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Acabo de terminar un seminario de filosofía moral y política para estudiantes universitarios, y, una vez más, se comprueba la incidencia de los principales pensadores y teóricos en la praxis política. En algunos momentos, las referencias éticas de cuño socrático o aristotélico hicieron fortuna en no pocos políticos, para quienes el fin del gobierno era el bienestar integral de los ciudadanos. Probablemente, la existencia de líderes políticos de esta orientación coincidió, quizás no por casualidad, con etapas de fuerte vigor moral. Hoy, me parece que quien triunfa es Maquiavelo y que el nivel de exigencia ética es proporcional a esta manera de ejercer la actividad política.

Las enseñanzas de Maquiavelo dirigidas a Lorenzo de Médicis tienen hoy muy buenos seguidores y muchos, muchos discípulos. Hoy, como quería Maquiavelo, todo se contempla desde el prisma de la política, lo fundamental es el poder, el político debe despreciar toda consideración moral, el poder se debe conservar personalmente porque la compartición es peligrosa, hay que estudiar detenidamente los deseos de la población y aplicar la dosis de manipulación necesaria, se debe halagar o destruir a los hombres según convenga…Es decir, nos encontramos en el reino de la dictadura de lo políticamente eficaz o conveniente sin que las consideraciones morales sobre los medios y los fines deban ser consideradas. Y esto acampa entre los diversos sectores del arco político por la sencilla razón de que en Europa se están perdiendo las señas de identidad que hicieron del viejo continente la principal bandera de la libertad y la solidaridad. Ahora, el humanismo da vértigo por su contenido moral y, por el contrario, nos dirigimos a ambientes y espacios donde la persona ya no es lo fundamental, sino un simple instrumento o cosa que se supedita, si el caso, a los intereses económicos o a los intereses de determinados grupos de presión que no dudan en el uso del chantaje permanente a quienes nos gobiernan. Es un paisaje en el que todo tiene precio, en el que está prohibido pensar, en el que llega más arriba quien se dobla más ante el poderoso, en el que hay que tener mucho cuidado con los que se atreven al muy noble trabajo de transmitir algún mensaje o idea.

Las principales referencias del pensamiento genuinamente europeo mucho tienen que ver con la filosofía griega, el derecho romano y el cristianismo. Atenas, Roma y Jerusalén fueron durante siglos los principales centros del progreso y hoy, si queremos recuperar el pensamiento abierto, plural y dinámico, tendríamos que dirigir nuestra mirada hacia una manera de entender la vida en clave de compromiso real, efectivo y radical con los derechos humanos, que lleve a llamar a las cosas por su nombre sin aceptar acríticamente determinados atentados a la dignidad del ser humano en nombre de la igualdad de las culturas o multiculturalismo.

Para mí, el problema radica en que el pensamiento dominante y su corte de aliados: consumismo, materialismo, hedonismo… acaban por eliminar o borrar de la conciencia cualquier atisbo de empeño o esfuerzo personal que no sea la inmanencia o la exaltación del ego. Finalmente, la fuerte carga consumista que nos invade, sorprendentemente alimentada en los aledaños del socialismo insolidario, impide que veamos la realidad tal y como es. De ahí, por ejemplo, que se proclame implícitamente como terapia política: tanta manipulación como sea necesaria y tanto pan y circo como sea menester con tal de que el pueblo esté contento sin más aspiraciones que la comodidad y el confort. Mientras tanto, se van invadiendo todos los ámbitos de la vida social: educación, sanidad, familia; todo se politiza y se va instaurando una sibilina dictadura que reza así: si quieres estar bien no pienses demasiado, déjate llevar por las dádivas y regalos públicos, nosotros nos encargamos de la formación y educación de tus hijos, nosotros proveeremos a tu bienestar y al de tu familia. Sólo tienes que sumergirte en este fabuloso mundo de luz y color y, por favor, no pienses, que para eso estamos nosotros.

Si Maquiavelo levantara la cabeza, se quedaría asombrado de cómo sus discípulos han seguido al pie de la letra sus lecciones sobre la conservación y mantenimiento del poder sin que la moral deba siquiera plantearse. Algo que tras la crisis moral que se extiende por el globo, invita a reflexionar seria y comprometedoramente acerca de la política entendida como el arte y la tarea de dirigir la cosa pública para el servicio objetivo del bien de todos y cada uno de los ciudadanos.


*Catedrático de Derecho Administrativo.

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