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Es ya rutinario oír decir a los políticos de un lado y de otro, que doblaron sus rodillas una y otra vez (en un interminable ejercicio de genuflexión), para engordar sus cuentas bancarias y acaparar escalones de corrupción, porque la calle está dura (´´ni quiera la araña perder el poder de los privilegios´´). Los que esquilman a los obreros, los someten a escoger entre participar en la complicidad de intereses o perder el trabajo, aplicándoles el mismo cuento de que la calle está dura y es mejor así (por el bienestar de la familia).

En las esquinas, es común que los asaltantes despojen de sus pertenencias a los ciudadanos, porque la calle está dura (y la sobrevivencia no es delito y sí, es permitida). El usurero no acepta reproches de los usuarios ni acata la ley, porque sabe que existen bajos y míseros salarios, y se impone con toda su frialdad, porque la calle está dura (y hay que cuidar el capital de trabajo). Así de cansina suena la frase en cuestión, que no sólo atropella nuestros oídos por la insistencia, sino que ha adquirido la suficiente proyección de ser acuñada y ´´aceptada´´ en la vida cotidiana, al parecer sin resistencia alguna, y todo porque la calle está dura (y hay que creerlo).

Los industriales de la política nacional, como les señalaba el recordado poeta Flavio Tijerino, se han enredado más en sus conciencias, al ´´desnudarse´´ tan rápidamente ante sus electores, afirmando que la calle está dura, y con tales afanes nos han hecho el favor de darnos a conocer a fondo su desprecio por la gente y, además, sacudirse el cinismo (tan compenetrado) y otros vicios en común, colaterales y del dominio de sus vidas. Para este grupo insípido, todo está permitido, y la excusa es casi perfecta. Un comodín ideal y placentero para no hartarse de indagar en detalles y fortalecer sus pretextos, que siguen siendo abundantes. Hace falta añadir, en esta atolondrada historia (simulada y protegida de artificios), que ellos también tienen la cara dura y el puño cerrado.

La calle está dura, dizque, sólo para ellos, la elite conmovida que se pavonea oferente y sin escrúpulos en los vecindarios de la buena hacienda. Son tan ruines de pensamiento y acción, que según ellos, el desempleo que agobia a mucha población es otra cosa, con menor importancia (en franca inconsciencia), que la que afrontan porque la calle está dura (y ´´con muchas peladuras´´). Lo peor, es que la trillada y dislocada frase se mete en los aposentos de la vida familiar como el pretexto más indicado para evitar (negar) el compromiso de las responsabilidades cotidianas y básicas (otra forma de machismo coloquial, vicioso y de obscuras acciones). La frase, la calle está dura, es otra forma de mentir para hacer realidad el infundio y engañar a la honestidad (son los propósitos de la defraudación que corre de prisa y al parecer de manera incontenible).

La repetida frase, se engancha en la pre afirmación de cierta gente que, por la práctica, tiene la oportunidad (ideal, y en la fiesta grande, ´´merecida´´) para disolver campantemente cualquier acuerdo verbal o firmado o de entendimiento ocasional o de vieja data. No nos llamemos a engaño, en esto, no hay sutilezas ni quebrantadas omisiones, todo es directo como la demoledora acción de alguien, que en vez de entregar una carta, deja una bomba en la propia puerta de su enemigo.

Si le parece ridículo o exagerado lo que digo, asumo como propio el ridículo, pero no el engaño, que mata a distancia o a quemarropa hasta desollar la piel. Eso, es lo que pienso, y no quiero pecar de ingenuo o de cómplice. Por favor, señores del remiendo, no nos dejen la vida tan ligera, ´´tan normal´´ y estrepitosamente acomodada en el vacío.

Esa frase tan aliñada, alienada y falsa, de que la calle está dura (para los políticos y no para la población), es otro problema a responder y resolver con responsabilidad de parte de sus autores y protagonistas para quienes los problemas del país, tienen como único referente su estabilidad económica, su status social, el partido para el que ´´trabajan´´ y el complejo mundo de sus falacias. Sólo ven las luces de sus escenarios, y no el dolor contenido de cientos de miles de nicaragüenses, que la pasan mal y en total desventaja por la falta de equidad, de mejores condiciones de vida y con sus derechos marginados frente a las obligaciones sociales, culturales y políticas.

Es una realidad, que quien no lleva el sustento a su familia, no tiene agenda ni un caudal de relaciones para conseguir un trabajo, se enfrenta a diario a su débil entusiasmo, y observa que su situación empeora y la crisis aumenta, sin duda, que para esta persona (hombre, mujer o anciano abandonado) la calle está dura, y desde hace rato. La diferencia entre estos y aquellos, los que además, lo tienen todo, es un poco de vergüenza y dignidad (y suman más valores que aún no han perdido).


Esta ´´suerte´´ no nos corresponde, no la ambicionamos, ni trabajamos para merecerla. Un golpe seco a sus pretensiones, recuerden que estamos vivos.

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