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Tres factores propiciaron la emergencia política-militar de Anastasio Somoza García: el control de la Guardia Nacional, la liquidación de Augusto C. Sandino y su movimiento en Wiwilí, más la “política del buen vecino” de Washington. Liderada por Franklin D. Roosevelt, esta se abstenía de intervenir en el hemisferio permitiendo la instauración de dictaduras militares en cuatro países centroamericanos. 

Ahora bien: el régimen impuesto dirigido por Somoza García entre 1937 y 1956 tuvo nueve rasgos básicos. Sintéticamente, expondré a continuación siete de ellos, dejando para otra oportunidad los dos últimos.

Entrega incondicional a Washington 

En primer lugar, la entrega incondicional al poder de Estados Unidos que lo respaldó siempre, contribuyendo a su permanencia. Esta entrega sumisa no solo obedecía a un interés pragmático, sino a una convicción íntima, remontada a su juventud ––de los 18 a los 23 años–– en Filadelfia y Nueva York. Connatural, el americanismo de Tacho políticamente se tradujo, siguiendo a Franklin D. Roosevelt, en ser un modelo de Buen Vecino. Pero antes de fallecer quien se autoconcebía el más adicto a Washington de los presidentes norteamericanos, este rasgo ya lo había consignado  Manolo Cuadra en 1955: 

“Desde la declaratoria de guerra a los nazis, hasta la formulada en el caso de Corea, ha sido Nicaragua la primera en expresar sus deseos de combatir al lado de los Estados Unidos. De los países centroamericanos, igualmente es Nicaragua el único que ha llevado la voz maestra a las Naciones Unidas, para que la China de Mao sea mantenida al margen de esa permanente Asamblea Universal. Nicaragua no ha puesto reparos en suscribir todos los tratados económicos, militares, internacionales, regionales y políticos insinuados por Washington. En una palabra, la actitud del presidente Somoza ha sido de brazos abiertos para los intereses de Estados Unidos en Nicaragua: Dejad a los yanquis que vengan a mí.”

Sustentación castrense Somoza García en el Waldorf Astoria (1952).

En segundo lugar, tan importante como el rasgo anterior, resulta imprescindible señalar la sustentación castrense que definió su poder. O mejor dicho: la Guardia Nacional ––herencia de la intervención estadounidense–– constituyó su principal sostén. Pequeña, profesional y relativamente moderna, la GN dependía extremadamente del exterior; aún así, incidió política, social y económicamente en Nicaragua. Basta decir que sin ella no se explica, en buena medida, la clase media consolidada entre los años cuarenta y cincuenta, y que alcanzaría pujanza en los sesenta. Para Tacho, el ejército significaba la razón primordial de su existencia. De ahí que lo haya asumido como parte de su familia al instituir su día el 27 de mayo, cumpleaños de su esposa; y el de su cumpleaños --el 1 de febrero-- como día de la Academia Militar; igualmente, al promover con toda pompa como “Reina del Ejército” a su primogénita el 14 de noviembre de 1941. 

La Guardia Nacional --creada por Henry L. Stimson-- comenzó a funcionar a partir de mayo de 1927, pero quedó oficialmente inaugurada el 1 de junio del mismo año. De ello estaba enterado su primer  jefe director nicaragüense, quien el 1 de junio de 1952 se hallaba en un hospital de Boston y desde esa ciudad envió un mensaje al cumplir la institución su 25 aniversario.

 

Ejercicio paternalista

Un tercer rasgo del régimen de Tacho sería el paternalismo, ejercido tanto en la esfera militar como en la civil. En el mensaje citado con motivo del primer cuarto de siglo del Ejército, escribió: “Me unen estrechamente con todos los miembros de la Guardia Nacional lazos de fraternal compañerismo y en el fondo de mi corazón abrigo para ellos un acendrado sentimiento paternal. Yo adivino en el breve espacio de una conversación, toda la intensidad de sus problemas íntimos, y aunque a veces la natural altivez lo encubra, leo sus congojas y sus preocupaciones, así como se revela sus legítimas aspiraciones y esperanzas”.

