Los nicaraguas en la conquista del Perú

Por Dora María Téllez


Es poco frecuente, fuera del círculo de investigadores y especialistas de las ciencias sociales, abordar la conquista española de los pueblos que vivían en el istmo centroamericano, desde la perspectiva del impacto demográfico. En el coloquio común, y aun en las aulas de clase, la dimensión más abordada de la conquista es la violencia ejercida por los capitanes de conquista y sus tropas en la búsqueda y extracción de metales preciosos, oro y plata y, en el aprovechamiento de la mano indígena mediante las “encomiendas”.

Desde hace años, reputados investigadores centroamericanistas han sostenido la tesis de que, a la llegada de los españoles, había en el istmo una población considerable, entre cinco y seis millones de habitantes, tomando las cifras medias de Kart Sapper (1924) y William Denevan (1976), no las estimaciones más elevadas. Éste no era, pues, un territorio vacío o poco poblado. Numerosos pueblos y sus culturas estaban establecidos, sociedades que poseían formas de articulación política, económica y social, similares en ciertos aspectos y diversas en otros.

Esos pueblos construían alianzas y tenían rivalidades con otros pueblos vecinos o distantes. Habían desarrollado una noción del universo y poseían su forma de escritura y su manera de hacer cuentas. En todos los aspectos de su vida contaban con la presencia de sus dioses, y su cotidianidad estaba habitada por emociones, sabores y olores característicos de sus culturas.

La llegada del conquistador interrumpió, en muchas formas, la evolución de aquellas sociedades originarias, trastocando su vida, su mundo, su cosmogonía, sus expectativas y proyectos. De uno de esos fenómenos habla este libro: de la captura, esclavización, venta y utilización de decenas de miles de indígenas, hombres y mujeres, que fueron sacados de sus casas, de sus comunidades, de sus territorios, y trasladados a lugares lejanos, extranjeros, en un gigantesco acto de desarraigo humano.

Mario Urtecho, a quien hemos conocido como narrador, se introduce en la investigación histórica adentrándose en textos y documentos de archivo, buscando noticias sobre la esclavización y exportación de decenas de miles de indígenas desde Nicaragua hacía el Perú, para mostrarnos esa faceta de nuestra historia, poco conocida y sobre la que hemos reflexionado menos.

Mario nos recuerda los principales sucesos de la conquista de los territorios de la región del Pacífico de Nicaragua, el posterior establecimiento de Pedrarias Dávila en el poder de Castilla del Oro, que incluía también territorios de Panamá, Costa Rica, y Colombia. Pedrarias se constituye así en quien vincula los intereses de los grupos de conquistadores en esa parte de Centroamérica y los que dirigían sus esfuerzos a la conquista de un imperio ubicado hacia el sur, en el Perú.

En esa historia, Urtecho muestra a los indígenas, conocidos ya entonces como “nicaraguas”, en la cantidad de varios miles, formando parte de las tropas españolas, participando en la conquista del Perú, en la captura de Atahualpa, en las batallas libradas entre conquistadores y los indígenas del Tahuantinsuyo, el imperio Inca.

Aquellos eran indígenas sacados de todo el territorio controlado por los españoles, principalmente de la región del Pacífico del país. A pesar que procedían de pueblos diversos, en algunos de esos momentos se les comenzó a llamar a todos como “nicaraguas”, aludiendo, sin duda, a los que probablemente fueron los primeros esclavizados, los indígenas que vivían en el istmo de Rivas, entre el lago Cocibolca y el océano Pacífico, gobernados por el “señor” conocido como Nicaragua.

La participación de los “nicaraguas” fue en condición de esclavos y no de aliados, como sucedió con los Tlaxcaltecas en la conquista de Tenochtitlán, sin embargo, según estas crónicas, combatían con ferocidad y decisión. ¿Cuál era su preciso papel como soldados? ¿Qué ganaban al término de las batallas o, dicho de otra manera, qué evitaban perder? ¿Era solamente un mero acto de sobrevivencia? Este es un lado de esa historia, pero también hay otro. El que devenía cuando la conquista avanzó y el dominio español se estabilizaba.

Entonces, también llegaron al Perú en condición de esclavos de servicio, hombres y mujeres, que en el camino habían perdido sus nombres originarios para ser llamados Juan, Miguel o Rosa; que habían perdido sus familias y su entorno, para insertarse forzadamente en una realidad diferente, con hábitos, costumbres y cultura distintas, equipaje que llevaron y que, una parte de él, se convirtió en parte misma del Perú, que se estaba erigiendo de entre las cenizas de las batallas.

El texto de Urtecho nos pone frente a la vista ese episodio dramático de nuestra historia, de hace apenas quinientos años: el desarraigo, la esclavitud, la extranjería, la conversión de carne de cañón, con su desenlace en la inserción de los esclavos en una sociedad que pasaría a ser, forzadamente, la propia y la de sus descendientes. Mario nos deja algunos de los sabores y olores, de las palabras que forman parte de las huellas de ese encuentro forzado y que pueden hallarse en lugares como Piura, único sitio en el Perú donde se consumen tortillas de maíz.

La lectura me deja con más preguntas, no solamente sobre la influencia de los esclavos y esclavas “nicaraguas” en la conformación de la sociedad colonial peruana, sino especialmente sobre la profunda herida causada a la población originaria de Nicaragua: la despoblación, considerada severa por los estudiosos de la demografía de ese período, la dramática ruptura de familias, comunidades y pueblos. Esa herida social, de la que no tenemos memoria ni historia y que seguramente ha sido ingrediente de la construcción de nuestra identidad profunda, pero no logramos verla.

Gracias a Mario por hacer ese recorrido para nosotros. Ojalá que el texto despierte el debate y la pasión de más investigadores sobre este capítulo de nuestra historia; que sirva para educadores y educadoras en la enseñanza de la historia de nuestro país.

 

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Cultural

2013-03-01

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