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Antes de empuñar el vaso y llevarlo a la altura de su boca, “Estelo” santiguó con guaro las flores de la tumba. Las bendijo con devoción y después bebió un largo trago de licor. “Por el jefe brindo”, dijo este viejo guerrillero de la lucha antisomocista frente a la tumba de Francisco Rivera Quintero, “El Zorro”.

Después del largo trago se acomodó sobre el mármol blanco que le sirve de asiento, de mesa o de cama durante sus largas visitas y siguió tomando. “Al hombre”, como lo llama, le rinde una suerte de parte militar.

El “hombre” al que “Estelo” admira después de 11 años de muerto, Francisco Rivera Quintero, es ése que siendo cipote se metió a la guerrilla, que insurreccionó tres veces Estelí dejando en evidencia la fragilidad del régimen somocista y llegó a ser coronel del Ejército de Nicaragua.

Ése, “El Zorro” del que sus compañeros de armas hablan, el ejemplo de heroísmo norteño en boca de ellos. El mismo “Elías”, “Rubén”, “Octavio”, “Pánfilo”, “Enrique”, “Miguel Ángel” o “Fabián”, como se llamó durante todo el tiempo que estuvo en la montaña.

Así nació

La vida de Francisco Rivera inició bajo un enorme aguacero un cuatro de octubre de 1954 en Estelí, también llamado el cordonazo de San Francisco. Le pusieron el nombre que más abunda en Nicaragua: José, como el esposo de la Virgen María, y Francisco, igual que el santo que manda los palos de agua todos los años en esa misma fecha.

Sentado en una mecedora de su casa, a media cuadra de donde vivía “El Zorro”, a pleno mediodía de un sábado de enero caluroso, está su padre, conocido como “El Chele” Marcos.

- Yo no les enseñé nada, o tal vez agarrarían algo --dice el anciano, que fue carpintero, labrador, carretero, peón de carpintería y antisomocista como sus hijos.

- Ahí --señala el viejito la acera opuesta a su casa, una vivienda pobre con fachada modesta-- se sentaba con los “bolitos”. Él, él... era bueno para volar balas --se acuerda nostálgico en la misma casa de Estelí donde la Guardia Nacional llegó a sacarlo un sinnúmero de veces por los alborotos que hacía a media calle estando ebrio e insultaba a los esbirros somocistas con aquel grito de “¡Muerte a Somoza, jodido! ¡Orejas hijueputas denúncienme, viva el Frente Sandinista! ¡Vivan los guerrilleros!”

Ésa es la misma casa donde despidió a su hijo, iniciado en la guerrilla a los 17 años, cinco años después de la muerte sorpresiva de la madre, con una frase que sonaba a regaño: “Sólo te pido algo: no te dejés matar como pendejo”.

...Y la guerra empezó

El nueve de septiembre de 1978 los guerrilleros demostraron a la Guardia Nacional que no era tan fuerte como se creía. Ahí estaba “El Zorro” en la primera insurrección del país, en Estelí. Era un momento difícil para la organización, pues días antes los miembros de las tres tendencias del recién nacido Frente Sandinista de Liberación Nacional (la de la Guerra Popular Prolongada (GPP), la Tercerista y la del Proletariado) discutían cuál criterio se impondría para derrocar a la dictadura.

Ya para agosto de 1978, “El Zorro” tenía a toda su gente lista. La ofensiva estaba prevista para el ocho de septiembre, pero se retrasó un día por los desajustes de la dirigencia nacional.

Los combatientes durante su preparación habían guardado las armas en los tanques de gas de cien libras de un restaurante. El plan era aparentemente sencillo: tomarse las vías de comunicación de la ciudad, quitarle las armas a los guardias y sublevar al pueblo.

Al amanecer del diez de septiembre iniciaron. Detrás de los muros del cuartel había más de 600 guardias armados con rifles Garand, fusiles automáticos, bazookas, morteros, ametralladoras; durante tres días la Guardia estuvo asediada por este grupo.

- Y nosotros, parapetados afuera, éramos sólo 11 --narró “El Zorro”.

En esta primera insurrección “El Zorro” no sufrió ni una baja. Cuando decidió hacer la segunda insurrección en Estelí, en abril, el número de combatientes sobrepasaba los cien. Eran 160 exactamente y tenían que luchar contra la infantería de la Guardia, muy superior en número.

Cuenta Elías Noguera que para esa época Germán Pomares, el mítico “Danto”, había avanzado hacia Quilalí. Estando en Estelí, “El Zorro” se vio solo, todas las columnas guerrilleras estaban lejos de la zona, que se había vuelto impenetrable por la capacidad de la Guardia.

Según Noguera, la gente se confundió, pues el objetivo no era tomarse Estelí. La insurrección de abril no estaba en los planes, la dirigencia había pensado en hacer una propaganda armada en los pueblos y comarcas aledañas.

Tres días después de la entrada de “El Zorro” penetraron por la Carretera Panamericana los refuerzos de infantería que venían de Managua, y la cosa se puso más dura.

