•  |
  •  |
  • END

En 1961 se fundó el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que pronto llegó a convertirse en la principal expresión organizada de la izquierda revolucionaria nicaragüense. El FSLN mantendría “relaciones irregulares con el movimiento sindical independiente, debido a que tenían contradicciones en cuanto a la concepción y la práctica de la lucha contra el régimen somocista” (Guevara López, 2007, 92).

El FSLN recuperó el ejemplo y las enseñanzas de la lucha de Augusto César Sandino y las enmarcó dentro de una perspectiva marxista. El pensamiento de Marx, sin embargo, jugó un papel secundario en el desarrollo del sandinismo. En la definición de las estrategias de lucha y del modelo de sociedad propuesto por el FSLN, pesó más la interpretación leninista del pensamiento de Marx difundida por la Unión Soviética y Cuba.

Hablando de los años de gestación del FSLN, Humberto Ortega, miembro de la Dirección Nacional de esta organización durante la década de 1980, señala que en la etapa inicial del desarrollo del FSLN, “la doctrina científica del proletariado” no era aún “dominada por el movimiento revolucionario sandinista”. Entre 1956 y 1960, sigue diciendo, “el movimiento estudiantil…levanta la figura de Sandino y las consignas antiimperialistas, [y] da los primeros pasos para estudiar la doctrina marxista-leninista y la experiencia sandinista” (Ortega, 1980, 162). Es hasta después del año 1967, dice Ortega, que “se logra sentar las bases para el desarrollo del método marxista-leninista en la dirección de la lucha” (Ibid., 163).

La influencia del marxismo leninismo soviético se expresó claramente en la visión de Carlos Fonseca Amador, fundador del FSLN. Analizando los escritos políticos del revolucionario nicaragüense en su época estudiantil, Werner Mackenbach muestra cómo los argumentos de Fonseca reflejaban la influencia de la concepción unilineal de la historia difundida principalmente por los manuales de capacitación política soviéticos (Mackenbach, 1995, 437). Fonseca, por ejemplo, identificó el surgimiento en Nicaragua de una “burguesía” a finales del régimen de los Treinta Años, el inicio de una “reforma burguesa” y el final del “feudalismo” a partir de la reforma liberal de Zelaya en 1893 (Fonseca Amador, 1985, 32-5). Utilizando un esquema mecánico y determinista del desarrollo histórico nicaragüense, Fonseca Amador aseguraba que de no haberse dado la intervención estadounidense que puso fin a la reforma liberal de Zelaya, “el proceso social democrático burgués hubiera continuado su natural evolución” (Ibid., 39).

Dentro de esta misma visión esquematizada de la historia nicaragüense, y trasladando mecánicamente el vocabulario conceptual europeo, Fonseca argumentaba: “La traición de El Espino Negro sepultaría como clase revolucionaria a la burguesía nacional de Nicaragua que optó por asociarse con las clases feudales y reaccionarias, y fundirse indisolublemente con éstas” (Ibid., 47).

Las limitaciones teóricas del fundador del FSLN son comprensibles si se toma en consideración el pobre desarrollo cultural de Nicaragua. Esta pobreza se traducía, entre otras cosas, en la ausencia de libros sobre filosofía y ciencias sociales en general, y sobre marxismo en particular. El mismo Fonseca describió en sus escritos el deprimente ambiente cultural nicaragüense de su época.

