15 de enero de 2010 | 20:36:00

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Alteraciones textuales en la poesía de Darío

Jorge Eduardo Arellano | Opinión



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¿Qué se entiende por alteración textual? No se trata de una grave errata azarosa, o gazapo, como la que cuenta Pablo Neruda en su libro de memorias Confieso que he vivido. Manuel Altolaguirre —el editor y poeta español de la generación del 27— se empeñó en cuidarle tipográficamente un poemario al gran poeta chileno con la finura y maestría que le caracterizaba; pero con tan mala suerte que donde originalmente un verso decía: “Siento un dolor ATROZ que me devora”, había quedado en la edición así: “Siento un dolor ATRÁS que me devora”. Neruda, entonces, decidió recoger todos los ejemplares de su edición de su poemario y hundirla, acompañado de Altolaguirre, en las aguas caribeñas de la bahía de La Habana.

Ejemplos de gazapos incidentales abundan en las ediciones poemáticas de Darío. Una reciente, cuya responsabilidad asumió un Poder del Estado, es la de un verso de “Salutación del optimista”. Donde el poeta escribió: Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros, se lee: “Juntas las TETAS ancianas…”. Otro ejemplo, señalado por mí en distintas oportunidades, es el de las puntuaciones correctas que han distorsionado el sentido de tres versos medulares del poema “Letanía de nuestro señor Don Quijote”. Se trata de los versos 38, 39 y 40 que dicen en la edición príncipe: “De las epidemias de horribles blasfemias/ de las Academias, / ¡líbranos, Señor ¡”. Es decir, sin coma alguna, como es lo correcto. Con ello, no quiero disminuir el antiacademicismo de Rubén —que fue ostensible, sobre todo en su crítica a la Real Academia Española y a sus miembros de la época—, sino ser fiel a lo que él expresó. Jamás dijo, por tanto: “de las Academias, / ¡líbranos, Señor! Lectura errónea que han cometido algunos literatos distinguidos, incluyendo venerables nicaragüenses, amigos míos.

Como tantas otras, estas puntualizaciones se localizan en la edición crítica que, con motivo del centenario de Cantos de vida y esperanza, Los Cisnes y Otros poemas Pablo Kraudy y yo realizamos en 2005 (Managua, Instituto Nicaragüense de Cultura); obra que pasó inadvertida como casi todas las empresas intelectuales trascendentes que se realizan en este país. Desde luego, nuestras fijaciones textuales aprovecharon los aportes de los escasos editores acuciosos e inteligentes que nos precedieron, en especial los de Ernesto Mejía Sánchez, quien descubrió una alteración textual debida a la mano de Juan Ramón Jiménez. Aludo al verso final de “La dulzura del ángelus”. De acuerdo con su manuscrito, Darío escribió: “¡Oh suaves campanadas entre la madrugada!” Y no —como se ha venido arrastrando— “¡Oh suaves campanas entre la madrugada!”. Debe leerse, pues, campanadas; no campanas. El sacerdote mexicano Alfonso Méndez Plancarte, anotador de la edición del centenario de las Poesías completas, al constatar que al verso alejandrino (de 14 sílabas) le faltaba una, optó por colocar una diéresis en süave para diluir la sinalefa y completar las 14. Pero desconocía el manuscrito y el contenido original del verso rubendariano.

Realmente, Méndez Plancarte practicó la errática tendencia de enmendarle la plana a Rubén. ¿Autosuficiencia de dómine? ¿Obsesión de gramático sin vuelo? ¿Escrúpulos de metricista anquilosado? Todas estas tres limitaciones lo llevaron a cometer incontables tropelías en los versos de nuestro perdurable poeta. Sólo en su edición de Cantos de vida y esperanza he detectado dieciocho.

He aquí las cinco alteraciones textuales más importantes. El segundo verso de “Lo fatal” (el poema-lápida del poemario y de su autor) dice, precedido del primero: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo./ y más la piedra dura porque ésta ya no siente”. Pero el manuscrito y la editio princeps dicen: “ésa” en vez de “ésta”. En el cuarto y penúltimo verso del soneto “Cleopombo y Heliodemo” sustituye “palio del platanar” por “patio” y “ritmo visible” por “invisible”. El noveno verso de “Un soneto a Cervantes” lo presenta incompleto: sin la segunda conjunción /y/: “Cristiano y amoroso y caballero”, o sea, modificado: “Cristiano y amoroso caballero”, que es otra cosa y menos sustantiva.

