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A Alejandro Serrano Caldera
El viernes pasado escribí sobre la dimensión subjetiva de la realidad de la Alemania Nazi. A pesar de las enormes diferencias que separan a Nicaragua de Alemania; y a pesar de que nada en nuestra historia –o en la historia moderna— es comparable con la brutalidad del Holocausto, la descomposición ética que Nicaragua sufre en la actualidad tiene raíces en el mismo fenómeno que hundió a Alemania en la peor crisis de su historia: la subordinación de la razón ética –que es siempre una capacidad individual-- a una moralidad social que se nutre de visiones de la historia como un proceso que responde a leyes, ideas o condiciones objetivas que se imponen sobre nuestra voluntad. La visión de la historia como un proceso determinado por la idea de la superioridad racial aria terminó en el exterminio de seis millones de judíos y otros “indeseables”.

El providencialismo, el neoliberalismo y el marxismo dominante en Nicaragua y América Latina, son interpretaciones de la realidad que también anulan la capacidad y la obligación que tenemos de imponer un sentido ético sobre la historia. El providencialismo lo hace en nombre de Dios; el neoliberalismo en nombre del mercado; el marxismo de mis críticos, lo hace en nombre de una “realidad” que, en última instancia, define el sentido de la vida social y de la historia.

El marxismo latinoamericano ha sido, con brillantes excepciones, un marxismo impregnado de providencialismo porque asume la existencia de fuerzas objetivas que, como la “Historia”, “la dinámica de la lucha de clases”, o la “Revolución”, se imponen sobre nuestra capacidad para impregnar el mundo de significado. Este marxismo es, en gran medida, responsable de la crisis moral que vive nuestro país. Veamos.

La Revolución Sandinista fue un proyecto de cambio que, fundamentado en una posición ética frente a la moralidad del somocismo, aprovechó y creó circunstancias históricas materiales para alcanzar el poder. La ética a la que hago referencia no fue una trasnochada ilusión idealista; fue una posición normativa que fue capaz de mover a muchos hombres y mujeres a vivir y morir, en las eternas palabras de Leonel Rugama, “como los santos”. Los que no fuimos como ellos nos sentiremos, para siempre, en deuda con nosotros mismos y con nuestro país.

El sandinismo logró presentar como viable y legítima, la aspiración de una Nicaragua fundamentada en tres valores esenciales: la soberanía nacional, la justicia social y la democracia popular. El resto de la historia la sabemos todos. Entrampados en un “marxismo de capilla”, el FSLN se desmoronó, y la esperanza que para muchos nicaragüenses fue la revolución, se hundió en el abismo que surgió entre la inflamada y vacía retórica revolucionaria de los Comandantes, y una realidad doméstica y global pobremente teorizada.

El FSLN demostró que no se puede hacer una revolución sin un pensamiento revolucionario capaz de identificar las limitaciones y posibilidades históricas de un país como Nicaragua. También demostró que no se puede construir una verdadera revolución, sin el sustento de una ética capaz de contrarrestar las tentaciones del poder, y de construir sentidos y aspiraciones colectivas. La debilidad teórica y la pobreza ética del FSLN están íntimamente relacionadas.

El marxismo del FSLN proclamaba la existencia de una “dinámica de clases” y de una “Historia”, como realidades separadas e independientes de la razón ética de hombres y mujeres concretas. Esta visión de la realidad social, como una materialidad independiente del sentido ético que imponemos sobre ella, facilitó la corrupción del FSLN.

Con esta visión, muchos sandinistas lograron obviar las brutales contradicciones que vivían --y que siguen viviendo-- entre sus estilos de vida y el socialismo por el que decían y dicen luchar. Esta visión les permitía asumir que se podía luchar por el bienestar de las grandes mayorías y, al mismo tiempo, saquear el tesoro nacional. La ética personal era irrelevante frente a la ética de la “Revolución”, como encarnación de la “Historia”.

Luego cayó el telón, explotó La Piñata, y quedaron desnudos frente a los ojos asustados de los muchos que creyeron en ellos. Ernesto Cardenal: “…se transfirieron edificios, haciendas, empresas, fábricas, y toda clase de bienes del estado, a dirigentes que iban a administrarlos para el FSLN; pero se quedaron con ellos”.

El derrumbe ético del FSLN no solamente terminó en la rapiña. La dignidad más básica y más íntima de las personas también se sacrificó en nombre del amanecer que dejaría de ser una tentación. El poderoso comandante, dice Zoilamérica Narváez en su denuncia por abuso sexual contra Daniel Ortega, le explicaba que lo que hacía con ella “le daba tranquilidad de espíritu y así podía cumplir mejor con los altos deberes para los cuales lo citó la historia”.

