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Durante la Gran Guerra acontece una verdadera batalla cultural entre autores inmersos en la liquidación de la retórica modernista y la voluntad de hacer resurgir ese sistema poético en el ámbito iberoamericano. La invasión alemana a Bélgica otorga un nuevo impulso a la retórica civilización/barbarie que residía en la visión de José Enrique Rodó: el ataque a Bélgica supone ––con la destrucción de jardines, iglesias y hogares–– una embestida a la cosmovisión modernista. Es Alberto Hidalgo (1897-1967), vanguardista peruano, educado en el modernismo, quien representa en la Gran Guerra la contrafigura de Darío. En su poesía, Alemania es la modernidad y desde su casa de habitación describe la guerra como expresión del progreso. Del lado aliado, tres son los textos que forman parte del resurgimiento dariano: la pieza teatral En Flandes se ha puesto el sol, de Eduardo Marquina (1879-1946), escrita en 1909; los poemas de guerra en la revista Cervantes (1916-1920), del español Emilio Carrere (1880-1947) y del mexicano Alfonso Teja Zabre (1888-1962); más El soldado desconocido del nicaragüense Salomón de la Selva (1893-1959), escrito como diario poético de guerra en las trincheras de Flandes en 1919 y publicado en México en 1922.

En Flandes se ha puesto el sol

Bélgica juega un papel muy importante a favor de la nacionalización del modernismo. Un ejemplo es el drama en Flandes se ha puesto el sol de Marquina. Estrenada en 1910, se convierte en el paradigma del teatro, ya que simboliza la recuperación de un género, el drama histórico poético, constituyéndose en el eslabón necesario para interpretar la transición del teatro decimonónico a las figuras teatrales más importantes del siglo XX: Valle-Inclán y Lorca. Marquina utiliza elementos modernistas y su ideología también es deudora de la llamada Generación del 98, ya que como ellos se planteaba el problema de la regeneración de España y la búsqueda de una identidad nacional. Este drama histórico en verso desarrolla el siguiente argumento muy significativo para la época. Don Diego, capitán de la armada española que lucha en Flandes, se casa con Magdalena, una mujer flamenca; es nombrado consejero de justicia  y tiene que perseguir rebeldes flamencos, quienes habiendo pedido compasión a Magdalena, se encontraban ocultos en su propia casa. Los rebeldes son descubiertos y Don Diego es arrestado, pero liberado por flamencos. Amargado porque se siente un traidor a su país, mientras  Magdalena daba a luz a su hijo, regresa a pelear por España. Y de nuevo España es vencida. Ante esta nueva derrota, el capitán contempla el suicido. Sin embargo es disuadido por Magdalena, quien le hace comprender que España no se ha marchado de Flandes sino que vive en la sangre de su hijo.

Beatriz Hernanz Angulo, en su artículo “Marquina y la Generación del 98 / En Flandes se ha puesto el sol: conformismo y rebelión en el drama histórico”,  asevera que el dilema de Don Diego se concentra en una disyuntiva: entre su patria heredada y su patria creada, ya que lo esencial dentro del conflicto radica en que, a fuerza de abnegación, tiene que reconciliase y fundirse dentro de su propia vida: “El poeta Marquina plantea ese conflicto en la conciencia del capitán con tan vigorosa sobriedad, que el público lo advierte sin dilación. [...] El pensador y el poeta triunfaron, pues, plenamente en el foco mismo de la obra”.

Asimismo, esta opinión vincula a Marquina con pensadores de la Generación del 98, quienes plantean una revisión de los tópicos que han configurado el ser español durante siglos. El héroe tiene que elegir entre el ámbito de lo privado y la acción pública: ahí radica la esencia de lo trágico. Serán las nuevas generaciones, el hijo, Albertino, fruto del mestizaje, quien levantará la posible esperanza de entendimiento entre europeísmo e hispanismo. Marquina opta por la hibridación. Por ello, esta obra fue muy influyente durante la Primera Guerra Mundial para el resurgimiento del modernismo como estandarte cultural. A pesar de que en los años 1910-1920 se produjo una ruptura estética, la reivindicación del modernismo tiene una función social: defender los ideales premodernos de la civilización latina, como una crítica al progreso que no detiene la barbarie, sino que la promueve.

La revista Cervantes (1916-1920)

Deudores de la obra de Marquina son algunos poemas de guerra publicados a partir del centenario cervantino en 1916. La celebración coincide con la voluntad hispanista. Se trata  del canto al cisne del mito quijotesco como defensor de la premodernidad de los países latinos: “Yo te saludo ahora como en versos latinos / te saludara antaño Publio Ovidio Nasón. / Los mismos ruiseñores cantan los mismos trinos, / y en diferentes lenguas es la misma canción”. La civilización latina es contrastada con la barbarie germanófila que aparece disociada del concepto de cultura. Son estas mismas razones las que explican el modernismo dentro de los poemas sobre la guerra de Carrere y de Teja Zabre, en la revista Cervantes (1916-1920), como parte del proyecto de nacionalización del modernismo. Carrere une los temas de modernidad y barbarie con una brillante intuición y denuncia el progreso a la hora de evitar la barbarie. Una postura que, según Emilio Quintana en “Don Quijote en las trincheras. Civilización y barbarie en el marco de la Gran Guerra”, supone la reivindicación tardía de la función social del modernismo, al advertir en los lanzallamas, los tanques o el gas venenoso consecuencias de la fe decimonónica en un progreso humano sustentado tan solo en el progreso científico.

