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De mi colección narrativa Silva de breve ficción (Managua, Centro Nicaragüense de Escritores, 2008), reproduzco seis textos que recrean o rescatan aspectos —algunos desconocidos— de nuestra Guerra Nacional Antifilibustera (1855-57), cuyo impacto en la literatura nicaragüense ha sido notable.

La sordomuda que Walker adoró

UN JOVEN abogado de Virginia, su amigo Edmund Randolph, le presentó a Ellen, una linda, atractiva, inteligente trigueña de 23 años, pero sordomuda. Desde el primer instante se amaron en silencio. Él, William Walker, agregó a sus conocimientos el de la dactilología para comunicarse con ella: Ellen Galt Martin. La residencia de los Martin —una familia principal de Nueva Orleáns— quedaba en Julia Street 131, dentro de la famosa sección de la ciudad conocida por “Las Trece Casas”. Pese a sus oídos nulos y a su ausencia de habla, Ellen era una mujercita agraciada y agradable. Convocaba tertulias y asistía a fiestas bailables, hasta el grado que sus amigos olvidaban su doble discapacidad.

Por su lado, Walker no era un tipazo. Medía 5 pies y cuatro pulgadas de estatura. Pesaba unas 130 libras y tenía las manos pequeñas y delicadas. De cabello castaño claro y mandíbula angular, rara vez sonreía y nunca se le vio reír. Sus ojos eran penetrantes. Grises. Hipnóticos. Suave y recatado, ocultaba una latente fuerza agresiva.

Los jóvenes fijaron la fecha para su boda. Pero la fiebre amarilla y el cólera azotaban, perennemente, Nueva Orleans. La primera durante el verano. El cólera en cualquiera de las estaciones. A principios de 1849, la ciudad estaba enlutada. El comercio paralizado. Por todas partes colgaban letreros alusivos a la epidemia e innumerables eran los coches fúnebres y ataúdes. De pronto, para suplicio y desconsuelo de Walker, su adorada Ellen —flor del Misisipi— sucumbió a la una y media pasado meridiano del miércoles 18 de abril del año citado. Sus funerales se verificaron el jueves 19 a las cuatro de la tarde.

Quienes conocieron a Walker antes de la muerte de Ellen, afirmaban que él era un hombre serio y cortés, apacible y benévolo. A partir de aquel trance. Sin embargo, se transformó en otro ser. Casi en un paranoico. Obsesionado por emprender acciones temerarias sin importarle sus consecuencias, acaso para ahogar la pena que le había causado la pérdida de Ellen Galt Martin.

El último deseo del líder granadino

EL NEGRO Ponciano, militar, líder de los señores de Granada y querido hasta el delirio por el pueblo de su región, se arrepintió de haber pactado con el filibustero rubio. Entonces, secretamente, pidió ayuda a sus amigos en el exilio con tan mala suerte que sus cartas cayeron en manos de un furibundo leonés, fiel como un perro al filibustero invasor. Y el proceso de “traición” al mismo filibustero “yanqui”, con la consecuente sentencia de ser pasado por las armas, no se hizo esperar.

—¿Cuál es su último deseo?, le preguntaron horas antes de enviarlo al banquillo, en medio de la plaza atiborrada de espectadores y soldados, donde esperaría sin inmutarse la muerte.

—Que me fusilen “yanques”, ¡no leoneses!

La decisión de don Patricio

—El país —expresó el presidente provisorio, resuelta y valientemente ante el filibustero— está en vías de ser destruido. Usted se ha apoderado del gobierno, de la Compañía del Tránsito, de todo; me obliga a nombrar funcionarios incompetentes que no hablan nuestro idioma ni conocen nuestras leyes. No puedo permitir la confiscación de propiedades que usted quiere imponerme. Eso solo acarrea más odio. Yo acepté este cargo para conciliar a la familia nicaragüense. Con su política es imposible la paz. Ya Costa Rica nos declaró la guerra y usted la invadió. Acabó con miles de costarricenses. No se le necesita más aquí. Su presencia nos perjudica. El poder que lo trajo, puede también destituirlo. Es necesario, señor, que licencie sus tropas y se vaya.

