13 de julio de 2010 | 20:09:00

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Tomás Moro y su obra “Utopía”

Oscar Daniel Serrano Guzmán* | Opinión



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Desde de la expulsión de nuestros primeros padres del hurto del Edén, el hombre jamás ha renunciado a la idea de vivir en un paraíso. Así, en diferentes culturas y épocas, las mentes más brillantes han idealizado esa morada de bienaventuranza donde bajo un gobierno justo y una sociedad bien equilibrada pueda desarrollarse la humanidad.

En la antigüedad clásica encontramos este esfuerzo retomado por Platón (428-347 A.C.) En sus dos diálogos “Timeo y Critias”, advierte la otrora existencia de una isla llamada Atlántida, ubicada cerca de las Columnas de Hércules.

La existencia de una isla perdida como la Atlántida fascinó tanto la imaginación popular, que se transfiguró en una tradición que pervive en el presente del ayer, del hoy y del mañana.

La “edad de oro” no fue ajena a este afán, así lo destacan algunas descripciones hechas por su máximo exponente Virgilio (70-19 A.C.).

Hasta los hombres de la cristiandad no fueron huraños a este asunto, quizás el que más sobresalga sea San Agustín de Hipona (354-430), quien escribiera “La Ciudad de Dios”.

Ya en el Renacimiento —estimulados por el descubrimiento de América— empezaron a surgir una serie de textos, reescribiendo la leyenda de Platón, basados en supuestos relatos de marineros y misioneros, donde los exponentes brindaban una imagen refinada y perfeccionada de los pueblos lejanos que habían sido descubiertos.

Según escribían, esos pueblos remotos vivían felices en su estado natural y gozaban de una organización social que contribuía a la armonía entre sus miembros, permitiéndoles también, vivir en paz con los clanes vecinos. En algunos casos, estos textos eran escritos para criticar a los gobiernos e instituciones europeas.

“La Querella de la Paz” de Erasmo de Rotterdam (1466-1536), “La Concordia y Discordia en el Linaje Humano” de Juan Luis Vives, y “La Ciudad del Sol” de Tommaso Campanella (1568-1639), surgieron como producto lógico de la excitación que produjeron la difusión de las Crónicas de Colón (1451-1506); los relatos de Américo Vespucio (1454-1512) y la publicación de “Décadas de Orbe Novo” de Pedro Mártir de Anglería (1456-1526), donde aún no se puede extraer, separadamente la realidad de la ficción.

Fue en este contexto histórico que Thomas Moro inicia una serie de descripciones, que en su caso, eran avaladas por su condición de ser un eficiente hombre de Estado y profundo conocedor de los males sociales, que por entonces, aquejaban su país, Inglaterra.

Moro nació el 7 de febrero de 1478, descendiente de una familia burguesa asentada en Londres, y titula su obra capital “Utopía”.

De manera íntegra, utopía significa “lo que no existe en ningún lugar”, y ha evolucionado para significar, según el diccionario de la RAE: plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación.

Moro creó este neologismo a partir del prefijo negativo griego “u” (no) y del término igualmente griego “topos” (lugar).

Pero utopía no es el único neologismo que crea Moro para describir su paraíso atlántido, también se vale de Hitlodeo —compañero imaginario de Vespucio— que en griego significa “bromista”. Adhidro —río que pasa por la inexistente ciudad— que significa “sin agua”.

Moro escribe “Utopía” en el idioma universal de los humanistas, el latín, que tenía el valor agregado de no tener necesidad de ser traducido a otros idiomas por ser éste el inglés de la época.

Su título inicial era largo y traducido se asemeja a: “Sobre la mejor condición del Estado y sobre la nueva isla Utopía”.

Moro, que fue jefe de la diplomacia del rey de Inglaterra Enrique VIII (1491-1547), dota a su isla de todas las virtudes que estaban ausentes en la Inglaterra de la época, escribiendo quizás, de manera inconsciente, los postulados del socialismo económico.

Si la sociedad inglesa estaba llena de vicios y defectos morales, los utópicos disfrutaban de una sociedad perfecta. La virtud era la fuente de la moral del Estado, la servidumbre desaparecía ante una distribución equitativa del trabajo, el mismo, que no se extendía a más de seis horas, les permitía el ocio que era utilizado tanto en recreación como en el cultivo de las artes y la ciencia.

Los trabajos pesados eran realizados por un grupo de esclavos integrados por criminales juzgados y condenados y por presos de guerra.

En “Utopía” no existen los bienes privados y estando cubiertas todas sus necesidades el dinero adolece de valor. No existe el problema de la tierra ya que éstas eran cultivadas por todas las familias de manera alternativa.

Los ingleses sabían por experiencia propia que las guerras exigen impuestos devastadores y acabado los conflictos las secuelas son una sociedad rota y empobrecida.

La Inglaterra de entonces era una sociedad adquisitiva cuyo derrotero estaba marcado por el afán de poseer riquezas y dominar al otro. En cambio, los utopistas vivían en una sociedad con una economía basada en la agricultura, donde la célula principal era la familia y su existencia descansaba en el cariño que se intercambia entre estos núcleos sociales.

Los utópicos practican la tolerancia religiosa, haciendo excepción con aquellos individuos que negaban la existencia de Dios y la eternidad del alma, pues para Moro éstos no eran dignos merecedores de en un Estado perfecto.

“Utopía” no es solamente una obra con una aguda crítica a los fenómenos sociales y económicos contemporáneos a su creación, sino que también es la idealización de la vida moral a los que debe aspirar el hombre.

La obra deja muchas interrogantes abiertas, por ejemplo: una vez eliminada la propiedad privada, es posible que los individuos se vean motivados a trabajar; de ser así, Moro no plantea un mecanismo sustitutorio para incentivarlos. No esclarece cómo los utopistas aceptaran que se conceda el mismo valor a las doctrinas diferentes puesto que esto conlleva a aceptar por igual la verdad y el error.

Enrique López Castellón, doctor de filosofía de la Universidad de Madrid, advierte un matiz semántico diciendo: “como “Utopía” significa “lo que no está en ninguna parte”, lo que no tiene lugar tampoco tiene tiempo y equivaldría a decir “ucronía” (sin tiempo), sobre todo cuando el tiempo se refiere a la historia.

La “Utopía”, de Moro, se hizo muy popular y cuando el latín entró en agonía se tradujo al alemán, francés, inglés y al italiano. La primera traducción al español la realizó en 1637 Antonio de Medinilla y Porres.

Lamentablemente Tomás Moro no corrió con la misma suerte que su obra, ya que injustamente acusado por alta traición fue decapitado en 1535; el rey sólo le perdonó la forma de morir de los traidores que era la horca, hoguera o descuartizamiento. Su cabeza reemplazó a la del Cardenal John Fisher, que había sido decapitado antes, en el remate del puente de Londres.


*Intelectual y bachiller en Biblia.

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