La pintura de Morales

Por Jorge Eduardo Arellano

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El gran pintor nicaragüense y universal Armando Morales (Granada, 15 de enero, 1927-Miami, 16 de noviembre, 2011) era hijo de Adán Morales Lacayo y Teresa Sequeira Arellano (hermana de mi abuelo paterno) y sobre su obra he escrito diversas aproximaciones. La más breve se publicó en la revista Debats de Valencia, España, invierno 1996 y su texto es el siguiente:

Entre los artistas nicaragüenses surgidos en torno de la Escuela Nacional de Bellas Artes y el magisterio de Peñalba, Armando Morales era, como escribía Pablo Antonio Cuadra en 1954, “el más constante y el que más a fondo busca las esencias de la plástica […] y buscando esa inventiva mágica ha pasado por diversas etapas, y también llegando hasta aquel peligroso límite donde la pintura abstracta comienza a ser concreta y medular. Si debajo de lo folclórico y popular existe un meollo vital, es allí donde muerde y extrae sustancias este muchacho serio y soñador”.

Morales estudió con cierta regularidad en la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde tuvo de maestros al español Augusto Fernández (quien le enseñó perspectiva en unas horas) y luego a Rodrigo Peñalba, que contribuiría, aunque no en forma determinante a su formación. En 1954 obtuvo su primer premio internacional: en Cuba, al que seguirían varios más: Houston, Guatemala y Brasil.

Este, que data de 1959 se le otorgó por ser el mejor artista latinoamericano.
Al año siguiente, se instala en Nueva York para enfrentarse a la hegemonía estética mundial de esa Babel del siglo XX, y consolida su irrenunciable vocación internacional a través del abstraccionismo austero, tras una experimentación figurativa y una audaz semiabstracción meditada y rigurosa.

En 1959, después de viajar por América y Europa, se reinstala en Nueva York con la convicción de que el abstracto no conduce a ninguna parte —en esencia, siempre fue figurativo— y se vincula, para inspirarse creadoramente, a la pintura metafísica italiana.

Representada por Giorgio de Chirico, Filipo de Pisis, Carrá, etc., esta pintura se inició entre 1918 y 1921 en Ferrara, Italia, caracterizándose por una revalorización del pasado (principalmente del arte griego y de la pintura neoclásica italiana), presente en estatuas, maniquíes y motivos arquitectónicos (arcos, sobre todo), sumergidos en un ambiente onírico como los conos de Chirico, asimilados por Morales.

Así, el nicaragüense alcanza —al final de los 60 y lentamente— un realismo lírico, pleno de riqueza cromática, con la cual retorna enteramente a la figuración: procedimiento que reproduce desde la óptica subjetiva del artista, los cuerpos y las cosas de la realidad, de modo que el espectador pueda reconocer los objetos de su entorno. Entonces, la mujer desnuda es su obsesión. El cuerpo humano, que estudia en el tratado De humani corporis fabrica del anatomista médico flamenco del siglo XVI Andreas Vesalis, es reinterpretado por su paleta, adquiriendo una dimensión trascendente.

Su especialidad son los desnudos femeninos, símbolos de la luz y las tinieblas, ya sea sus simplicados maniquíes —en rojo carnal o blanco— o en sus universales estructuras de fondo y trasfondo clásicos. Con posterioridad, incorpora a ellos elementos mágicos, surrealistas, narrativos y detalles de su infancia granadina, aproximándose cada vez más a las raíces de su memoria: la Estación del Ferrocarril, el parque, el muelle y el Lago de Granada.

Su inventario temático comprende descomunales bodegones —metáforas que proclaman la presencia de lo cotidiano— y extraordinarias selvas americanas, sustancialmente trabajadas e interpretadas. En los últimos años, sus universos personales han tenido otros temas: paisajes venecianos, intachables formalmente y dotados de intemporalidad, escenas religiosas con un profundo sentido sacro, y taurinas, reveladoras de una aristocracia iconográfica sin precedentes.

Desde 1982, Morales consolidó su carrera en París, consagrándose como uno de los más completos y famosos pintores contemporáneos. Al mismo tiempo, entró de lleno en la historia política de Nicaragua, exaltando el carácter mítico primordial de Sandino. Precisamente la Saga que exhibió en México en 1994 funde casi todos los temas que ha elaborado en su larga, paciente y fecunda trayectoria artística.

Uno de esos óleos es Mujeres de Puerto Cabezas (1986), del cual ha realizado varias versiones y, en la referida Saga, la adaptó a la litografía; pues bien, en dicha pieza clave, enaltece un hecho legendario de la Guerra Civil de 1926.

Llamada también “Revolución Constitucionalista”, la última fue generada por el golpe de Estado de Emiliano Chamorro el 25 de octubre de 1925, estableciéndose en Puertos Cabezas el gobierno constitucionalista del vicepresidente Juan B. Sacasa. Y a ese lugar llegó Augusto C. Sandino, liberal y partidario del doctor Sacasa para incorporarse a la lucha contra los conservadores de Chamorro.

Evocando Las señoritas de Avignon, de Picasso, Morales rinde homenaje a las “damiselas de Puerto Cabezas”, prostitutas que colaboraron con Sandino rescatando unas armas que los marinos norteamericanos habían hundido en el mar para inutilizarlas. Desnudas, sus cuerpos —anónimos y armónicos— se enmarcan en el ambiente portuario y marino (el propio mar es lo más alejado de una marina tradicional), que no excluye, naturalmente, los rifles —el objeto de la narración— y un barco que refleja en vigilante luz (y que representa a las fuerzas interventoras).

Todos esos elementos, integrados, estructuran la obra, articulando su mensaje: perpetuar un hecho histórico elevándolo a categoría de mito artístico.

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Cultural

2013-03-01

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