tronco del roble gigante/bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana ?/Quién será el pusilámine que al vigor español niegue músculos/y que al alma española juzgase áptera y ciega y tullida ?...”

El contexto histórico en que fue escrito este poema estuvo caracterizado por una España deprimida, golpeada, cansada que aún sufría la derrota obtenida en la guerra que se desató entre España y los Estados Unidos en 1898, cuando España pierde sus últimas colonias, incluyendo a Cuba. Esto fue durante la infancia del rey Alfonso XIII, cuando ejercía la regencia la reina María Cristina, viuda del rey Alfonso XII, siendo presidente del gobierno español Práxedes Mateo Sagasta y presidente de Estados Unidos, William McKinley, uno de los tres presidentes que durante su mandato han sido asesinados en los Estados Unidos. Es en este ambiente postraumático en que surge 7 años después (el 5 de marzo de 1905) uno de los más bellos poemas de la lengua hispana.

“Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos,/formen todos un solo haz de energía ecuménica./Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,/muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.”

Invitados Rubén Darío y Vargas Vila por la Unión Intelectual Hispanoamericana a una sesión solemne en el Ateneo en honor a los dos, fueron delegadas en Darío las palabras de apertura, pero pasaban los días y el escrito esperado no llegaba. Lo que al inicio fue una inquietud para Vargas Vila, se convirtió con el tiempo en un verdadero acto de desesperación, encomendándole de esa manera a su secretario Palacio Viso la difícil misión de inspirar al poeta. Hallábase Rubén Darío rodeado de escritores, poetas y bohemios. El próximo acto en el Ateneo no figuraba en la agenda del maestro. Gracias a la acrobacia de Palacio Viso, según cuenta Vargas Vila: “A las dos de la mañana el poeta entró en ese grado de sonambulismo lúcido, que marcaba los instantes álgidos de su grande inspiración; silencioso, grave, impenetrable, como siempre que estaba en ese estado, se puso a escribir, dos horas después leía a sus amigos, conmovidos y atentos, aquella admirable “Salutación del optimista”. Uno que otro lloró de emoción.

“Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros, /ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!”

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