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Cornelio Hopmann y Fernando Bárcenas son productos de experiencias históricas –Alemania y Nicaragua, respectivamente-- que confirman con dolorosa claridad las tres ideas rectoras de mi libro: la plasticidad de la realidad social; el papel que juegan las ideas y las subjetividades en la construcción de la realidad; y, finalmente, las dramáticas consecuencias que se derivan del oscurecimiento de la imaginación ética en cualquier sociedad. Acerquémonos a estas experiencias para ilustrar estas ideas.

Hoy abordaré el capítulo más sobrecogedor de la historia alemana: el Holocausto o Shoá. En una próxima entrega analizaré la experiencia transformativa más importante de la historia nicaragüense: el triunfo y colapso de la Revolución Sandinista.

Pero antes, aclaremos que, contrario a las elucubraciones de Hopmann, Bárcenas, Julio López Campos (en su programa de radio) y otros, hablar de ética no es hablar de burbujas de pensamiento que flotan sobre la realidad social; es hablar de la realidad misma. La realidad social se forma y ordena dentro de las normas y representaciones que definen su sentido. De ahí que, como señala Ludwig Wittgenstein, cualquier forma de “objetivismo” constituye una ilusión.

El “objetivismo” es una perspectiva teórica que asume la existencia de una realidad social “dura” que existe fuera de las representaciones discursivas y normativas que hacemos de ella. La realidad social, así concebida, no existe. Eso que Hopmann, Bárcenas y López Campos llaman “la realidad”, es materialidad preñada de significados. Y si no es así, que lo demuestren. Que demuestre López Campos que lo que él llamaba la “realidad” o “el proceso real de la vida” o las “interacciones en contextos sociales concretos”, en su programa de radio hace unos días, son “cosas” que existen fuera de sus significados y representaciones normativas. ¿Existen relaciones sociales fuera de los códigos, normas y definiciones que las estructuran y reproducen?

Las ciencias cognitivas, señalo en mi libro, nos enseñan que la visión objetivista de la realidad es un “truco de la mente” que tiene sus raíces en la misma estructura de funcionamiento del cerebro. Matthew D. Liberman, por ejemplo, señala que percibimos lo subjetivo y lo objetivo como cosas separadas porque los fenómenos corporales y los mentales son registrados por dos redes neuronales diferentes, creando una percepción “dual”.

Por su parte, el fenomenólogo Maurice Merleau-Ponty, cuya obra ha jugado un importante papel en el desarrollo de las ciencias cognitivas, rechaza el dualismo que empuja a mis críticos a asumir la existencia de una separación entre las “relaciones sociales de producción” y la ética, a partir de dos argumentos incontrovertibles: Primero, la mente no es una entidad separada del cuerpo. Segundo, el cuerpo dentro del que funciona la mente es una entidad condicionada por su existencia en un espacio histórico determinado. Este espacio constituye la plataforma existencial desde el que la mente percibe, construye y reconstruye la realidad.

Así pues, el pensamiento ético es una articulación mental creada por mentes encarnadas en cuerpos implantados en relaciones histórico-sociales determinadas. Es pensamiento práctico porque se nutre de la realidad y, además, porque norma nuestra relación con “el otro” y “la otra”: el otro campesino, la “otra” mujer, el otro homosexual, la “otra” lesbiana, el otro negro, el “otro” judío.

La ética adquiere una dimensión colectiva cuando la relación con el “otro” y la “otra”, alcanza una dimensión social. Y se institucionaliza, como moralidad social, cuando se expresa en el funcionamiento de las estructuras y los procesos dentro de los que operan los miembros de una sociedad.

El Holocausto

Ningún otro momento de la historia moderna revela más dramáticamente la dimensión subjetiva de la realidad, y las consecuencias del oscurecimiento de la imaginación ética, como la brutal experiencia del Holocausto en la Alemania Nazi. El rabioso antisemitismo de ese período, la mitología que lo alimentaba, la propaganda estatal y el sueño de un mundo gobernado por la raza aria fueron fuerzas y factores subjetivos que lograron recrear la realidad social de la sociedad alemana de manera irrevocable. Digo irrevocable porque ni los seis millones de víctimas de esa orgía de sangre resucitarán, ni la sociedad alemana ni el mundo, olvidarán lo sucedido. Como bien dice Aharon Appelfeld, escritor y sobreviviente de la barbarie Nazi, el Holocausto será eternamente recordado como “la metáfora” del Siglo XX; la metáfora que nos recordará que Sarmiento estaba equivocado cuando desde su mal-disimulado racismo planteaba que la América Latina del siglo XIX tenía que escoger entre la “civilización” y la “barbarie”. La Alemania nazi demostró que se puede ser civilizado y salvaje.

