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Es inútil tratar de elucidar el “verdadero” pensamiento de Marx, si por “verdadero” se entiende una interpretación definitiva que elimine o integre armoniosamente todas las incoherencias y contradicciones que forman parte de su obra. Estas son reales e inevitables porque en los escritos de Marx y Engels se mezclan la filosofía y la polémica, el análisis frío y el discurso apasionado, el insulto y la explicación.

Son inevitables, además, porque la obra de Marx no es una obra “terminada”. Tal como lo señala Bernard Crick, Marx “jamás estableció su pensamiento en forma completa y totalmente consistente y, menos aún, le dio una expresión final”. Brick nos recuerda que El Capital no fue terminado y que el Anti-Duhring “es una exposición clara del marxismo pero es de Engels, y Engels era más sistemático pero también más dogmático que Marx” (Crick, 1992, 76). Por otra parte, el Manifiesto Comunista, “es la expresión más amplia y más influyente” de la teoría general de Marx; pero está escrito como un panfleto para emocionar y movilizar a las masas, y no para debatirse con la frialdad con que debe discutirse un tema tan delicado y complejo como el de la causalidad en el desarrollo de la historia y de la sociedad.

La precariedad de la vida política y material de Marx también contribuyó a la fragmentación de su obra. Sus frecuentes exilios y su permanente pobreza, reflejados dramáticamente en su correspondencia personal, fueron un obstáculo para la sistematización y el ordenamiento de sus ideas (ver Padover, 1979). Jaime Massardo ilustra el drama de Marx citando su carta de 1868, a Nikolái Frántsevich Danielson, traductor al ruso del primer tomo de El Capital: “Yo mismo carezco de una recopilación de mis trabajos, los que fueron escritos en diferentes idiomas e impresos en diferentes lugares” (Marx, 2007, 120).

La mezcla de intereses, objetivos y prioridades teóricas y políticas con la que operaba Marx, aunada a las difíciles circunstancias en las que le tocó escribir y vivir, también explican las ambigüedades e imprecisiones de su vocabulario conceptual. Marx, como lo señala Bertell Ollman, ni siquiera ofrece definiciones explícitas de sus principales conceptos. Peor aún, el significado aparente de sus conceptos centrales cambia –a veces considerablemente–, con el contexto dentro del cual los emplea. Ollman recuerda las palabras de Vilfredo Pareto, para quien los conceptos de Marx eran “como murciélagos”, porque en ellos “uno puede ver pájaros y ratones” (Ollman, 1976, 3).

Sergio Bagú también comentó las imprecisiones conceptuales que forman parte de la obra de Marx, señalando que categorías tan centrales como “capital”, “modo de producción capitalista”, “producción capitalista” y otros, son usados por Marx como sinónimos (Bagú, 1977, 73). De todos ellos, el concepto “modo de producción” es particularmente problemático, para los que tratan de utilizarlo como una categoría de validez universal para organizar la historia de las sociedades del mundo.

Bagú, además, señala algo que puede ayudar a entender la fuerza causal de la economía en la obra de Marx. Para Bagú, la preocupación central de Marx con el modo de producción capitalista le impidió estudiar la sociedad capitalista en su totalidad; es decir, más allá de su dimensión económica: “Nuestra conclusión es que la obra económica de Marx estuvo primordialmente destinada a analizar el modo de producción capitalista, tarea que no logró finalizar, aunque su plan quedó en este aspecto casi concluido…pero el cuadro general de la sociedad capitalista quedó, a pesar de ello, considerablemente menos completo que el modo de producción capitalista” (Bagú, 1977, 68).

Algunos sugieren que las imprecisiones conceptuales que se le atribuyen a Marx tienen que ver, más bien, con la tendencia de sus seguidores a otorgarles un sentido universal a los conceptos que él utilizó, olvidando que Marx no tuvo interés en desarrollar una teoría general de los modos de producción que forman parte del desarrollo social de Europa y, mucho menos del mundo en su totalidad. El interés y hasta la obsesión intelectual de Marx era formular una teoría del modo capitalista de producción, teniendo como referencia fundamental a los países más económicamente desarrollados de Europa (Hindess y Hirst, 1975, 222).

Bob Jessop confirma lo anterior cuando señala que Marx se preocupó, fundamentalmente, por estudiar el modo capitalista de producción. Así, sus referencias a los modos de producción precapitalistas no son hechas con la intención de explicarlos sino, más bien, para establecer, comparativamente la especificidad histórica del modelo capitalista (Jessop, 1990, 289).

A todo lo antes señalado es necesario agregar algo que no debería escapar la atención de los estudiosos y seguidores de Marx. Tanto Marx como Engels fueron condicionados por el momento histórico y la realidad espacial dentro de la que pensaron y escribieron su obra. Si tomamos en cuenta el peso y el prestigio que la ciencia y el método científico tenían en Europa durante la segunda mitad del siglo XIX, es fácil entender que pensadores de su estatura se hubiesen “infestado con el entusiasmo científico de sus días,” y creído en la posibilidad de descubrir leyes y relaciones causales que determinan el sentido de la historia y de la sociedad (Kolakowsky, 2005, 308-9. Ver también Capra, 1983; Witt-Hansen, 1977. Basta recordar las palabras de Engels en su oración fúnebre frente al cadáver de Marx: “Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana: el hecho, tan sencillo, pero oculto bajo la maleza ideológica, de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc.; que, por tanto, la producción de los medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o una época es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo” (Engels, 1974d, 171-3).

Finalmente, debe reconocerse que los elementos deterministas y economicistas que forman parte de la obra de Marx tienen una explicación –no justificación– si se toma en cuenta que Marx escribió teniendo como referencia inmediata el desarrollo capitalista europeo y, sobre todo, el de Inglaterra. Era comprensible –no justificable– que el sentido de lo material en el pensamiento de Marx tendiese con frecuencia a reducirse a lo económico. Después de todo, su perspectiva teórica estaba condicionada por el desarrollo histórico de Inglaterra, la sociedad más industrializada del
mundo.

*Este es un extracto del libro La Subversión Ética de la Realidad: Crisis y Renovación del Pensamiento Crítico Latinoamericano.