
Cincuenta y tres años después de la masacre que enlutó para siempre a los leoneses, cuando una marcha de estudiantes universitarios fue atacada por la Guardia Nacional, aún existen dos versiones sobre quién ordenó disparar contra los jóvenes. El mayor Anastasio “Tacho” Ortiz niega haber sido él, a través de una carta que escribió posteriormente, tesis que respalda el profesor y periodista Arnoldo Quintanilla, mientras otros sectores lo siguen señalando como el principal culpable.
Kathy Juárez A.
León, 23 de julio de 1959. Los estudiantes con sus vestimentas formales; los hombres todos de blanco y solo una corbata negra que alteraba el tono claro. Las mujeres con trajes de luto. Todos cargaron --durante las cinco horas siguientes-- banderas azul y blanco y los emblemas de la universidad.
Algunos asustados, otros emocionados e indecisos, pero en ellos imperaba un solo objetivo: manifestar el duelo y protestar por la masacre de El Chaparral, ocurrida en junio del mismo año y donde resultó herido Carlos Fonseca, el hombre de los ojos azules miopes.
Arranca la manifestación, son más de ochenta los valientes y menos de treinta los guardias nacionales. Son los enemigos, los esperan en el otro bando. La sangre comienza a oler. En las calles rodean los cohetes, morteros y los vecinos curiosos.
La solidaridad ante el ataque
Las casas con techos de tejas y la calle con pequeños trozos de monte y la misma gente en el Parque La Merced y aceras les adornan el ambiente a los protestantes. De pronto, ocho hombres con cara de malos y gruñendo, con cascos de acero y bayonetas caladas les impiden el paso. Son del régimen de Luis Somoza Debayle, el heredero de la dinastía y quien hacía meses había firmado el Decreto de la Autonomía Universitaria.
Tres valientes reaccionan: Joaquín Solís Piura, Humberto Obregón y Fernando Gordillo Cervantes. Ante esto, Anastasio Ortiz, mejor conocido como “Tacho” Ortiz, ordena el primer lanzamiento de una bomba lacrimógena, que causó sordera y ceguera por varios minutos. Volver a la normalidad costó mucho jugo de limón con agua y varios metros de tela de algodón para sofocar el tóxico. Las señoras de las casitas de tejas colaboran con los jóvenes facilitándoles grandes baldes de agua. Desde una ventana observa el teniente Balladares con una sonrisa sarcástica.
Los estudiantes estaban en rebeldía y hasta utilizaron como rehenes a muchos guardias alcohólicos, lo que causó más molestia en “Tacho” Ortiz que ordena tirar más bombas lacrimógenas. Ante eso, los estudiantes se sublevan y atacan, atacan, atacan, protestan, gritan, exigen ¡libertad, libertad, libertad!
Gordillo no llegó a tiempo
Desde la Cárcel “La 21”, Fernando Gordillo y sus compañeros consiguen la libertad de otros estudiantes, pero bajo la condición de que disuelvan la manifestación. El tiempo le queda debiendo diez minutos a Gordillo, porque eso hubiera salvado la vida y evitado heridas de muchos. No llegó a tiempo. A las cuatro con treinta minutos las balas detuvieron la vida de cuatro jóvenes.
En el recuerdo de Alidel Castillo, salta la imagen del que vendía repuestos para autos, el chinandegano, el estudiante, el amigo y el cliente: Mauricio Martínez, un muchacho chaparro, moreno y bigotón, lo mataron frente a los Billares Lezama.
José Rubí, otro estudiante, muere por un balazo que le destrozó la parte de atrás de la cabeza. La bala asesina quedó incrustada en una pared, hasta con pedazos de pelo. Sergio Saldaña, boca abajo y derramando sangre, el que horas antes tomó las últimas lecciones de Medicina, murió frente a un restaurante. Y Erick Ramírez frente a una casa de alto que hacía contraste con su cara que apuntaba hacia abajo.
A Alidel Castillo se le han sumado 53 años desde que vio, vivió y sufrió la masacre de los estudiantes en 1959. Desde el Parque La Merced lustra hasta sacar un brillo reluciente a la bota del turista. Lucha por ganarse 100 córdobas diarios para sus cigarros, comida y la del perro que tiene al lado y que ahora es su única compañía.
Cindy Fonseca
Por la espalda recibieron balazos los estudiantes José Rubí, Sergio Saldaña, Mauricio Martínez y Erick Ramírez, aquella tarde del jueves 23 de julio de 1959, en León, en una calle que hoy sería convertida en plaza y con el nombre de la particular fecha.
Los jóvenes marchaban acompañados por las autoridades de la universidad, a la cabeza el rector Mariano Fiallos Gil; iban de luto, la manifestación bajó dos cuadras por el lado norte del recinto.
En la Calle Real, antes de llegar al Parque Central, la manifestación fue sorprendida por un pelotón de la Guardia Nacional, unos treinta guardias que portaban fusiles y ametralladoras, los estudiantes permanecieron por una hora intentando pasar, pero luego retornaron a la universidad.
Los encarcelados
Cuando llegaron al recinto, un estudiante informó que la Guardia Nacional había encarcelado a cinco estudiantes, y eso los activó de nuevo para demandar su libertad.
