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En el bizarro mundo del marxismo nicaragüense --dominado por el debate sobre la transición de un feudalismo imaginario a un capitalismo nominal--, el único intelectual que logró desarrollar un análisis sólido de los fundamentos teóricos del marxismo y de las posibilidades y limitaciones de su aplicación en un país como Nicaragua, fue Alejandro Serrano Caldera.

En su libro La permanencia de Carlos Marx (1983), Serrano Caldera ofrece una visión humanista de la obra de Marx orientada a iluminar el posible sentido del marxismo en sociedades como Nicaragua. En una clara crítica al cientificismo ingenuo que dominaba el pensamiento del marxismo nicaragüense, Serrano Caldera señalaba que no solamente “era importante para el cientista social, analizar el proceso revolucionario a las luces de las ciencias sociales, sino analizar las ciencias sociales y sus categorías a las luces de la experiencia revolucionaria, para extraer la experiencia histórica (Serrano Caldera, 1983, 139). Marx, señalaba Serrano Caldera, “dejó las bases de una nueva filosofía, fijó un punto de partida con la praxis que no ha sido suficientemente desarrollada como tal. Pienso que es un elemento que puede contribuir notablemente a la elaboración de una nueva filosofía que no repita a Marx como si el pensamiento se hubiese congelado en sus proposiciones” (Ibid., 186).

La pobreza teórica del sandinismo generó las condiciones para un divorcio entre el discurso y la acción revolucionaria del FSLN durante la década de 1980. El pensamiento político de esta organización y sus expresiones discursivas se mantuvieron congelados dentro de un esquema teórico carente del sustento enriquecedor de la experiencia. Al mismo tiempo, la experiencia revolucionaria degeneró en un pragmatismo político carente del referencial teórico que necesitaba la revolución para hacer explícito el marco de limitaciones y posibilidades históricas dentro de las que operaba el país. Peor aún, el discurso del FSLN terminó generando confusión. Así lo reconoció el Ministro del Interior de la década de 1980, Tomás Borge: “El nuestro es un proyecto enredado y complicado, y los proyectos enredados confunden a las masas. Hasta ahora no hemos sido capaces y es posible que no seamos lo suficientemente capaces de lograr que el pueblo entienda toda esta complejidad. A veces tampoco hemos sido lo suficientemente receptivos para captar las inquietudes populares. Otras ni siquiera nosotros tenemos la claridad suficiente para entender la naturaleza extremadamente compleja de este proceso” (Borge, 1997, 8-9).

La confusión a la que hacía referencia Borge se hizo evidente, por ejemplo, en una serie de entrevistas brindadas por varios líderes sandinistas a tres periodistas italianos. Ni la abierta insistencia de los periodistas –interesados en establecer la profundidad de la influencia marxista en el sandinismo– fue capaz de extraer de los entrevistados una idea clara sobre el pensamiento político del FSLN en plena etapa de construcción revolucionaria.

Bayardo Arce, considerado por muchos como uno de los principales ideólogos de la revolución, señalaba que el sandinismo podía definirse como “la aplicación del marxismo-leninismo a la realidad de Nicaragua”. Pero no lograba explicar lo que esto significaba. Simplemente repetía que el “sandinismo” es la ideología de la revolución y citaba a Sandino en forma incongruente y desordenada para responder preguntas que trataban de indagar sobre la concepción sandinista del materialismo histórico, del materialismo dialéctico y otros temas teóricos fundamentales.

En un momento de la entrevista, los periodistas le preguntaron directamente: “¿Ustedes reivindican el materialismo dialéctico y el materialismo histórico como propios o también lo encuentran en Sandino?” Arce pretendió responder esta pregunta con una frase de Sandino que no guarda ninguna relación con el tema de los entrevistadores: “Muy luego tendremos nuestro triunfo definitivo en Nicaragua con que quedará prendida la mecha de la explosión proletaria contra los imperialistas de la tierra” (Arce, 1986, 14).

El peso del marxismo leninismo en el FSLN, se expresó también en la formación teórica que este partido ofreció a los miembros de su organización juvenil. Haciendo referencia a su propia experiencia en los 1980s, Carlos Fonseca Terán, señala que “el material de estudio para la formación de los cuadros eran los discursos de los miembros de la Dirección Nacional, el análisis de la coyuntura y a partir de cierto momento la Constitución Política –de clara naturaleza ideológica liberal” (Fonseca Terán, 2005, 303)