Ligia Madrigal Mendieta ha planteado este rasgo analizando centenares de cartas dirigidas al presidente Somoza García, entre 1945 y 1956, por personas de diversos estratos sociales urbanos. Ellos --al obtener empleos en el Gobierno, becas para sus hijos, pasajes aéreos, dinero para gastos médicos, excepción de impuestos, participación en negocios, entre otros favores-- se convertían en incondicionales a la figura paternal del gobernante, integrando su clientela política. Tales personas, veían en el poderoso líder un instrumento capaz de solucionar problemas personales. El ejercicio paternalista de Tacho incluía la satisfacción de solicitudes para apadrinar, con su esposa, bodas y bautizos, como también solucionar problemas conyugales.

Carácter sultánico

Por su parte, Edelberto Torres-Rivas fue el primer politólogo en aplicar el adjetivo sultanesco al poder de Tacho. Identificando la tendencia autoritaria, centralizada y personalista del mismo, Torres-Rivas aludió a una categoría que Max Weber clasificara de sultánica. Considerando que el término no debería ser, en un contexto de análisis político, ligado al Medio Oriente, se refería a regímenes patrimonialistas, como los de Duvalier en Haití, Trujillo en República Dominicana, Bokasa en la República Centroafricana, Marcos en Filipinas y Ceaucescu en Rumanía. Para Weber, el patrimonialismo y, en casos extremos, el sultanismo, tiende a nacer cuando el tipo de dominio tradicional desarrolla un aparato administrativo y una fuerza militar como instrumentos meramente personales del jefe. No existe racionalización impersonal, sino desarrollo extremo de la discrecionalidad del gobernante.

Además, en los regímenes sultánicos --continúa Weber-- las fronteras entre lo público y privado tienden a diluirse y hay una fuerte propensión al poder familiar o nepótico. La función burocrática-estatal se confunde con el servicio personal al mandatario, el éxito económico y los grandes negocios públicos y privados dependen de las relaciones con el Gobierno y no existe, doctrinariamente hablando, una ideología. Todo ello, como se ha visto, lo ejemplificó el régimen de Somoza García. 

Sacasismo oligárquico

La tendencia nepótica es otro de sus rasgos, pero no exclusivo: en el periodo de los dieciocho años conservadores, de 1910 a 1928, se dio hasta más no poder. Como se sabe, la mayoría de los cargos administrativos eran desempeñados por los parientes directos e indirectos de los titulares del Ejecutivo, predominando los de apellido Chamorro. Incluso Emiliano heredó el poder a su tío Diego Manuel en 1921. Mas el nepotismo de Tacho estaba integrado al sacasismo. Tiene razón otro científico social, Orlando Núñez, al sostener que Somoza García no era de extracción social oligárquica; sin embargo logró ser asumido por la familia de su esposa: los Debayle Sacasa. Es decir, por el sector leonés de la clase dominante representado por la familia Sacasa. No en vano la suegra de Tacho, Casimira Sacasa de Debayle (1872-1953), era hija de Roberto Sacasa Sarria (1840-1896), presidente de Nicaragua (1889-1893) y hermana de Juan Bautista Sacasa Sacasa (1874-1946), también presidente (1933-1936). Igualmente sería suegra del fun
dador de la dictadura de los Somoza y abuela de Luis (1922-1967) y Anastasio Somoza Debayle (1925-1980), otros tres mandatarios. Más aún ––como lo señaló en su momento José Coronel Urtecho––, el hecho de que Somoza García se haya incorporado familiarmente a los Sacasa le otorgaría a su régimen unidad, coherencia y continuidad, vinculándolo al “viejo tronco de la familia que en Nicaragua inició la política del desarrollo capitalista”. Y no solo eso: esa misma familia hegemónica, establecida a mediados del siglo XVIII con la llegada de Francisco Sacasa, había tenido entre sus representantes a Roberto Sacasa Marenco (1751-1821) --el hombre más rico de América Central-- y a su hijo Crisanto Sacasa Parodi (1774-1824), muerto en la guerra civil de 1824 combatiendo al lado de la aristocracia leonesa-granadina y contra de los sectores populares. Y lo más importante: los Sacasa habían conformado, a lo largo del siglo XIX, una vigorosa red social y política que abarcaba desde Chinandega, pasando por León y Granada, has
ta Rivas. Por eso comparto las perspectivas de José Coronel Urtecho y Germán Romero Vargas al sostener el primero que la familia Somoza actuó históricamente “como un injerto en una de las ramas del árbol genealógico de los Sacasa”. Y el segundo al puntualizar que el somocismo implicó la preponderancia del sacasismo oligárquico.