—Páguele a mis soldados —contestó calmadamente, pero con firmeza, Walker.

—Le pagaré su sueldo completo. Pero usted debe salir del país. Va a pagársele a todos, pero todo americano debe salir ya.

El rostro del hijo de Tennessee se ensombreció. Con gesto arrogante, adelantó un paso —estaba de pie frente al escritorio donde despachaba don Patricio Rivas—. Sacó su Colt, y sacudiéndosela en la cara del presidente, le dijo:

—Me quedo y gobierno, señor.

San Jacinto: versión de Cayetano Bravo

DOS MASAYAS se unieron a mi grupo de granadinos para atacar por el flanco izquierdo. Era un Vega y un Alegría. Los yanquis ya estaban en el corral de madera y no teníamos parque. Les tiramos bolones. Un Managua de apellido Castro mató a uno con todas sus fuerzas. El entusiasmo reventó en una alegría estrepitosa. Nadie se lo imagina. Pero los yanquis avanzaban más y más. Tenían todo en abundancia. Por eso buscamos refugio en la Casa-Hacienda. El primero en llegar fue un oficial Zaragoza con los suyos. Entonces, el general Estrada nos gritó que debíamos sostener la embestida hasta morir. Unos contraatacamos. Otros salieron por detrás dando vueltas como guerrillas para caerles encima. Y los obligaron a retirarse, desgranándose como mazorcas. En eso unos potros asustados por tantos tiros y gritos. Los yanquis creían que eran refuerzos. Y Patricillo y La Loca les arrancaban las cabezas con sus machetes. Fue examinado el campo. Se recogieron los heridos. Se enterraron a los muertos. Adentro había abrazos y gritos que salían del corazón.

Después me fui a trabajar a la casa de los Alfaro y vi el incendio. Yo venía de vender unos quesos en Nandaime. La gente salió corriendo con motetes de ropa. En la alturita que se llama “El Pochote” pude divisar una enorme nube de humo negro que crecía y crecía. Ya en el camino real hallé al padre Chombo en una mula tordilla y me dijo: “¿Para dónde vas, Cayetano? No sigás. En Granada solo muerte hay”. Cinco casas se habían capeado de las llamas. Era muy difícil caminar por las calles llenas de chunches. Los Alfaro estaban refugiados en sus haciendas de Chontales. La casa esquinera era puro escombro y hasta en ese momento me lo dijeron. La Josefana quiso sacar unas cosas de ellos. Pero murió achicharrada. Teníamos seis años de vivir juntos y cinco chavalos que se me murieron hace tiempo.

Hay ya estoy viejo y pobre. No me gusta tener que pedirle a nadie. Solo una vez hice una solicitud al gobierno pidiendo que me jubilaran por haber peleado contra los yanquis. Y como ni siquiera me contestaron, no volví a insistir. No me gusta humillarme. Porque los gobiernos solo le dan al que se humilla.

¡Adentro, cojutepeques!

DE COJUTEPEQUE era el capitán salvadoreño Vicente Galdámez, combatiente en la batalla de Masaya del 12 de octubre de 1856. Aquello fue horrible: obuses incendiarios, multitud de granadas y balas cónicas de rifles Minié mancharon el azul celeste, y el aire se infestó de cólera morbos. Galdámez agonizaba en la csa que ocupara el Hotel Azcárate, tras encabezar con sus soldados cojutepeques una misión: subir a los techos de una casona, destejarla y por las aperturas dejar caer una lluvia de balas sobre los zapadores de Walker, mientras abrían brechas con minas en los muros. Ellos fueron aniquilados sin comprender la jubilosa expresión de Galdámez:

—¡Adentro, cojutepeques!

El valiente oficial, una de las tantas víctimas del cólera sufrida por el ejército cuscatleco que comandaba el general Ramón Belloso, quiso despedirse de su jefe. Transido de piedad, acudió este a su lado, y tomando la trémula mano que le extendía el moribundo, trataba de atemperar su angustia.