La hazaña

- Me quedé ensartado dentro de Estelí, ya sin esperar nada de nadie, con 160 hombres valerosos, con la gente insurreccionada en las calles, detrás de las barricadas. Nos llovía fuego por todas partes, mientras lo único que nos mandaban a decir era: “Salite, salite”. Como si eso hubiera sido tan fácil. Pero salí al fin, cuando yo lo quise, sin disparar un solo tiro --narró “El Zorro” a Sergio Ramírez en La Marca del Zorro.

Fue entonces cuando hizo una de sus principales hazañas: sacar a familias enteras, niños, mujeres, ancianos y guerrilleros de Estelí. En total: 3 mil civiles. A la una de la madrugada del 16 de abril la gente empezó a caminar por una vía que finalmente los llevó a liberar al país de la dictadura.

“Yo no creo que la Guardia no los haya visto”, exclama Elías con tono enojado, y agrega: “Había guardias a ambos lados de la carretera, unos piches por aquí, otros por allá, ¡ni que fueran ciegos! Me parece que la Guardia tuvo temor. Después, platicando con ‘El Zorro’ llegamos a esa conclusión, ellos pensaron que esa cantidad de gente venía armada y dijeron: ‘Ve, ¿y si viene con mil jodidos?’”

En julio de 1979 se da la tercera insurrección. Ya eran miles y “El Zorro” iba a la cabeza. Durante cinco semanas los guerrilleros combatieron en la tercera insurrección, y el 16 de julio Estelí fue territorio libre.

Un extraterrestre

“‘El Zorro’ era un ser humano de verdad, más adelante que nosotros, con sensibilidad social y brillo propio”, recuerda Elías Noguera.

Antenor “El Capi” Rosales lo explica de otra forma: “La naturalidad de ‘El Zorro’ era ser diferente a los demás”.

Chico Rivera, como también le llamaban a “El Zorro”, según dicen, no conocía límites cuando se trataba de servir a los demás.

Su sobrino, Franklin, da fe de eso. Él es hijo del único hermano de “El Zorro”, Filemón. “Yo era un vago indomable. Imaginate que uno de mis amigos del alma ya murió. Y murió por bazuquero”, cuenta Franklin, quien junto a Genaro, el conductor, eran los inseparables de “El Zorro”.

Un cambio estrepitoso

Con el fin de la década de los 80 una etapa de su vida clausuró. Fue electo diputado y en 1994 se convirtió en uno de los ocho parlamentarios que le quedaron al Frente Sandinista después de la ruptura liderada por Sergio Ramírez, el otrora vicepresidente de la República y escritor de su testimonio.

Elías Noguera piensa que quizá la labor de diputado no era la preferida de “El Zorro”, pero nunca se quejó. Repartía el salario entre quienes lo necesitaban sin inmutarse.

- A veces sólo venía con lo justo para pagar en la pulpería de una amiga nuestra que nos fiaba lo que sacábamos en el mes, y para pagar la escuela de sus siete hijos. Y me pedía que no me molestara --recuerda su viuda Zenelia Rivas.

-Es que eso era natural en “Rubén”. Pensaba que había que ayudar siempre a todos los colaboradores, y para él colaborador eran todos. Si una vez pasó por la casa de alguien y este alguien le dio agua, ése era un colaborador --justifica Antenor Rosales.

Y se apagó el brillo

Dos semanas antes de morir, “El Zorro” limpió con particular cuidado todas sus armas, ordenó las balas, las pistolas y dio instrucciones de lo que se debía hacer con todas sus pertenencias. Entonces padecía problemas del hígado debido a su alcoholismo, no tenía trabajo y sí muchas deudas.

Pedro Huerta, ex compañero de armas, quedó impactado en marzo de 1998 cuando fue a ver a “El Zorro”.

“Estaba en silla de ruedas. Lo miré y me impactó. Igual que otros compañeros, creo que se pudo haber hecho más por él. Yo le vi una pena moral profunda y una mirada apagada. Me salí a llorar, no pude más”, cuenta Huerta.

Tic, tac, tic, tac

Unos minutos después de las seis de la tarde del 26 de julio de 1998, “El Zorro” sintió un fuerte dolor que lo obligó a quejarse.

“¿Y no es que mi tío era inmortal?”, se preguntaba Franklin Rivera llorando.

Sus hijos lo rodearon y un cura lo saludó para que aquello no pareciera una vela anticipada. Platicó como en los viejos tiempos y poco a poco un sueño eterno lo inundó. “Mamá”, dijo. Y se quedó dormido.

El día que lo enterraron, después de varios homenajes en Estelí y Managua, “Estelo” quedó tendido sobre la tumba. Lleno de tierra, ya muy noche, dejó de llorar. Genaro, uno de sus inseparables, se quedó con él.

Meses antes de morir Genaro contó que soñaba con “El Zorro”. Decía que dormido le hablaba, pero “El Zorro” no respondía. Ahora que ambos murieron, quizás estén conversando como en los viejos tiempos.
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