Filiación liberal 

Aparte de su incorporación, a partir de 1919, a la familia Sacasa ––uno de los clanes principales del liberalismo de Occidente––, Tacho estaba vinculado genéticamente a un notorio líder liberal de Oriente: José María Moncada (1870-1945). Por ello su destino no era otro que profesar la filiación liberal. Esta caracterizó su emergencia política durante los años veinte y posterior desarrollo meteórico para terminar imponiéndose como líder máximo de su partido. En esta dirección, asumía la herencia histórica del liberalismo en Nicaragua identificándola ––en un retórico discurso de 1946–– con “el brillo de la espada de José Santos Zelaya, la suma de ideas revolucionarias de la Constitución del 93, la palabra encendida de Rigoberto Cabezas, la pureza imponderable de José Madriz, la tropa trágica y heroica que al mando de Moncada caminará desde Bluefields hasta Tipitapa alumbradas por las llamas de centauros, buscando la justicia, la paz digna y la libertad”.

Tres roles, entonces, desempeñaría simultáneamente Tacho casi toda su vida desde 1937 (de los 40 a los 60 años): los de presidente de la república, jefe director de la Guardia Nacional y caudillo del Partido Liberal Nacionalista (PLN). Adueñándose de esta organización, insertó a sus correligionarios en el aparato burocrático estatal, manteniendo así el puesto, o “hueso”, más “lo que cayera”, en palabras de un economista moderno. Además, impuso a los empleados públicos una contribución del 5 por ciento del sueldo mensual en nómina para actividades del PLN, brazo político de su dictadura.

Pactismo bipartidista

Otro rasgo básico de esta estructura gobernante fue su pactismo bipartidista, es decir, circunscrito a liberales y conservadores. En Nicaragua, los pactos entre los dos partidos tradicionales habría que clasificarlos en tres categorías, de acuerdo con sus objetivos: aquellos que ponen fin a la guerra civil (los de 1856, 1893, 1927), los que aspiran buscar una salida electoral a los conflictos políticos (los de 1924 y 1936) y los prebendarios, utilizados por los caudillos ––o, específicamente, por Somoza García–– para optar a una nueva elección presidencial (los de 1939 y 1950). 

Como se ha visto, a través del Pacto de los Generales Tacho aseguró la prolongación de su dictadura constitucional a cambio de otorgar a los conservadores participación minoritaria en el gobierno central y en las instituciones autónomas, así como una tajada menor ––del tamaño de un tercio–– en la representación parlamentaria. Y es que siempre pactó con ellos ––no con ninguna otra fuerza–– para restablecer los términos de la simulación democrática, disponiendo de oportunos colaboradores eficaces como el doctor Cuadra Pasos en 1939 y 1948. “Al juego político legal y público solo se entraba con careta liberal o máscara conservadora; las reglas del juego fueron en consecuencia de un pactismo elitista, entre iguales de clases, pero con desiguales oportunidades para llegar al gobierno” ––puntualiza un afamado sociólogo centroamericano­. Más aun: desde su situación sumisa, el pacto significaba para los conservadores el reconocimiento de que en la dictadura residía el poder dominante de Nicaragua. 

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