—Otórgueme una merced, general.

—La que usted quiera.

—Prométame que mi cadáver sea enterrado en medio del camino que corre al occidente de la ciudad.

—¿Qué origina este deseo, capitán?

—Ansío experimentar la sensación póstuma de que mis compañeros sobrevivientes pisen mi sepulcro para llevar a nuestra patria mi eterna despedida.

Con la respiración ansiosa, entre los roncos estertores de la agonía y oprimiendo la mano del general en jefe, los labios de Galdámez balbuceaban:

—¡Adentro, cojutepeques… Adentro, cojutepeques…!

Yo era joven entonces

ESTABA EN el puerto de San Francisco. Golpeándome con unos sinvergüenzas. Cuando me contrató un socio del General Walker. Y marché a pelear. ¿Sabe usted? Al paraíso Mahoma. Como llamaban a aquel país atrasado. Con mucha tierra sin cultivar.

Allí me encontré a Callaham. El periodista. Que se enganchó como corresponsal de guerra. Ya muy tarde. Como yo. Porque los países vecinos se alzaron contra nosotros. Impidiendo nuestros planes para civilizarlos. Según el General. Enérgico. Rubio. De ojos azules que le brillaban cuando impartía las órdenes. Era un lince. Y no dejaba a nadie que se le acercara. Salvo a los oficiales. Como yo.

Recuerdo también a Boby. Un muchacho que había decidido buscar oro en el Oeste y lo dejó el vapor en un puerto del Lago. ¿Sabe usted? Por andar haciendo sus necesidades. Callaham era bromista. Jocoso. Boby enfermo. Débil. No hablaba. Sólo quería casarse. Cultivar sus acres. Vivir tranquilo. Pero fue herido en un pueblo. Y abandonado. Se moría de sed. Bañado en sangre y sudor. Pidió agua a unos muchachos. Y le echaron tierra.

Callaham me acompañó en la retirada hacia el muelle. Las casas eran sólo llamas. ¿Ha visto usted una ciudad ardiendo? Pues nosotros incendiamos Granada. Borrachos. Los soldados nacionales nos rodearon. Obligando a los que huimos a refugiarnos en una iglesia de paredes blancas. Donde vivían algunas mujeres.

Callaham siempre reía. Cuando las balas casi le alcanzaban decía: “Esto será una historia hermosa para El Picayune”. Las mujeres se escondían en los rincones. Llorando. Estábamos desesperados. Con los caballos y las mulas. Contestando el fuego en las ventanas detrás de unas almohadas. Así pasamos tres semanas. No había provisiones. Sólo un pozo. Los caballos fueron primero. Los destazamos y cocinamos en fogones.

Cerca del altar dormía una muchacha nítida y dulce. ¡La pequeña Petronila Vivas! Yo era joven. ¿Sabe usted? Y la enamoré. Ella me ayudaba. Salía por las noches a conseguirme tabaco. Nunca supe de dónde lo traía. Ni intenté averiguarlo. Había otros temas de qué hablar. Los disparos continuaban y destruían las imágenes. Luego que comimos las mulas entró lo peor. El cólera. Las mujeres se morían. Callaham ya había escrito su historia y se lamentaba no poder enviarla a Nueva Orleáns. “Qué alegre”, gritaba cuando el ataque era muy fuerte. Una mañana lo encontré en el suelo. Tirado. Con las piernas entrecruzadas. Y el rifle en la mano. Había muerto durante la noche. Delirando. Y El Picayune nunca recibió la descripción del sitio

Ese mismo día murió Petronila en mis brazos. Y lloré. Un hombre bronco. Como yo. El Coronel John MacGrath. Lugarteniente de William Walker en aquel país rico y desgraciado. Al fin nos escapamos en una barca. En medio de un oleaje incesante. Algunos detalles los he olvidado. ¿Sabe usted? Tengo ochenta y siete años. Pero siempre recuerdo a Petronila. Tímida y bella. ¡Yo era joven entonces!

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