En realidad, el material didáctico de la llamada “escuela de cuadros” del FSLN, también incluyó los libros y manuales de formación política producidos por la Editorial Progreso de Moscú y por el Departamento de Orientación Revolucionaria del Comité Central del Partido Comunista de Cuba. Estos manuales ofrecían una visión mecánica, reduccionista y, por lo tanto, simplificada y desproblematizada del pensamiento de Marx, la filosofía y las ciencias sociales en general. Proclamaban, por ejemplo, que “la misión, el objetivo de la ciencia consiste, ante todo, en concebir la naturaleza y la sociedad como un proceso regular del movimiento y del desarrollo, como un proceso condicionado y dirigido por leyes objetivas” (Konstantinov, 1980, 128). También afirmaban que las leyes de la dialéctica marxista son, “leyes del ser y leyes del saber, que por su esencia, por su contenido, son únicas y coinciden.” Y sin ambigüedades concluían: “Fuera de esta unidad no es posible ningún conocimiento verdadero, ningún pensamiento verdadero” (Ibid., 131).

Los “cuadros” jóvenes de la revolución también aprendían que “la filosofía del marxismo-leninismo” representaba “el grado superior de desarrollo del pensamiento filosófico mundial” (Ibid., 8). Todo esto confirmado por el propio Fidel Castro, quien en la presentación de uno de los textos utilizados por el FSLN, afirmaba que el marxismo-leninismo es “la única ciencia social verdadera” (Castro, 1980, 1).

Así pues, la dialéctica marxista y, para ser más preciso, la versión marxista-leninista de este enfoque, se presentaba a la juventud sandinista como el único medio para generar conocimiento verdadero. Más aún, la relación entre estructura económica y superestructura se explicaba a la juventud como un proceso gobernado por una lógica que –como la del Dios providencial– trasciende al individuo y neutraliza el peso de las ideas: “Los materialistas reconocen la relación causal de los fenómenos, objetiva e independientemente de la voluntad y la conciencia, y su reflejo más o menos exacto en la conciencia del hombre” (Konstantinov, 1980, 174).

Los manuales escritos por Marta Harnecker, también fueron utilizados por la “escuela de cuadros” del FSLN. Estos manuales ofrecían una visión mecánica y desproblematizada de las relaciones causales que forman parte del desarrollo social. En ¿Qué es la sociedad? (1986), los estudiantes aprendían que la sociedad está compuesta de una infraestructura o “nivel económico” y una superestructura formada por “elementos jurídico-políticos (Estado, derecho, etc.) e ideológicos (ideas y costumbres sociales)”. A partir de esto, Harnecker afirma: “No son las ideas las que explican como se va estructurando la sociedad, sino que, por el contrario, es la infraestructura o nivel económico y concretamente, el tipo de relaciones de producción que se establecen en una sociedad, el hilo conductor que permite comprender las formas que adopta el Estado, las leyes, las ideas que dominan en esa sociedad, es decir, su superestructura” (Harnecker, 1986, 97).

Después de aprender la lección ofrecida por la conocida marxista chilena, los estudiantes nicaragüenses tenían que completar la sección “Aplicación de lo aprendido”, en la que tenían que responder preguntas dirigidas como: “¿Le enseñaron a usted en la escuela que para comprender la sociedad hay que empezar por estudiar su estructura económica?” (Harnecker, 1986, 98). De esta forma se “demostraba” la mentira que servía de base a la sociedad “burguesa” en Nicaragua.

Los manuales y libros de Marta Harnecker también sirvieron para la formación de algunos de los principales dirigentes del FSLN. Omar Cabezas, por ejemplo, revela en su testimonio La montaña es algo más que una inmensa estepa verde (1987), que en su formación marxista inicial tuvo que leer Conceptos elementales del materialismo histórico, de Harnecker. Cabezas revela que también estudió el Manifiesto Comunista, y que lo utilizó en sus actividades de proselitismo político. En su testimonio narra –como quien cuenta una travesura–, cómo en una actividad de formación política promovida por él en una comunidad indígena se vio obligado a inventar una relación histórica entre la figura mítica de un cacique de esta comunidad, la figura de Sandino, y el Manifiesto Comunista: “Nosotros proyectamos a Sandino como continuador de Adiac [el cacique indígena], y entonces encarnamos a Sandino en Adiac, pero a Sandino con la proyección del Manifiesto Comunista, ¿te das cuenta? Entonces empieza a correr de casa en casa ahí, de indio en indio, la idea de Adiac…Sandino…lucha de clases…Vanguardia…FSLN” (Cabezas, 1987, 51-2).

El manualismo que dominó la formación de cuadros en Nicaragua durante la década de los 1980 fue reconocido hasta por los mismos cubanos. Guadarrama González (1999), por ejemplo, señala que el marxismo en Nicaragua se enseñó “de una forma manualesca y simplificadora que atentó contra su prestigio científico y filosófico” (Guadarrama, 1999, 47).

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