 A su vez, Alfonso Teja Zabre en sus poemas destaca una retórica arcaica que humaniza el código poético modernista contrastando con la máquina de muerte deshumanizada de los alemanes. Cuando el 4 de agosto de 1914 las tropas alemanas cruzan la frontera belga, se extiende la idea de la Alemania bárbara, la destrucción de catedrales, ciudades y de obras de arte, pone de nuevo en pie el verso de Darío, los bárbaros retornan: Se grita: ¡Guerra Santa! / acercando el puñal a la garganta, / o sacando la espada de la vaina; / y en el nombre de Dios, /casas de Dios en Reims y Lovaina ¡las derrumba el obús 42!...

A propósito de Lovaina, durante la Gran Guerra dos epítetos para Bélgica son tierra mártir y violación, aludiendo a una metáfora religiosa y a un abuso sexual, dejándola indefensa. De alguna manera, el espíritu de Don Quijote, que es el de España, resucita la idea del defensor de los desvalidos y su afición por las damas afligidas. Esta imagen se torna más fuerte con la incapacidad militar de España que, falta de cuerpos de batalla, solo puede enviar a la guerra al caballero del ideal modernista, tal y como lo imagina Darío: “¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? / ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés? / ¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros? / ¿Callaremos ahora para llorar después?”.

La polémica entre latinos y anglosajones resurge en el conflicto aliadófilos versus germanófilos. Y mediante el diálogo modernista en las obras de la época, Darío se convierte en caballero aliado, un Quijote no español y que opuesto a la teoría del  darwinismo social,  ha realizado una conquista invertida hacia España, el primer mestizo-ícono de la hispanidad y bandera cultural aliada durante la Gran Guerra.

El soldado desconocido (1919-1922)

Una bandera recoge Salomón de la Selva, secretario, traductor y amigo de Rubén Darío. Su ruptura estética no puede reivindicar la iconografía vanguardista-futurista: la máquina, la velocidad, la deshumanización. El progreso ha fracasado al no evitar la barbarie. Por esa misma razón De la Selva sigue el camino de las obras de Eduardo Marquina, Emilio Carrere y Alfonso Teja Zabre. Y llega más lejos, funda la otra vanguardia hispanoamericana en plena guerra, dentro de una complejidad jamás advertida y que solamente él puede realizar: “Plo, plo, plo, plo, hacen las granadas/ y cuando caen plum […] ¿quién no se acuerda de los cuentos de hadas? […] ¡Plo, plo, plo… plum!”.  Es la ruptura estética con el modernismo que sigue utilizando el ideal modernista para una función social. Por ello invoca el ideal de Darío contra el gas asfixiante y se aferra a la patria dariana: “el gas que he respirado / casi me dejó ciego / pero olía a fruta de mi tierra”. El olor a fruta impide la contaminación, porque más venenoso que el gas, es el veneno moral. El futuro aparece con la velocidad de la bala, una bala que ojalá tuviese el alma de la lira, la belleza de la lira, “¡Que horribles son los trapos manchados de sangre!”. La renovación estética de De la Selva intenta salvar lo mejor de la tradición moderna a través de un análisis racional de la realidad. Para apoyar esta idea citamos su poema “Prisioneros”, en donde se advierten las caras de las dos Alemania, la nación de poetas y filósofos que se había opuesto a Napoleón, la Alemania idealista anterior al militarismo: “Son gente / de eso no cabe duda / gente como nosotros…”

Esto se debe a que De la Selva peleó al final de la Guerra, cuando ya no había mitos sino cansancio y decepción. La Guerra empujó definitivamente al mundo a la modernidad, a través de un inmenso baño de sangre. Como afirma Quintana: el centenario cervantino de 1916 supone que los ataques con gases asfixiantes hacen que caballo y caballero tengan que protegerse con máscaras antigases. La posdata de El Soldado desconocido, nos remite a la obra de Marquina: “La América tropical dará al mundo los mejores poetas. Los mejores pintores y los mejores santos. Como tengo que hacer de centinela no me queda tiempo para dilatarme ahora en explicaciones. Basta una: El sol. ¡Me voy a ver la noche hasta que salga el sol! VALE”.   

Una vez más, en “Flandes ha salido el sol”, un verso que nos remite directamente a “Los Cisnes”, el poema de Darío dedicado a Juan Ramón Jiménez: “Y un cisne negro dijo: La noche anuncia el día. / Y uno blanco: ¡La aurora es inmortal, la aurora es inmortal!”. Y continuando con la elección de Darío, Marquina y De la Selva, como hibridación, son los hijos del trópico elegidos, los mestizos son los mejores hijos. Son ellos los que anuncian la aurora inmortal. De la Selva, sin tiempo para explicaciones, clava en el suelo flamenco la bandera con el escudo dariano: “¡Hoy ha salido el sol!”.

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