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De los nueve conductores del proceso revolucionario en los años 80, Tomás Borge Martínez (Matagalpa, 13 de agosto, 1930-Managua, 30 de abril, 2012) era el más proclive a la creación literaria. En efecto, a su combatiente juventud se remonta esta tendencia de su personalidad, como lo reveló en varias publicaciones, entre ellas su “Cuento No. 2”, aparecido en Cuadernos Universitarios, de León, en septiembre de 1959.

Pero su discurso lírico lo mantuvo en la clandestinidad, como era de esperarse; y ya en 1969, entre Bogotá y Lima, comenzó a vibrar, según las dataciones más antiguas de sus poemas, a los cuales siguieron los de Managua en 1975 y los de la Cárcel de Tipitapa en 1977, pertenecientes a su primer poemario La ceremonia esperada (Managua, Nueva Nicaragua, 1990), prologado por José Coronel Urtecho.

Con ánimo de experto turiferario, Coronel Urtecho (1906-1994) señalaba: “La donación gratuita de su presencia y su vida es, a mi vez, lo que distingue públicamente al Comandante Tomás Borge para agregar que, en todo caso, eso y en la misma raíz de su interioridad, el ser poeta era lo que caracterizaba más íntimamente. Y esta intuición quedó confirmada en el segundo poemario de Tomás. A la sombra de un grano de sal (Lima, El Mirador, 1907), esta vez prologado por otro poeta: Antonio Corcuera.

Así el legendario revolucionario se desplazaba con soltura en los versos, demostrando ser un poeta de polendas, o sea, de armas tomar. Armas, esencialmente, metafóricas, de improntas surrealistas. Por ejemplo, los del poema “Represión”: “Ordeno / convertir en fósforo / a las tardes opacas / cosechar el polen / para que los tractores / se embriaguen / con su vino. / Condenar a las estrellas / bordadas en un leopardo. // Ordeno suscribir un protocolo / con Ernesto Cardenal / sobre la liberación / de los potros, / el internacionalismo / de los pájaros / y el indulto / de los cisnes / y los sátiros.”

¿Poeta de polendas?  El vocablo no se usa en Centroamérica. Derivado del latín polenta (torta de harina), el Diccionario de la Real Academia Española define a las polendas como “puches de harina de maíz”. Según Marco Martos, Director de la Academia Peruana de la Lengua, es un italianismo que se introdujo en México durante el siglo XVIII; pero la expresión “de polendas” es muy común en el Perú, donde el prologuista del segundo poemario de Tomás, A la sombra de un grano de sal (Lima, agosto, 2007), la emplea para enaltecerlo: “Intrépido guerrillero, orador de noble estirpe, político de polendas...”, o sea, de brío, valioso.

Amatorio y eterómano continuaba siendo en su segundo poemario (que incluía 24 textos de los 63 del primero); así lo revelan estos versos: “No es conveniente hacer el amor / con mujer ajena. / Mas si te decidís / ha de ser cuando el ruiseñor / está en reposo y el sol / a punto de decirnos adiós… Pero nada mejor que hacer el amor con tu mujer. / La que te pone dulce y reclina  / la cabeza entre algunas de tus depresiones / y le importa apenas un suspiro / si tu disposición está menguada”. En A la sombra de un grano de sal  (por cierto, un verso de su poema “Esos ojos”), Borge es más autobiográfico y confesional. Ahora encomia su vida pública, sobre todo en “Álbum de familia”: “Al otro lado de la luna / y de este lado del sol / conocí a dos muchachos / mayores de edad y de prestigio / Kadafi y Kim Il Sun”, dice un fragmento; y en dos poemas a Castro, uno de ellos, en heptasílabos de rimas convencionales: “La luz es persistente / y se llama Fidel. / Así lo dice la gente. / La voz es convincente / de este lado de la piel”.

Tomás logra en A la sombra de un grano de sal un poema en prosa, para mí su mejor escrito breve: “Doña Anita y don Tomás”, sus padres: “Aquel viejo malgeniado, abstemio, llorón y sandinista me cargaba por las noches, mientras yo gritaba como gorrión maltratado; y me amaba como si yo fuera el Niño Dios…Fui hijo único. Cuando nací, mi mamá, doña Anita, tenía cuarenta y un años. Por eso estaba destinado a ser idiota, poeta o guerrillero…” —transcribo algunas de sus líneas. También logra su poema más íntimo: “Madame Bovary, Manuela, Marcela y otras”. (La Manuelita no es sino la Sáenz, aquella que escribió a su esposo: “un inglés aburrido / como una hoja marchita: / no eres digno de ser / el marido de la amante / de Bolívar”). Consagra a la citada Marcela, su musa conyugal, otros versos seguros y cotidianos, como los dedicados a sus hijos: “Camila, Juan y Sebastián / se parecen a su mamá / Es decir, / al arcoíris / al abecedario / a las ancas de las gacelas / a la clorofila / a las estrellas / al primer minuto de Dios / al descubrimiento de América… / a Su Santidad el amor”  (“De parto”).