El Holocausto no puede explicarse desde el crudo “materialismo” de Hopmann, Bárcenas y López Campos. Sobre esto, y también sobre la imposibilidad de explicar el poder Nazi como un simple poder coercitivo que aplastó a la sociedad alemana, existe un fuerte consenso.

La obra del historiador Yehuda Bauer, para citar un ejemplo, muestra la imposibilidad de explicar el Holocausto como una consecuencia de la lógica capitalista. El historiador y politólogo italiano Enzo Traverso coincide con esta posición y puntualiza que el genocidio judío “no puede ser entendido ni explicado como un producto del interés del capital alemán”. En realidad, el Holocausto se ejecutó en contraposición con esos intereses.

El teórico político trotskista Alex Callinicos ha tratado de rescatar –sin buenos resultados-- la validez del método marxista para articular una explicación “materialista” del Holocausto. Lo ha hecho a partir de un honesto reconocimiento: “Nada desafía al Marxismo más claramente que el Holocausto”. Esto explica, agrega, que las contribuciones marxistas serias a este tema sean “sumamente limitadas”.

El historiador marxista británico Tim Mason, reconocido por muchos, incluyendo Callinicos, como el principal historiador marxista del Tercer Reich, también reconoce las dificultades del marxismo para explicar el genocidio judío. El Holocausto, reconoce Mason, produce en él una “parálisis emocional e intelectual”.

Uno de los análisis marxistas más honestos y más rigurosos que yo he leído sobre el marxismo y el Holocausto es el de Norman Geras, a quien mi libro critica por otras razones. Geras coincide con Ralph Miliband –otro Marxista-- en reconocer que el principio de la “perfectibilidad humana” que forma parte de la herencia de la Ilustración y del marxismo, debe reconsiderarse frente a eventos como el Holocausto.

Geras analiza la evolución intelectual del teórico marxista Ernest Mandel frente al Holocausto, para articular su propia posición frente al genocidio judío. En sus años jóvenes, Mandel contribuyó a difundir la explicación marxista vulgar del Holocausto como un producto del desarrollo capitalista alemán y europeo. En su producción adulta, sin embargo, Mandel reconoció que para hacer sentido de esta tragedia es necesario tomar en consideración razones que él llamó “de orden ético”. ¿Como es posible –terminó preguntando Mandel-- que millones de alemanes se apegaran a las instrucciones del Estado y abandonaran los “principios éticos” de una sociedad civilizada?

Los que participaron directamente en la exterminación de seis millones de judíos y otros “indeseables”, y los que cerraron los ojos frente al sufrimiento del “otro” pudieron haber dicho “no”, como lo hizo una pequeña minoría. Pudieron haberse apegado a una ética positiva en vez de adoptar lo que André Mineau llama la “ética negativa” nazi; una ética que no reconocía valor fuera de la identidad aria. Pudieron haberse apegado a una ética sustantiva de vida en vez de aferrarse a la “ética de la eficiencia” que proclamaba y defendía Albert Speer, el más cercano colaborador de Hitler. La ética de la eficiencia, dice el historiador Joachim Fest, “le permitió a Speer [y a otros] aislarse de las consecuencias de sus acciones”.

El eclipse ético de la sociedad alemana desembocó en el más grande crimen contra la humanidad de la historia moderna. Negar, frente a este bestial evento, la plasticidad de la realidad social; el papel que juegan las ideas en la construcción de la realidad; y, las tristes consecuencias que se derivan del ocaso de la imaginación ética, es contribuir al oscurecimiento de la memoria y, peor aún, a promover la repetición de nuestros peores errores.

Terminemos recordando las palabras del brillante teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer con relación a la naturaleza práctica de la ética y a su papel como fuerza constructora de la realidad. La ética, dice Bonhoeffer, no es un idealismo fantástico; es un tema y un problema “de tierra y sangre”. Desde su perspectiva cristiana agrega: “La ética significa hablar y elucidar el sentido que adquiere Jesús en el mundo en que vivimos; esto no es ni abstracto, ni casuístico, ni puramente programático y especulativo.” Bonhoefffer vivió su ética: fue ejecutado (colgado) por los Nazis por conspirar contra Hitler, el 9 de abril de 1945, tres semanas antes de que los soviéticos liberaran Berlín.
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