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Nos encontramos a las puertas del inicio de un nuevo campeonato mundial de fútbol, y la televisión ha hecho gala al sacar de sus archivos las imágenes de los campeonatos más grandiosos, los partidos más emocionantes, los destacados y mejores jugadores, así como los goles más sensacionales.

Reconociendo lo grandioso de los otros mundiales, los expertos, pero principalmente la historia, reconocen y confirman en grado cimero lo glorioso y el gran significado de México 70, en que Brasil, maravillando al mundo se logró coronar como tetracampeón, sin dejar de menospreciar la alegría y la emoción que significó principalmente para los latinoamericanos, el México del 86 con Maradona al frente de los albicelestes. Muchos afirman haber sido ese campeonato la consagración de Maradona, permitiendo a algunos ponerlo por encima del rey Pelé.

Si bien las comparaciones son odiosas, lo cierto es que en el ámbito deportivo se hacen necesarias por cuanto las actuaciones se expresan sobre un mismo deporte y los actos se acumulan en récord sujetos de superación. Y son odiosas porque normalmente los personajes se han desempeñado desarrollándose en circunstancias diferentes en que el mismo tiempo las distingue, otorgando a cada quien sus méritos sin desmedro del de los otros. Además, entran elementos cuantitativos y circunstancias complejas ante factores cualitativos, como el valor de la imagen, el peso de la personalidad, su grado de influencia y el liderazgo ejercido en el juego o dentro del equipo, que hacen harto difícil concluir unánimemente, para limitarse al final a determinar que únicamente es un punto de vista del analista.

Pero por encima de lo anterior, las comparaciones se dan, y el caso más simbólico en el ámbito del fútbol mundial es sobre Pelé, el rey del fútbol, y el astro de Maradona, que con su genialidad muy personal logró hacer delirar a multitudes. Si bien en el ámbito estrictamente futbolístico por sus participación en los mundiales, la espectacularidad de sus goles, los dos acumulan muchos méritos. Presente se tiene por igual la versatilidad de sus cualidades goles que dieron gloria a sus países, y en muchas ocasiones al fútbol mismo, pero Pelé sobresale y le aventaja en mucho, manteniendo su corona como ejemplo deportivo, tanto dentro como fuera del terreno, donde el tiempo ha hecho agrandar su corona como ejemplo y figura del fútbol mundial.

Desgraciadamente, el comportamiento de Maradona ha distado mucho de ser ejemplo, al realizar actos repudiables objeto de desprecio. Pero en el fútbol, como en otros deportes, el fanatismo abunda y tergiversa la valoraciones, y mucho más las comparaciones difíciles y complejas. Aunado a lo anterior, sobran comentaristas deportivos que tergiversando un asunto se olvidan de la imparcialidad y del actuar con objetividad para hacer prevalecer la verdad de los hechos y la honestidad en la conducción del deportista. Muchas veces de manera equivocada, al hablar en favor de Maradona, el fanatismo se hace presente, y se ha llegado a afirmar como parte de los “goles gloriosos”, el de la “mano de Dios”, olvidándose que ese gol fue producto de un acto ilegal y deshonesto. Al vanagloriarse como lo hizo Maradona a sabiendas que el gol era producto de una jugada prohibida, es despreciable, lejos de la actitud mostrada recientemente por el francés Thierry Henry en una jugada similar al eliminar a Irlanda. Más que un hecho glorioso en la carrera de Maradona, ese gol o más bien ese acto es vergonzoso, sujeto de sanción y de repudio, por su inmoralidad ante la jactancia personal de Maradona. No se puede ser ejemplo celebrando el hacer una trampa. El repudio es igual al que sentimos por aquellos jugadores que “lograron jonrones” con bate alterado. Para gracia y prevalecimiento de la verdad histórica es de reconocer el trabajo al fotógrafo mexicano Alejandro Ojeda Carbajal, que logró el instante (la fotografía) en que la “magia” de Maradona resultó ser una mentira, durante el partido del 22 de junio de 1986, cuando Argentina le ganó a Inglaterra 2 por 1 en el Estadio Azteca.

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