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La política y el poder, desde la perspectiva de Marx, se podían estudiar –en la Europa de su tiempo–, como fuerzas que operaban dentro de un espacio secular separado de lo sagrado y lo sobrenatural. El pensamiento político y la teoría social, en estas circunstancias, debían concentrar sus energías en el desentrañamiento de la dinámica mediante la cual se organizan y reproducen las estructuras dentro de las que opera la sociedad. Los temas de Dios y de la relación entre la fe y la razón, centrales en la historia de la filosofía europea y alemana hasta este momento, formaban parte de una historia superada. Con el desarrollo y la consolidación del capitalismo, lo religioso había sido subsumido por las estructuras y las instituciones del capital. En estas circunstancias, lo fundamental era la superación de la enajenación económica ya que, para Marx, ella abarcaba la enajenación “material” y la de la “conciencia” (Marx, 1844).

Para Marx, entonces, la dimensión subjetiva de la realidad social era secundaria porque estaba incorporada a la realidad material del capitalismo arrasante de su tiempo. En esas circunstancias, era posible especular y hasta generalizar que no son las ideas, las leyes y los valores los que determinan la realidad material de la economía en la que vive y sobrevive la sociedad, sino al revés. De acuerdo con esta explicación, la base económica de la sociedad determina –en primera o última instancia– la superestructura donde se alojan los valores y significados que articulan el sentido de la realidad.

Más aún, en las condiciones en las que vivió y escribió Marx, las especificidades del tipo de producción capitalista habían terminado definiendo –y reduciendo– el sentido del concepto más amplio de “producción”. Esto lo confirma Raymond Williams cuando señala que “Marx conocía la diferencia entre producción en general y producción capitalista en particular”. Pero Williams, agrega Edgardo Gutiérrez, “sostiene que [Marx] sucumbió, en su análisis de la producción capitalista, al uso de los términos que la propia producción capitalista le proporcionaba” (Gutiérrez, 2003/2004).

Edgardo Gutiérrez continúa exponiendo y explicando el pensamiento de Williams para explicar esta confusión conceptual: “Como Marx vivía en una sociedad capitalista disponía de su lenguaje y éste entendía a las fuerzas productivas como un mundo autosubsistente. Williams dice que el marxismo tomó el color de un materialismo burgués y capitalista por esa dependencia del lenguaje. Creer que las fuerzas productivas son la industria, e incluso a menudo la industria pesada, es el producto de un uso del lenguaje que deriva de la revolución industrial y que el marxismo ha adoptado acríticamente” (Ibid.).

Las consecuencias de estas extrapolaciones y reducciones conceptuales han sido fatales para América Latina. Las especificidades de los modos de producción que pudieron y pueden existir en las sociedades de la región han sido ignoradas por los que, utilizando acríticamente y ahistóricamente el vocabulario conceptual de Marx, buscan, aquellas características productivas que se asemejan a las del capitalismo que estudió Marx.

En sociedades en donde el capitalismo no se desarrolló con la intensidad como la que presenció Marx, el concepto de producción debe emplearse en un sentido amplio. En América Latina, por ejemplo, la cultura religiosa debe estudiarse como una expresión del nivel de las fuerzas productivas y no, como el reflejo o subproducto de una lógica capitalista que no es siempre dominante y que, en muchos casos, es prácticamente inexistente. En América Latina, la lógica instrumental del capitalismo nunca logró domesticar –como lo señalara Marx y el mismo Weber para el caso de Europa– los valores que forman parte del imaginario colectivo de las sociedades de la región. No se puede decir de América Latina, entonces, lo que Marx y Engels dijeron de Alemania cuando señalaron que en este país el capitalismo había destruido “donde le fue posible la ideología, la religión, la moral…y, donde no pudo hacerlo, las convirtió en una mentira palpable” (Marx y Engels, 1974, 60).

Nadie en América Latina podría argumentar, con un mínimo de credibilidad y de seriedad, lo que argumentó Marx cuando señaló que “la critica a la religión [en Alemania] había sido completada”; es decir, que “la crítica del cielo” debía ser sustituida por la “crítica de la tierra”; que “la crítica de la religión” debía ser desplazada por la “crítica del Derecho”; y, finalmente, que “la crítica de la teología” debía ser sustituida por la “crítica de la política” (Marx, 2009).

En América Latina sigue pendiente la crítica del cielo, la crítica de la teología y la crítica de la religión, porque la cultura política dominante sigue estando fuertemente condicionada por los valores religiosos providencialistas que imperan en la región. Más concretamente, la política en América Latina no se desarrolla en un plano secular independiente del plano de lo sagrado y de lo sobrenatural. Las ideas modernas de la democracia y el socialismo coexisten con visiones providencialistas y amodernas de la historia.

A pesar de esto, el marxismo imitativo y textual que ha dominado el pensamiento de la izquierda latinoamericana, asume que en América Latina, como en la Europa de Marx, lo importante es hacer la crítica del poder económico y del poder político. Esta suposición explica que la religión haya sido ignorada por la izquierda como un tema de reflexión para la articulación de estrategias de transformación social; o, retóricamente condenada como “el opio de los pueblos”.