La Segunda Estrofa Del Primer “Nocturno” Lo Altera En Su Segundo Verso: “Y El Viaje A Un Vago Oriente Por Entrevistos Barcos, / Y El Grano De Oraciones Que Floreció En Blasfemias,” (En Plural); Pero Este Sustantivo, En Su Versión Auténtica Figura, En Singular, En Concordancia Con La Rima Consonante Del Último Verso De La Cuarteta: “Y Los Azoramientos Del Cisne Entre Los Charcos,/ Y El Falso Azul Nocturno De Inquerida Bohemia”. Bohemia Rimando, Como Debe Ser, Con Blasfemia.

Y nada menos que en “Canción de otoño en primavera” —según Andrés González Blanco, la más hermosa poesía creada por la lírica española desde el siglo XVI— reduce a singular otro sustantivo que se escribió en plural: “pretextos” y no “pretexto”, que tienen de sujeto o referencia a “las demás”. Veamos: ¡Y las demás!, en tantos climas,/ en tantas tierras, siempre son,/ si no pretextos de mis rimas,/ fantasmas de mi corazón.

Incluso, en ocasionales poemas de álbumes, los que se vio obligado Darío a escribir por compromisos de amistad, Méndez Plancarte no logra advertir los vocablos correctos. Entre otros muchos, me refiero al poema dedicado a la señora de su coterráneo Santiago Argüello (1871-1940): “Para Lola”. Son varias las alteraciones que ofrece, pero me concentraré en la más grave: la del primer verso de la segunda estrofa. Donde Rubén escribió —conforme el manuscrito, datado en Barcelona, 1914, que no pudo consultar el cura azteca— “Y así el aeda, loco del amor de la lira”, aquel leyó: “Y así, el anda loco…”, que no es lo mismo, confundiendo el verbo andar con el sustantivo aeda: “Bardo, poeta o cantor épico de la antigua Grecia”, según el DRAE.

Bastan los anteriores ejemplos para comprender la naturaleza distorsionadora (y perturbadora para los dariístas) de las alteraciones textuales perpetradas por los editores literarios de Darío. Sin descalificar totalmente sus esfuerzos, es necesario rastrearlas. Sólo con este trabajo es posible ofrecer la obra poética de nuestro mayor paradigma intelectual en su prístina expresión . “Toda precisión, toda minuciosidad, son pocas” señalaba el español Enrique Díez-Canedo en 1923, recomendando que se le diera a nuestro Darío tratamiento de clásico. De clásico contemporáneo —agregaría yo.

Dariísta y dariano

En cuanto a la palabra dariísta, se aplica a los estudiosos que se han consagrado a Rubén Darío, a concebirlo integralmente y a profundizar en su obra con entusiasmo constante, produciendo libros de crítica e interpretación, ediciones críticas, reseñas, etc., y asistiendo a congresos internacionales y organizándolos. El primero en utilizar el adjetivo fue Salomón de la Selva en 1955 en el prólogo a su Canto a la Independencia Nacional de México, donde se refirió a don Alfonso Reyes como “el dariísta más fervoroso de América”. Otros nicaragüenses también las hemos utilizado, comenzando por Fidel Coloma y Eduardo Zepeda Henríquez, ambos dariístas.

Hay que distinguir, por tanto, el dariísta del dariano. Dariano son todos los admiradores en general de la obra de Darío (algo así como los marianos, pero en grado muy menor y sin la devoción religiosa); pero hay muchas clases de darianos. Entre los menos recomendables figuran los oportunistas: por ejemplo, aquel que planeaba erigir en la isla del Cardón 400 elefantes y bautizarlos a cada uno con el nombre de una persona distinta ¡a cambio de cinco mil dólares! Pero en otra oportunidad daremos más ejemplos de darianos no recomendables. La mayoría de los nicaragüenses somos darianos, pero muy pocos se acreditan la categoría de dariísta.

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