Al día siguiente el diario Novedades, de la familia de gobierno, publicó: “Lamentable suceso en León: muertos y heridos como saldo de un choque entre estudiantes universitarios y un grupo de guardias nacionales. Azuzados por conocidos agitadores, los estudiantes marcharon tres veces sobre el Cuartel de la G.N., en actitud hostil, profiriendo insultos contra el Gobierno y el ejército, y agrediendo a militares”.
El comandante de la plaza, Anastasio Ortiz, de contextura delgada, ya jubilado, portaba su uniforme militar y fue acusado de haber dado la orden de disparar, pero en una carta escrita por él, el tres de agosto de 1960, se declara inocente. Testimonia que fue llamado por el coronel Prado, quien le dio la orden de ir al mando de los pelotones, pero que no tenía orden de disparar.
La carta de “Tacho” Ortiz
Escribe que escuchó una manifestación y estuvo por más de dos horas hablando con ellos, luego de tratar con calma la discusión, logró convencerlos de que no fueran al Comando.
Ortiz dice en su carta que la manifestación no era solo el tradicional desfile de “Los Pelones”, sino también una manifestación política estudiantil y que uno de los manifestantes le jaló la corbata y le dijo que los encaminara, luego escuchó disparos al aire por el lado de La Merced, minutos después volvió a escuchar disparos.
Germán García
El estudiante León Moya permanecía en su salón de clases, en el momento cuando Fernando Gordillo y César Blandino llegaron a incentivar a los jóvenes para salir a las calles a protestar contra la masacre de El Chaparral, y por el derrocamiento de la dictadura somocista. Hoy, Moya, con setenta años, está a cargo del Museo Histórico del Frente Sandinista.
Luis Benedith, director de Cultura de la UNAN-León, recuerda cómo se organizaban los preparativos para la fiesta de “Los Pelones”, se vestían de mujeres, payasos, de Somoza y de su esposa en forma de repudio al gobierno somocista, pero ese 23 de julio de 1959 el recibimiento a los nuevos estudiantes no sería de dramas ni disfraces sino para guardar luto por la masacre de El Chaparral.
Una batalla desigual
Poco a poco los estudiantes de secundaria se les unían y la población se adhería a la manifestación de la Calle 15 de Septiembre, actualmente 23 de Julio, sin mantenimiento, con bulevares desgastados, una cancha con pisos desteñidos y porterías sin pintar.
Los protestantes llegaban cerca del final de la calle, propiamente donde ahora están las oficinas de la Alcaldía leonesa, un edificio de tres pisos con una puerta estrecha y un tablón caído, cinco ventanas de vidrio de los pisos superiores quebradas, con un logo de esa institución de grandes dimensiones, y con paredes pintadas en blanco con azul, que ya parece celeste. La GN llega a interceptarles el paso.
La oreja derecha de Moya acaricia una bala, la cual hasta la fecha lo tiene parcialmente sordo, y mira a un joven tirado en el suelo con una pierna destrozada, lo auxilia, lo carga y se dirige a la ambulancia con él; es Gonzalo Alvarado, quien ahora enseña en la Facultad de Derecho de la Unan-León, aunque con una pierna menos.
Geysell Hernández
Quince segundos bastaron para que los indiferentes se dieran cuentan de que la Guardia Nacional mataba. En quince segundos, 70 heridos y 4 muertos; en quince segundos una manifestación se convirtió en una tragedia.
Un veterano periodista, el también profesor Arnoldo Quintanilla, cuenta que el desfile fue un pretexto para pronunciarse en contra de la dinastía, fue una especie de desfile guerrillero. Todo ocurre en un contexto de pasión revolucionaria por la revolución cubana, la masacre de El Chaparral en junio, y la Guardia Nacional que tiene a varios estudiantes detenidos.
Al menos doscientos estudiantes marchaban esa tarde, los espectadores bordeaban la calle para ver de cerca el desfile. Desde el Parque Central de León, ubicado frente al Comando de la Guardia Nacional, el profesor Arnoldo Quintanilla presenció que los estudiantes quieren pasar frente a ese edificio para hacer escuchar sus protestas.
Sin embargo, Quintanilla no se cansa de repetir que nadie contó con la reacción de los rasos, quienes por lo general eran campesinos analfabetos. Para ellos tirar era un placer, regalarles un arma es como darles una casa, cuando manipulan las armas se sienten invencibles.
Al momento de los gritos de protesta, uno de los rasos que estaba acostado lanzó un disparo y luego le secundaron los otros. Los estudiantes corrían a esconderse en las casas, pero no todos alcanzaron refugio y cayeron ensangrentados, los disparos duraron 15 segundos, un tiempo que se tornó eterno para las víctimas y los testigos; la población comenzó a donar sangre en el momento.
“No fue ‘Tacho’ Ortiz”
Todos empezaron a señalar a Tacho Ortiz de haber ordenado la masacre. No es cierto que el mayor Anastasio Ortiz haya ordenado los disparos, no vi que lo hiciera”, asegura el profesor Quintanilla. “Ortiz era un viejo de 60 años muy popular, era sociable, amistoso”, recuerda.
En la noche del 23 de julio, la casa de la familia Ortiz fue quemada por la población leonesa, la decoración de estilo francés terminó en cenizas, pero antes del incendio el mayor Ortiz junto a su familia huyeron de León.
La tragedia ha puesto fin al desfile de “Los Pelones”. Hoy, 53 años después, se celebra el Día del Estudiante, en honor a las víctimas.
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