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EL 16 de abril de 2006 falleció en Managua Lizandro Chávez Alfaro y al día siguiente asistí a su sepelio en el Cementerio General, donde yacen sus restos dentro de la cripta de su familia. Poco tiempo atrás, el jueves 29 de diciembre de 2005, en su casa de habitación, Lizandro había recibido el diploma que lo acreditaba como miembro honorario de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Con ello se reconocía la totalidad de su obra literaria: novela, narra­ción breve y ensayo. 

‘Los monos de San Telmo’ (1963)

Chávez Alfaro fue el primero de nuestros narradores de la segunda mitad del siglo XX en trascender fuera de Nicaragua cuando, a sus 34 años, obtuvo el Premio Casa de las Américas, rama de cuentos, con su libro Los monos de San Telmo. Nueve ediciones y parciales traducciones en alemán, búlgaro, francés, italiano, polaco y rumano ha tenido este volumen, acaso lo mejor de su creatividad. No en vano significó una ruptura con la tradición narrativa de Centroamérica. Asimilando influencias cosmopolitas, sobre todo de habla inglesa (Styron, Golding, Baldwin, Salinger, entre otros), tras­mitió un sentido moderno de la problemática humana, fundiendo imaginación y denuncia, filigrana en la prosa y crítica social, ade­más de conciliar la función concientizadora y la idea kafkiana de lo infinito. Por ejemplo, en piezas como “La estructura” (unos carpinteros entregados a la tarea de construir una estructura inacabable), “El sermón del ómnibus” (un maldonado que acomete un interminable sermón), “En tinieblas” (un guerrille
ro en perpetua fuga) y “Sudar como caballo” (un escultor que cada mañana inicia la tarea de ablandar la plastilina en que moldeará su obra maestra). 

Pero también traza visiones totalizadoras de la guerra nacional antifilibustera a través del conflicto provocado por un perro en la pieza antologable, titulada precisamente “El perro”; y de la resistencia de Sandino a la segunda intervención militar de los Estados Unidos en “Corte de chaleco”, cuyo protagonista es Pedrón Altamirano. Por otro lado, en el cuento que da título al volumen, Chávez Alfaro presenta la relación de amo y esclavo de los Estados Unidos con los centroamericanos; y cómo, por sostener un negocio, se es capaz de confundir niños con monos. Otra pieza memorable es “El zoológico de papá”, monólogo magistral sobre la dictadura somociana, narrado por uno de los hijos del fundador de la misma.

‘Trágame tierra’ (1969)

En 1968 su primera novela, Trágame tierra, quedó de finalista del premio Biblioteca Breve de Seix Barral en Barcelona, junto a Juan Carlos Onetti y otros grandes de la narrativa en lengua española. Con ella, Chávez Alfaro incorporó su país a la corriente del boom latinoamericano, demostrando ser un ejemplo de voluntad creadora y de narrativa moderna. Tuvo cinco ediciones hasta 1985 y fue traducida al italiano en 1987. Pero no debe olvidarse, recién editada, su impacto sobre la nueva generación de escritores nicaragüenses (tres la reseñamos: Sergio Ramírez, Beltrán Morales y yo), su acogida unánime entre los lectores ––sobre todo en las dos universidades–– y el hecho de que su autor no había dependido del mecenazgo local para proyectarse internacionalmente.

Con una estructura lúcida y un lenguaje eficaz, denso e intenso —impuesto por la funcionalidad estilística de cada página— el novelista fija una visión de la realidad nicaragüense a través de dos personajes principales: Plutarco y Luciano Pineda, padre e hijo respectivamente. Ambos protagonizan el enfrentamiento generacional que marca la novela. 

