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En 1890 —hace 125 años— se fundó la Nicaragua Sugar States Limited, quien adquirió la hacienda San Antonio para establecer un ingenio de azúcar, que sería el más importante de Centroamérica durante el siglo XX. Por ello, entrevisté a cuatro amigos que laboraron en diferentes épocas: José Joaquín Quadra Cardenal, Dionisio Cuadra Kautz, Joaquín Zavala y Alfredo Sandino Martínez. Los siguientes fueron sus testimonios.

“Recibí siempre un trato más que especial”: José Joaquín Quadra

En 1946, a mis 21 años, busqué trabajo en el Ingenio San Antonio, en parte porque conocía a uno de sus dueños: el ingeniero Alfredo Pellas Chamorro y al gerente: don Alejandro Chamorro Solórzano. Pero, sobre todo, porque en el ingenio vivía la joven y bella que había flechado mi corazón desde muy jovencito: Gladys Sandino Múñoz. Don José Joaquín Quadra.

Fue un 4 de febrero de 1948 el día de nuestra boda en Granada. A los ocho días estaba de regreso en el ingenio, donde ejecía el empleo de cajero, después de laborar como oficial de caja.

Eran tiempos de cambio: del pago tradicional que se hacía a los colonos bajo las sombras de los árboles en la plaza del ingenio, al pago en la ventanilla de la oficina de caja, uno por uno a los trabajadores. El nuevo orden en contabilidad la montaba un sabio auditor: Mr. Henry A. Herbert, creo que de origen alemán, que lucía ciempre una hermosa pipa y el perfume de su fino tabaco inundaba las oficinas. Ese paso, tan importante en la empresa del Ingenio San Antonio, me tocó vivir.

Como cajero tenía que ir a León al Banco Nacional. De acuerdo con el seguro, me debía acompañar un funcionario que casi siempre era viejo amigo de mi padre: don Benjamín Vargas, así como dos o tres militares para darle protección a las valijas que contenían más o menos un millón de córdobas para el pago de la planilla. Al llegar a la estación de Chichigalpa y tomar el trencito partícular del ingenio, una compañía de montados a caballo aguardaban a lo largo de la hermosa entrada de palmeras, que avanzaban al paso del tránsito hasta llegar a la estación del ingenio. Sumarían unos 200 montados y todo finalizaba cuando el dinero se depositaba en la enorme caja de hierro de las oficinas de caja. Hay que recordar que más de una vez habían asaltado al cajero del Ingenio San Antonio y las oficinas del mismo.

El fallecimiento, al nacer en Granada, de mis gemelitas influyó para pensar en retirarme del ingenio, en donde recibí siempre un trato más que especial de parte de don Alfredo Pellas Chamorro. También influyeron mucho los celos de los empleados de mayor edad, quienes veían al joven de 23 años con el cargo de cajero y que tal vez ellos imaginaban poder desempeñar.

Esas y otras razones me hicieron despedirme de ese ingenio, del cual tengo gratos recuerdos, con el sabor de esa feliz época de juventud vivida y la excepcional experiencia de esa gran responsabilidad que pusieron sobre mis hombros y que manejé con mis manos.

“Me sentí integrado plenamente al ingenio”: Dionisio Cuadra Kautz

Mi papá era secretario de la junta directiva de la Nicaragua Sugar y financió mi carrera de ingeniero agrícola en Gainesville, Florida, para incorporarme al ingenio, donde llegué recién graduado en 1960.

Allí me encontré con el hombre emprendedor que era Edgard Vargas Guzmán como jefe de campo y con mis primos hermanos: los gemelos Manuel y Ricardo Coronel Kautz; los tres egresados del Zamorano, Honduras. Manuel era responsable de riego y drenaje; Ricardo de la lechería. La leche se vendía a precio de costo y no ocasionaba ganancia alguna, como el comisariato.

Al frente del Departamento de Investigación y Experimentación, logré en 1964 que se dejará de utilizar fósforo y potasio en la fertilización de la caña, privilegiando la urea como fuente de nitrógeno.

Pasé entonces al campo, llegando a fortalecer la imagen de la administración en ese ámbito y sintiéndome como en casa propia. Así resulté una especie de ángel salvador del trabajador y del empleado en lo que respecta a su estabilidad laboral, sin alterar la política definida de la empresa. Esto lo facilitó mi carácter campechano. Tomaba café en las colonias con las esposas de los paileros y me hice socio del Club de Obreros.

Durante diecinueve años y dieciocho zafras trabajé, sin aspirar a un puesto más allá del que se me había otorgado. Sin embargo, contribuí a neutralizar tres huelgas generadas en el campo, haciendo de mediador, a causa del supuesto mal estado de las básculas en los centros de acopio. En los tres casos todo se resolvió sin tener nada que lamentar.

En el aspecto social, promoví el deporte: futbol y beisbol, tenis y boliche; e introduje el polo. Con este último los accionistas sintieron que tenían en mí un representante. Para practicarlo, la administración nos facilitó una parte del Campo de Aterrizaje.

Dos aspectos hay que destacar en la década de los setenta: el turno de doce horas para los ingenieros y el relevo de los técnicos extranjeros por nacionales.