Así, el hombre que con nuestro voto y nuestra estupidez elevamos a la presidencia la instaba a sacrificarse por la “Revolución”: “En diferentes momentos, me afirmó que la felicidad no existe, que la vida es un valle de amarguras y que debía aprender a vivir con lo que él me daba … buscar la felicidad para uno, en su concepto, es un acto egoísta y ponerse por encima de la Revolución.”

La “Revolución” lo justificaba todo; lo sigue justificando, ahora bajo el aberrante supuesto de que ella transita por su segunda fase. Esta “Revolución” que identifican como “socialista, solidaria y cristiana” justifica hoy la prostitución de la ley, el desmantelamiento de las instituciones del Estado, la represión abierta o disfrazada contra cualquier forma de oposición, los ataques a la inteligencia como los sufridos por Alejandro Serrano Caldera, y el enriquecimiento ilícito de los que se apegan a los designios de una “Historia” que habla a través de la pareja presidencial.

Al empresario y dirigente del FSLN, Ricardo Coronel Urtecho, le debemos la más clara y descarada explicación de la racionalidad con la que actúa el FSLN en la actualidad: “La ética, desde la perspectiva marxista, no es más que un prejuicio burgués usado como arma para el monopolio de la política … la política en el mundo real, fuera y dentro de los partidos políticos tradicionales, especialmente en el mundo del capitalismo salvaje, no es más que el juego de la demagogia, la manipulación, el manoseo, el engaño, la venta de ilusiones, la trampa, el jueguito, la compra y venta de voluntades, el chantaje, el cinismo, las coimas, los pactos prebendarios, el nepotismo, la llamada corrupción, el abuso de la palabra y tráfico de influencias, la media mentira y media verdad, y todo lo demás. Y es que así es, no puede ser de otra manera, es algo consustancial e inextricable del sistema, es el juego del sistema, es el sistema”.

Luego, en un alarde de arrogancia y descaro agrega: “El FSLN, contrario a sus principios, ha tenido que aprender ese juego…. Para el Frente ese aprendizaje es un riesgo grave porque ha aprendido algo fuera de su esencia, que logra resultados tácticos indispensables y que lo puede desfigurar permanentemente, pero que es necesario para sobrevivir. En otras palabras, si no lo hace, desaparece. De tal manera que en este juego, como en todos, también el fin justifica los medios” (END 23/09/10).

“El fin justifica los medios” ha sido el principio pragmático del FSLN desde que olvidó a Rugama. No olvidemos lo que dice Bertrand Russell: “el pragmatismo no es una filosofía; es una manera de vivir al margen de cualquier filosofía”. Por vivir al margen de cualquier filosofía el FSLN hoy es, políticamente hablando, nada. No es neoliberal; pero tampoco es anti-neoliberal. Se define como de izquierda, pero apoyando tratados neoliberales de libre comercio y políticas fundamentalistas como la criminalización del aborto terapéutico. Sus voceros hablan de socialismo del siglo XXI frente a Chávez; celebran el modelo político Jamahiriya para congraciarse con Gaddafi; y hasta se declaran partícipes de la guerra santa contra “el Gran Satán” de los Estados Unidos, cuando se encuentran frente a sus aliados del gobierno de Irán.

La única lógica discernible en esta mucilaginosa realidad política y ética es la lógica del poder de aquellos que, ayer y hoy, se arrogan el derecho de hablar en nombre de la “Revolución” y de la “Historia”. Ellos inventaron el “¡Dirección Nacional Ordene!” la versión nica del “¡Heil Hitler!” de la Alemania Nazi.

¿Qué tiene que ver Marx con todo esto?
La obra de Marx está marcada por una tensión creativa entre el humanismo liberador de este autor –un humanismo “de inspiración moral”, como lo define Rodolfo Mondolfo-- y sus tendencias deterministas. Estas tendencias son reales y no pueden ser reducidas a la categoría de “anécdotas”, como con sorprendente ligereza argumentara Julio López Campos en su programa de radio hace dos semanas.

La necesaria revitalización del pensamiento crítico pasa por asumir las tensiones y contradicciones de Marx como parte de la reflexión teórica cotidiana. Cualquier intento de eliminarlas, mediante la negación de, por ejemplo, la fuerza histórica de la razón ética y su subordinación a una “realidad” absoluta e independiente, debe ser rechazado. La escisión entre la ética y la realidad social es la manera más efectiva de alimentar la tiranía y la corrupción que hoy nos ahoga.