Plutarco, pequeño comerciante fluvial, exhombre de confianza del general Estrella (Estrada) en la guerra contra el dictador J. Santos Zelaya, iniciada en 1909, y años atrás telegrafista en Juigalpa, se conforma con desempeñar su pequeño oficio  en la intimidad de las haciendas; acepta el status quo, la intervención de los marinos y al mismo Jefe Supremo (Anastasio Somoza García); desea para sus hijos el orden y la comunión en el trabajo, cree en el mito del canal y espera su construcción para vender “La Gloria”, terreno de su propiedad con una legua de orilla en la vega del río San Juan. En cambio Luciano, el ausente acusador y enemigo inseparable, renuncia a estudiar en un instituto que, según sus padres, proveía la educación y el ambiente en que debía formarse un hombre decente y se marcha a trabajar a los minerales de Siuna. 

Aborreciendo primero la humillación de vivir entre un millón de cínicos que habían aprendido a llamar con un cariñoso síncope [Tacho] al cínico mayor que durante tantos años (sin contar los que faltaban) los había escarnecido dentro y fuera de sus casas, y luego la vergüenza de la historia patria, Luciano llega al convencimiento de que únicamente un hombre multiplicado en mil hombres [Augusto César Sandino] ha respetado su tierra, tratando de purificarla. Y para rematar: rechaza la puta paz establecida, aprende antes de abandonar el país que existe una violencia destructura de la violencia y refutar la mentalidad de su padre: las cosas no pueden ser como propones ––le escribe–– ni tu maldito canal.

Aprovechando al máximo la historia de Nicaragua en la primera mitad del siglo XX, Chávez Alfaro expone este conflicto y su consecuencia: la incorporación de Luciano a una guerrilla que es aniquilada [El Chaparral]. Basta referir lo anterior para sostener que en Trágame tierra se da una concepción de la novela como denuncia política, lograda sorprendentemente, esta concepción determina la mayor parte de su contenido; por tanto, resulta primordial. Pero no lo es menos su otra concepción: la de la novela como universo lingüístico, sin el cual su autor no hubiera resuelto la forma con las excelencias artesanales de su prosa. 

La mayoría de los personajes pertenecen a las capa media y sus elementos ideológicos son identificables con facilidad. Marcelo Barrantes reacciona de la misma manera que su compadre y amigo Plutarco Pineda, compartiendo sus mismas culpas y sueños. Para él fue el general Mina (Mena) quien le ordenó sacar cinco mil copias de una hoja suelta cuando era dueño de una humilde imprenta en el barrio El Infiernito, de Managua, orgullo de su pasado. Igualmente en conflicto generacional con su hijo César, encuentra perversidad y frustración donde no hay: supone que su hijo tiene relaciones con la Viqui, un negro homosexual.

Durante la ausencia de Luciano, César lo suplanta como hijo en la familia Pineda, integrada por su madre Jacinta y dos hermanas: Amanda (embarazada de un sargento) y Yelba. Como hombre, intenta redimir a la familia en desgracia y es asesinado en una cantina, mientras a Luciano lo acribillaban dentro de una cárcel (La Aviación) en un supuesto intento de fuga. Doloroso y pesimista antecedente de una futura esperanza es el final de Trágame tierra. “La muerte de los hijos ––se lee en la contratapa de la primera edición–– salda cuentas con el pasado y abre una nueva etapa en la vida nacional”: etapa que concluye, diez años después, con la caída de la dictadura y el advenimiento de un nuevo régimen revolucionario. Sin ser héroes, Luciano y Marcelo se salvan al cumplir sus destinos.

No sucede lo mismo con el “pueta descalzo”, personaje alegórico que representa al pueblo y en el cual Chávez Alfaro pretendió reunir ––plasmándolo con elementos poemáticos–– los atributos del coro que siempre ha simbolizado a la colectividad. Por su parte, Beltrán Morales reconoce en el “pueta descalzo” al sector intelectual “más preocupado de la salud del alma que de la situación concreta del país”. Es decir, al torremarfilismo exento de conciencia política y, por tanto, ajeno a toda crítica.

