
(Fragmento del libro “El fabuloso Blackwell”)
Tras años de estar empantanado en la sección de Sucesos, un día estaba harto de escribir sobre tantos muertos y me senté en un sillón de la recepción a tratar de olvidar la imagen del cadáver de un hombre sentado en una hamaca en estado de putrefacción.
El aviso nos llegó incorrecto porque, de lo contrario, hubiéramos dejado que el fotógrafo del Instituto de Medicina Legal tomara las imágenes y nos enviara una copia para consultar a los editores si era recomendable publicarla, aunque para mi asombro, los jefes se mostraban cada vez más abiertos a que aparecieran piernas, brazos, cabezas, tripas, gente aplastada por los conductores de autobuses y con los sesos de fuera, víctimas abiertas de par en par por machetazos, desangrada por cuchilladas y los charcos de sangre los destacaban más, según ellos, para que el público tuviera sensibilidad ante la creciente violencia.
El dato era que una persona había sido asesinada hacía pocas horas en su casa y la Policía se dirigía al lugar. Llegamos en el instante en que los agentes disparaban contra los cerrojos y entramos con ellos, sin importar la escena del crimen con tal de obtener la primicia. En el interior de la vivienda todo estaba desordenado con trozos de vidrio en el piso, sangre seca, una mesa destruida, una cortina de baño dañada, silencio, y una fetidez como si hubieran abierto las cloacas del mundo.
Cuando los agentes tiraron la puerta de la habitación principal, vimos el cuerpo del hombre inflamado como si fuera globo a punto de reventar. Estaba en una posición curiosa, como si había muerto intentando levantarse con el machete metido en la espalda, con una mueca que no parecía de dolor, sino de incomodidad. Tenía sus manos desmayadas. Gusanos salían de su nariz y boca, con otros arrastrándose por en el piso en asquerosa orgía, mientras las moscas zumbaban como avispas.
Y no es que éste fuera el peor caso visto. Tenía en mi memoria crímenes duros, y no sé si sería la época, pues estábamos en verano, pero este caso no se me salía de la cabeza. Cada vez al cerrar los ojos, aparecía el obeso a punto de explotar con los gusanos derramándose de su cuerpo.
En estos pensamientos estaba cuando se me ocurrió comentarle a El Flaco de mi hastío de escribir sobre hechos sangrientos, y me miró como si fuera una cucaracha que un día se despierta asqueada de la basura.
Me pidió que lo siguiera, pero, antes, llenó su taza con agua hirviendo, le agregó su cucharada de café, las dos de azúcar y lo revolvió mientras caminaba. En el pasillo sacó un cigarro de la cajetilla, se lo acomodó en los labios, y en las gradas de la entrada del edificio, lo encendió.
Recordó que cuando el actual editor de Sucesos comenzó su carrera, yo ni siquiera había nacido, y luego ese reportero deambuló veintitrés años por periódicos en puestos de redactor hasta que lo promocionaron a su actual cargo, por lo que no entendía mi desesperación.
Explicó que nuestra profesión era igual a la de otros, en el sentido de que hacíamos idénticas rutinas, como el administrador revisando el informe diario, el panadero amasando la harina o el mecánico reparando vehículos, con la aburrida regla que esto conlleva, pero a excepción de ellos, el periodista tiene la capacidad de experimentar, no como el administrador que jamás transformaría los números por figuritas de animales (alterarlos sí), ni el panadero podría hacer a la gente reír o llorar al comer su producto o como el mecánico no podría jamás verle el lado entretenido a cambiar el aceite de doscientos vehículos.
Sin embargo, el redactor podía narrar su historia comenzando por el final o por el medio, escribir una crónica, un reportaje, una entrevista, una nota formal o un artículo común.
Le pregunté cuál era la diferencia entre haber escogido periodismo y morguero, explicándome que el morguero apila los cadáveres, los clasifica, los cuida, los conserva y los dispone para otros, no les tiene aprecio ni apego y se va a su casa olvidando sus rostros (a menos que se divierta en actos de necrofilia), mientras el periodista puede sacar el cadáver del anonimato y contar su historia de manera bella y llamativa, provocando que quienes la lean, se mueran de envidia por ser el difunto.
El Flaco me pidió le enumerara las maneras de morir vistas en mi breve paso por la nota roja, y comencé diciéndole que eran asesinatos, homicidios… No, vas mal me contestó, y me orientó intentar con una secuencia alfabética de por ejemplo, abatidos, abrasados, accidentados, achicharrados, acribillados, acuchillados, aguijoneados, agujereados, ahorcados, ahogados, ajusticiados, ametrallados, asfixiados, apedreados, apilados, aplastados, aporreados, aprisionados, apuñalados, arrastrados, arrollados, asados, atacados, atascados, atenazados, aterrados, atragantados, atravesados, atropellados, baleados, bateados, batidos, barrenados, bombardeados, carbonizados, cepillados, colgados, crucificados, culateados, decapitados, degollados, desangrados, descalabrados, descachimbados, deschincacados, descuartizados, desintegrados, desmarimbados, desmembrados, desmenuzados, desnucados, desollados, destripados, ejecutados, electrocutados, empanizados, empalados, empotrados, enterrados, estrangulados, envenenados, exprimidos, fileteados, fracturados, fritos, fulminados, fusilados, garroteados, golpeados, hervidos, incinerados, intoxicados, lapidados, linchados, liquidados, machacados, macheteados, martillados, molidos, mordidos, mutilados, navajeados, pasconeados, pateados, perforados, picados, picoteados, pisoteados, prensados, pulverizados, puyados, rebanados, rematados, sacudidos, silenciados, sodomizados, succionados, quebrados, quemados, taladrados, tiroteados, trepanados, triturados, vengados, vergueados, violados y zarandeados, asegurándome que si le daba menos importancia al estado de la víctima y más a quién era el responsable de su muerte y cómo vivió la víctima sus últimos momentos de vida, me resultaría el triple de atrayente y la historia quedaría más curiosa para los lectores aburridos de encontrar en las páginas de los periódicos tragedias mal contadas todos los días.
Creí entender su mensaje y regresé a la computadora a escribir la nota sobre el gordo que pasó una semana muerto en su hamaca.
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