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La ampliación del marco de posibilidades dentro del que funcionan las sociedades latinoamericanas requiere, necesariamente, de la articulación de una ética que sirva de eje normativo para desafiar y subvertir la moralidad social dominante en los países de la región. La responsabilidad de esta tarea recae con un peso, urgencia y obligación especial en los intelectuales que creen en la necesidad de promover un cambio radical en América Latina.

La visión ética que se propone en este libro, parte de una crítica al marxismo latinoamericano dominante y a la sociología de la teología de la liberación; es decir, a la visión sociológica adoptada por la teología de la liberación para promover la transformación de la realidad en América Latina. Tanto el marxismo como la teología de la liberación lograron revelar importantes dimensiones de la realidad social de los países de la región. Al mismo tiempo, contribuyeron a ocultar y hasta a falsificar otras dimensiones.

Este libro trata de rescatar el espíritu crítico y las contribuciones teóricas del marxismo y de la teología de la liberación, aprendiendo de sus errores y tratando de superar las limitaciones interpretativas que en ambas corrientes contribuyeron a crear la condición de crisis y confusión en que hoy se encuentra el pensamiento crítico latinoamericano. Para ello es necesario hacer un “balance de cuentas” con Marx y el marxismo.

Hacer este balance implica asumir el marxismo como un esfuerzo de interpretación y actualización permanente. Esto supone la desacralización y, sobre todo, la recuperación del sentido complejo y profundo del humanismo y del materialismo de Marx.

Una evaluación como ésta, además, supone reconocer que ser marxista no es creer en Marx o en una verdad marxista; es, sobre todo, aceptar las ideas de Marx como una parte importante de la infraestructura teórica que se necesita para entender la realidad social y las posibilidades que ofrece la historia para elevar la condición humana. Más que una fe militante, entonces, el marxismo es una actitud ética y teórica que no requiere de adscripciones partidarias ni de etiquetas. Se puede ser marxista con Marx o contra Marx porque nadie que esté comprometido con la causa de los más débiles y que reconozca el valor de la teoría social como un instrumento de lucha para transformar la realidad, puede ignorar el brillo de su pensamiento.

En este sentido es necesario coincidir con el pensamiento de Octavio Paz, a quien en una entrevista le preguntaron si era posible interpretar la historia ignorando las enseñanzas de Marx. Desde su conservadurismo, Paz respondió categóricamente: “No, no es posible. El marxismo forma parte de nuestra herencia intelectual. Del mismo modo que somos neoplatónicos y kantianos, a veces sin saberlo, somos también marxistas. El marxismo forma parte de la sangre intelectual del hombre moderno”. Paz, sin embargo, advierte: “Aceptar la herencia del marxismo vivo es algo muy distinto a convertirlo en un absoluto, que es lo que han hecho casi todos los discípulos de Marx” (Paz, 1982a).

No reconocer la realidad que condicionó la mente de Marx y, peor aún, asumir que su mente tuvo el poder de capturar la realidad del mundo de hoy –más de un siglo después de su muerte–, es adoptar una visión supersticiosa de la teoría social. Peor aún, asumir que Marx nos eximió de la obligación de enfrentar por nosotros mismos la tarea de hacer sentido de nuestra propia realidad, es caer en la irresponsabilidad, independientemente de los trucos retóricos que usemos para disfrazarla.

El pensamiento de la izquierda del siglo XXI debe ser capaz de teorizar las configuraciones de fuerzas sociales del tiempo en que vivimos tomando del marxismo lo que sea bueno y desechando lo que no sea relevante. La práctica del marxismo como una validación permanente de algunos de los preceptos esenciales en el pensamiento de Marx, es el peor servicio que la izquierda puede ofrecer a una humanidad hambrienta de oportunidades. Esta práctica, además, es el peor insulto que se puede hacer a la memoria de Marx, quien transformó –no veneró– el pensamiento de su época.

Si algo podemos y debemos rescatar del cúmulo de experiencias y conocimientos que ofrece la historia del siglo XX, es que el fin del capitalismo no es inevitable, como han profetizado las voces de la izquierda latinoamericana (ver, por ejemplo, Hándal 2005). La lección que no puede ignorar la izquierda latinoamericana la resume José Natanson en las siguientes palabras: “no hay por delante un horizonte revolucionario, el norte que durante años guió los destinos de la izquierda y que era, en definitiva, un legado de la Revolución Francesa, de su fe en el curso lineal de la historia y el progreso indetenible hasta alcanzar un mundo dorado” (Natanson, 2008, 263).

En el horizonte de la historia del capitalismo, entonces, no hay una puerta que nos espera para salir del laberinto y ganar el cielo en la tierra. Las crisis que vive este sistema siempre pueden terminar siendo el inicio de un capitalismo más injusto y más desigual; pueden ser, entonces, nuevas entradas al infierno.

Nada es inevitable en la historia. Nada está asegurado –ni la revolución, ni el final de la explotación, ni la justicia, ni la sociedad sin clases. El camino que hoy recorremos en estas primeras décadas del siglo XXI no termina en la recuperación del Edén; es un camino que se bifurca en caminos que se bifurcan hasta el fin de los tiempos. No hay, entonces, certezas en este mundo borgesiano sin muros y sin secreto centro. Estamos, como dice Sartre, condenados a la libertad; es decir, solos y obligados a decidir lo que queremos y podemos ser.

No estamos, entonces, predestinados a ser felices ni a gozar de la libertad, la justicia y la igualdad social. Más aún, ni siquiera existe un consenso sobre lo que estos conceptos representan porque ellos no cuentan con un sentido esencial, objetivo y final. Son representaciones discursivas de aspiraciones humanas condicionadas por la realidad del poder dentro de tiempos y espacios determinados. Como tal, estas representaciones pueden ser moldeadas y definidas de mil maneras diferentes.

Luchar por la libertad, la justicia y la igualdad social es, en gran medida, luchar por una definición de estos conceptos. O, más bien, por el enraizamiento de estos conceptos en definiciones que nosotros debemos construir o escoger o rescatar utilizando alguna racionalidad lógica, fe religiosa o convicción secular.

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