Otro poema valioso en cuanto a que intenta autorretratarse es “Confesiones”: “Detesto los cocteles / las condecoraciones / los museos de cera / y las novelas de final atroz // Odio a los traidores / como se odia / el infierno / las cadenas / las banderas arrodilladas // Soy terco/ sentimental / ingenuo / desconfiado // …Me gusta el crepúsculo / el crucifijo en la yema de los dedos / las orejas de mis hijos, el galope de una lágrima // También las siamesas de miel / en tus ojos… // Prefiero las metáforas / imperfectas y locas / las ecuaciones eróticas / las pinturas intensas/ aunque al pie de los colores/ la firma sea desconocida…// El peligro —no se tiene idea de / cuánto me gusta el peligro— / La desolación de los ídolos… // Amo a los niños / a los venados / Amo la exactitud / de la imperfección // Y el gobierno de los resucitados / Y a los cachorros sonrientes / Y a las mujeres que he amado // Si mis amigos me quieren / pido / me cautericen lunares / y me estrechen la mano”.

Iniciado mi comentario a su segundo poemario en el vuelo de COPA, entre ciudad de Panamá y Santiago de Chile el 9 de junio de 2008, aproveché la compañía del poeta Bruno Rosario Candelier, director de la Academia Dominicana de la Lengua, para compartir la lectura de A la sombra de un grano de sal. Y en su última página en blanco, de mi ejemplar, Bruno escribió: “En los versos de Tomás Borge se siente la mirada amorosa de un poeta que sabe auscultar el sentido de lo viviente desde la visión entrañable de las cosas. Para el nicaragüense, el amor es la luz del mundo que atrapa y recrea con devoción honda, haciendo de la poesía el testimonio sutil de la esperanza”.

Tales fueron los volúmenes que anteceden a Poesía clandestina reunida (Lima, 2014), editado con intenso amor y excelencia tipográfica por Marcela Pérez Silva, cuya presentación hoy nos convoca. Se trata de un hermosísimo volumen, ilustrado con retratos artísticos de su autor, que contiene la obra poética completa de Tomás Borge.Róger Pérez de la Rocha: “A Nelson Mandela y a Tomás por su ejemplo”, Carboncillo sobre papel (1990).

Ella —Marcela— organiza la obra en cuatro secciones, ordenadas de forma cronológica inversa: 1990-2012 (59 poemas), 1985-1989 (27 poemas), 1972-1978 (24); y 1969-1970 (14); en total: 127 textos líricos, marcados por el amor a la mujer, a la patria y a la revolución.
Gracias, embajadora, por regalar a Nicaragua esta Poesía clandestina de tu cónyuge, producto de una fidelidad a los espléndidos años que tuviste el privilegio de vivir al lado del comandante Borge, como lo indicas en la nota introductoria. Gracias por rescatar los de su etapa de madurez, “muchos de ellos nacidos —como también lo refieres— del apuro de descubrir que había olvidado una fecha importante. Llegaron al mundo e tarjetas de floristerías, en las páginas en blanco arrancadas del comienzo y el final de los libros, en hojas de cuadernos de espiral, escritos con indescifrable letra que solo yo entendía, llenos de tachaduras, flechas y correcciones”.

“Tomás —prosigues diciendo— escribía desde la Historia, sabiéndose protagonista imprescindible de ella. Urgido por la necesidad de amar, de dar, de darse. Era bromista, jodón, fogoso, optimista, honesto, valiente, tierno, transparente. Un poeta de armas tomar”.

Y que hoy recordamos y celebramos, porque él buscó su salvación en las palabras, en los contenidos efluvios volcánicos de sus versos, en su fibra lírica, tan fluida que llegó a elaborar su propia “Ars poética”: “Cantaré al viejo barbudo / que una lejana madrugada / masticaba las hostias / indefensas / con sus dientes azules…” —se inicia. En fin, demostró tener conciencia de la miticidad de su trayectoria vital en “Epílogo”: “Voy a morir. / Quiero ser un recuerdo / pequeño como un grillo / grande como un limón… Voy a morir / para seguir viviendo”.

“Madame Bovary, Manuela, Marcela y las otras”

Tomás Borge

Ignoro cómo ocurrió
pero me enamoré para siempre
de las piernas de Madame Bovary
y de sus ojos intensos
—Jamás me interesó
salvo por la compasión
Marilyn Monroe—

Doña Magdalena amiga de mi tía Lala
Desordenó mi fantasía de niño
Doña Dora fascinó con sus orgasmos múltiples
mi adolescencia de río
Después llegaron Yelba
Hermosa paridora y eterna
Josefina de las sandalias de espuma
Charlotte la clandestina
me llevó al país de las cosquillas
con su acento inglés
y su sonrisa
de cajeta de leche
Velia compartió peligros y sollozos
Y otras más
se fueron para no volver

En mis horas de malacrianza y de poder
en la última estación
devolviéndome la capacidad del asombro
llegó Marcela
alta bella amada
con su voz de violín y sus ojos de vino tinto
con su luz inagotable

Mas nunca
—ni cuando perdí la inocencia
en las aguas del río Matagalpa
ni cuando pasé hambre
en la selva del Wanki
ni a la hora de la capucha
el suplicio y la dignidad—
abandonó mis sueños
la muchacha de las uñas largas
y los ideales firmes
la celosa la dulce
la Manuelita Sáenz.

 

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