Finalmente, como el ingenio requería para su expansión más caña, celebró contratos con propietarios de tierras vecinas para obtenerla. Algunos funcionarios, entre ellos Edgard Vargas Guzmán y yo, nos hicimos socios de ellos y ampliamos nuestros ingresos.

Tal fue, en resumen, mi experiencia en el Ingenio San Antonio, al que me sentí integrado plenamente y en donde fui segundón a nivel administrativo y primerón para problemas de orden legal.

“Adquirir las tierras de San Antonio fue una decisión  excelente”: Joaquín Zavala Navarro

De los cuarenta y dos años que viví y laboré en San Antonio, recuerdo los días de la guerra en 1979, a finales de mayo, cuando las fuerzas insurgentes se tomaron el ingenio. Fue duro e intenso ese momento. Primero fui llamado de la oficina del Banco de América para autorizar el pago de la planilla y luego se desató la balacera, ya que el comando de la Guardia Nacional quedaba a cien metros del banco. Con dificultad pude llegar a mi casa y salir del país para reunirme con mi familia, que ya se había trasladado a Costa Rica. Antes de dos meses, estaba de regreso y el 30 de julio llegó Carlos Pellas.

Entonces comenzamos a negociar la entrega del ingenio. De las nueve de la mañana a las tres de la tarde permanecimos en el Club de Obreros para lograrlo. Pero la administración ya no sería la misma. Comenzó a decaer la producción y a proliferar la rata cañera. No se disponía de las divisas requeridas para importar los insumos. De manera que San Antonio en 1987 fue intervenido por el gobierno sandinista.

Más de cinco años duró esa lamentable situación. La zafra de 1991-92 fue de un millón seiscientos mil quintales, retrocediendo a la producción de treinta años atrás.

Pero el 13 de junio de 1992, mediante arreglo con el gobierno de doña Violeta, fue devuelto a la Nicaragua Sugar. Se dio entonces una reestructuración y todo mejoró. Carlos Pellas desempeñaría un papel decisivo en ese proceso. Y yo formé parte activa de su equipo. En la zafra de 1995-96 se impuso una producción récord, superada por la de 1996-97: dos millones novecientos veintitrés mil trescientos quintales. Desde entonces la producción fue en aumento.

Y es que las tierras de San Antonio ofrecen las mejores condiciones para el cultivo de la caña de azúcar. Poseen suficiente agua en el subsuelo y gozan de invierno y verano confiable. Adquirirlas fue una decisión excelente.

 “El ingenio era una belleza”: Alfredo Sandino Martínez
El ingenio era una belleza. Yo nací allí. Trabajé como mandadero y luego como ayudante de vulcanización y de mecánica. SAMA (Servicio de Maquinaria Agrícola) era el nombre del departamento que aseguraba la gasolina y las llantas de los vehículos. Mi papá, Gabriel Sandino Vargas, fue responsable de las llantas. Tres minutos tenía que durar el cambio de las mismas.

Me pagaban por hora. Pero solo en tiempos de zafra: del 1 de noviembre al 1 de mayo. Mi turno de las 6:00 de la mañana a las 6:00 de la tarde, con interrupciones para comer a las 9:00 a.m. y 12:00 p.m. y a las 3:00 p.m. Durante mis estudios en el Colegio Constantino Lacayo, por la noche, me permitían salir del trabajo a las 5:30 de la tarde. En ese centro, sin pagar un centavo, me bachilleré.

Ese fue uno de los muchos beneficios que recibimos de la Nicaragua Sugar, además de agua, luz, vivienda y hospital, todo gratis, y de créditos blandos para adquirir artefactos eléctricos en el comisariato. A uno le proveían de uniforme, botas, guantes, gorras para facilitar el trabajo y cumplir con la higiene. También nos suministraban café y azúcar.

Una verdadera fiesta se realizaba al final de la zafra en la cancha del ingenio, donde abundaba el ron Flor de Caña. Todo el equipo desfilaba.

Cada trabajador recibía un quintal de azúcar como obsequio y se repartían utilidades. Don Alfredo Pellas se hallaba presente. Él era de buenos sentimientos. Reconocía el valor de todos los trabajadores: desde el pailero hasta el gerente general.

Como dije, yo era zafrero y aprendí mucho en el ingenio, sobre todo de máquinas, riego y agronomía. Admiré el ritmo de su movimiento laboral: el traslado en el trencito de sus operarios, el acarreo en pipas de la melaza hacia la Compañía Licorera Nicaragüense S.A. en Chichigalpa y el del azúcar a Puerto Esparta. Allí estibadores la montaban en lanchones —el Silvio Pellas era uno de ellos— para trasladarla al barco anclado cerca de Corinto. Admiré también la calidad del ganado que administraba don Modesto Sandino: raza de Santa Gertrudis. Y el procesado de la crema. Y la pasteurizadora.

Recuerdo, además, que uno podía ir al balneario Los Brasiles o a los esteros de Puerto Esparta, como San Francisco, a pescar o a capturar cangrejos gigantes: los llamados tiguales. O a recoger los camarones que se adherían en las paredes de las presas de riego del ingenio. Por eso digo que este era una belleza.

 

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