‘Balsa de serpientes’ (1976)

En su segunda novela, Balsa de serpientes —ambientada en el Distrito Federal de México—, Chávez Alfaro traza una metáfora de la alienación a través de personajes que resultan verdaderos pastiches humanos (Pero, Savonarola II, Talavera Reina…). Ellos se desplazan o se inmovilizan asediados por lo que han concebido como una inaplazable necesidad de éxito, al mismo tiempo que por vocación por el fracaso. No dejan de ser significativas en su densa prosa ––colindante con la sofisticación–– dos descripciones: un cunnilingus y la masacre de Tlatletolco en 1968, la cual termina con estas palabras puestas en boca de una autoridad policiaca: borregos, mala raza. ¿No que no? Rómpanles el alma. Engañados. Ora es cuando, jijos de la chingada. Dónde creen que están, altaneros. Éntrenles. 

‘Columpio al aire’ (1999)

Y en la tercera, Columpio al aire, reivindica la cultura e historia de la región caribeña de Nicaragua. En ella vuelca todo su ser para otorgarle el mayor espacio posible a la misma región multiétnica. También su autor eleva al máximo la contradicción del Pacífico y el Caribe, ficcionalizando dos hechos. Primero: la decisión del general Migloria (sátrapa local del dictador José Santos Zelaya) de trasladar el cementerio comunal donde descansan los reyes y princesas del antaño “Reino Mosquito” con el objeto de abrir una calle. Y segundo: los preparativos de Safá Clistenes Kubrik (comerciante) y del reverendo moravo Fasbinder para interpretar la obra musical de Haendel El Mesías, acompañada por un coro de feligreses, entre los cuales se destacan Viola Hendy. Ambos hechos se desarrollan durante varios meses de 1896, dos años después de la anexión política, vía militar, de la Mosquitia a la Nicaragua del Pacífico.

“Estos aspectos dominantes en la trama —apunta Erick Aguirre— sugieren la representación del choque cultural y la protesta de la población blufileña ante la imposición de aquellos a quienes el autor denomina colonizadores internos.” Y añade Aguirre: “La conversión final del estéril general Migloria, su acción renegada frente al Gran Reformador (el presidente Zelaya), su ulterior ‘fidelidad al pueblo que por fin había conocido en su intento de gobernarlo’; la aureola mítica cuasi mística que cubre la misteriosa desaparición de Viola Hendy, y la trascendencia gloriosa que alcanza también al final la interpretación de El Mesías, no parecen sugerir el sueño aún inalcanzable de una nación integrada y armónica, unida en su diversidad de orígenes y construcciones culturales. Más bien parece un alegato parcial a favor de la plena libertad o independencia política de la región del Caribe nicaragüense, o en todo caso de su separación o aislamiento”.

Libros de cuentos

En otros dos libros de cuentos, o relatos, Trece veces nunca (1977) y Vino de carne y hierro (1993), logró más profundidad psicológica y despliegue de recursos. La vivencia histórica más entrañable del primero se localiza en la pieza “Fragor de la inocencia”: esplendorosa recuperación de la infancia y la paternidad, con el trasfondo de la segunda guerra mundial y la geografía de Bluefields; en cuanto a las del segundo, destacan “Bufa de cuchilleros” —recreación de la muerte de Darío y de la extracción y profanación de su cerebro— y “Cinco yardas de bandoleros”: dos improvisados periodistas norteamericanos que llegan a Nicaragua para filmar a Sandino en acción y perecen en el terremoto de Managua el 31 de marzo de 1931.

Luego reunió una antología: Contradanza de cuentos, donde figura el origen mítico de los miskitos; a la que siguió un breve relatario: Hechos y prodigios (1998). A pesar de su redacción impecable, pero lejos de la transparencia, en todos ellos ––como en sus obras anteriores–– se cumple esta declaración del propio autor: “Escribir siempre me cuesta un pavoroso esfuerzo”.

Chávez Alfaro no poseía riquezas materiales ni poder político. Pero sí —y más que suficientemente— el Poder de la Palabra y la Riqueza de la Inteligencia ilustrada. Fabulador de oficio, optó por los vencidos de la tierra y habló en nombre de los humillados de la región donde dejó el ombligo. Sin duda, fue y sigue siendo el máximo creador literario de nuestra Costa Caribe.

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