En sus Notas sobre la montaña y algunos temas, por ejemplo, Fonseca lamentaba el “cavernario atraso cultural heredado” y ofrecía algunas ilustraciones de esta condición: “Supuestamente el grupo del Partido Socialista Nicaragüense se funda en 1944, declarándose vinculado a los demás partidos comunistas. En 1957 nos tocó constatar personalmente que en la Unión Soviética los responsables de las relaciones internacionales no habían podido enterarse de la existencia de dicho grupo. Por lo demás, en un acto público celebrado en 1964 se constató que entre los conocimientos del principal dirigente del PSN no se incluía el dominio del contenido del Manifiesto Comunista de Marx y Engels. Para el año de 1957 no existe en el país un solo sector obrero organizado sindicalmente bajo la orientación del PSN o de algún elemento revolucionario independiente. En Nicaragua se arriba a la década de los 60 sin contar en la universidad con un solo catedrático con formación marxista (sabemos de países como Ecuador donde incluso había catedráticos autores de manuales socialistas). Este atraso no era exclusivo del sector político vinculado a la clase obrera. Hay que darle importancia al hecho de que la pequeña burguesía nunca fue capaz de romper con los caducos partidos tradicionales y crear un movimiento político independiente, siquiera fuera para la actividad pacífica entre las masas populares” (Fonseca, 1976) .

Si se considera el atraso cultural que describe Fonseca en su escrito, no es sorprendente que, para el fundador del FSLN, el marxismo fuera percibido con el espíritu religioso y hasta supersticioso con el que la idea de la ciencia se percibe en sociedades que carecen de una cultura científica. Fonseca Amador interpretaba la teoría marxista como una ley universal que los revolucionarios nicaragüenses simplemente tenían que aplicar: “Se da el caso que a nosotros no nos corresponde descubrir las leyes universales que conducen a la transformación de la sociedad capitalista en una sociedad de hombres libres; nuestro modesto papel es el de aplicar esas leyes ya descubiertas a la situación de nuestro país” (Fonseca Amador, 1975, 13).

Es imposible no ver un sedimento de religiosidad providencialista en la comprensión del mundo de Carlos Fonseca. Esta visión lo empujaba a concebir la existencia de una fuerza absoluta que se impone sobre la historia, transformando a los individuos en entidades que sólo pueden jugar un “modesto papel” en la construcción de su destino social. Al mismo tiempo, cuando se toma en cuenta el atraso cultural de Nicaragua, la “imaginación sociológica” de Fonseca y su capacidad para apreciar el papel de la teoría en su lucha por la transformación de la sociedad nicaragüense resultan, extraordinarias. Pocos líderes nicaragüenses, de derecha o de izquierda, antes o después de Fonseca Amador, han logrado desarrollar esta apreciación por el papel del pensamiento en la construcción y reconstrucción de la realidad.

El marxismo mecánico e imitativo que se expresa en el pensamiento de Fonseca se reprodujo a través del desarrollo del FSLN, hasta convertirse en un componente central de la visión política dentro de la que funcionó la dirigencia de este partido después del triunfo revolucionario en julio de 1979. El llamado “Documento de las 72 horas”, redactado por la Dirección Nacional del FSLN en 1980, como marco orientador del proceso revolucionario, muestra el peso de un marxismo mecánico en la dirigencia de este partido. En sus memorias, Sergio Ramírez, ex – vicepresidente del gobierno sandinista en la década de 1980, ofrece su visión de este documento: “Los adversarios de la derecha, que ya empezaban a agruparse, y muchos de nuestros aliados dentro y fuera de Nicaragua, pusieron el grito al cielo al filtrarse el documento, que llegó a ser conocido como ‘el documento de las 72 horas’. En todo el esplendor de la terminología marxista, se declaraba que nuestro objetivo era alcanzar la sociedad socialista basada en la dictadura del proletariado, previa una etapa de alianzas con la burguesía, mientras más corta, mejor; y la existencia misma de la Junta de Gobierno se ponía como el primer ejemplo de esas alianzas, que tarde o temprano tendrían que terminar, por el sino dialéctico de la historia. El FSLN aspiraba a consolidarse en un partido marxista leninista, se declaraba en lucha a muerte en contra del imperialismo yanqui, y proclamaba su adhesión al campo socialista, donde debíamos insertarnos cuanto antes. Y en todo el texto se respiraba un afán totalizador, porque el FSLN debía ganar hegemonía en cualquier aspecto de la vida social y económica, empezando por los medios claves de producción, que deberían ir pasando a manos del Estado” (Ramírez, 1999,12).

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus