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Miguel Huezo Mixco es un salvadoreño polifacético enamorado del arte. Su pasión primigenia es la poesía, sin embargo, también escribe ensayos, hace labores como curador de arte y el año pasado debutó con una novela publicada por el sello Alfaguara. Es columnista en un diario de su país y trata de practicar todos los géneros posibles.

A sus años dorados de juventud le llegó un regalo especial: la literatura, por lo que cuenta con un amplio recorrido en la poesía.

Y aunque al ver su currículo se podría imaginar que ha estado dedicado ciento por ciento a cultivarse culturalmente, en realidad asegura que su generación tuvo que optar entre salir del país, involucrarse en la guerra o nadar en un ambiente tóxico.

En la actualidad radica en El Salvador, su país natal, y comparte su visión del fenómeno de violencia que les está afectando.

Entre salir del país, involucrarse en la guerra o nadar en un ambiente tóxico, ¿qué opción eligió?
La guerra. Estuve diez años en la zona norte del país. No dejé de escribir durante todo ese período. Tuve la suerte de mantenerme en el ejercicio de la escritura, porque no fui un combatiente de línea, sino que era propagandista y pasábamos escribiendo para informar, preparando programas de radio, etcétera. Cuando la guerra terminó, me separé del movimiento político para dedicarme a mi vida personal. Tocó reinventarme. Reinventarse teniendo un pasado como este no es muy fácil.

¿Qué tanto incide hoy en usted la huella de la guerra?
Me marcó profundamente. Anoche soñé con la guerra. Soñé que mi hija menor estaba conmigo en una situación de guerra. No había combates ni tiros, pero yo estaba preocupado y decía ‘qué voy a hacer con mi hija metida en todo esto’. Afortunadamente desperté. Sin embargo, a diario, las historias que comparto con mis amigos están pringadas por la guerra. La poesía que escribo está bastante marcada por los aprendizajes y las experiencias de la guerra.

Además de la guerra, ¿qué otros temas salpican su obra?
La guerra a menudo es un telón de fondo. Una de las cosas que me produce más interés tiene que ver con el amor. No necesariamente es amor, pero sí las relaciones entre las personas. Los encuentros con mujeres extraordinarias, el deslumbramiento al acercarte a personas que son diferentes a ti. También un poco sobre la necesidad del silencio y la soledad dentro de la vida de uno.

A diario nos llegan noticias funestas desde su país, en cuanto al accionar delictivo de las maras. ¿Qué pasa realmente en El Salvador?
Estamos viviendo un fenómeno en donde jóvenes que han tenido tres generaciones anteriores a ellos están viviendo en la exclusión y la marginalidad, han encontrado en el crimen y la violencia la forma de hacerse sentir y de hacerse valer.

¿En qué momento se da esta descomposición? ¿Específicamente es producto de la guerra?
Es una descomposición muy larga, no puede ser producto de un solo evento, aunque es en el período de la guerra cuando se acentúa, en gran medida porque en una guerra ambos bandos tratan de legitimar el uso de la violencia para justificarse.

El Estado que tiene el monopolio de las fuerzas se enfrenta a los grupos insurgentes que no tienen ese monopolio, pero consideran que están actuando con justicia.

Al final de todo lo que hay son muertos. Legítimos o ilegítimos, como quiera que se le llame, al final lo que tenemos son muchos homicidios, éxodo, muertos y más muertos.

En El Salvador, debemos ser francos en cuanto a que todos hemos contribuido un poco a esta situación de descomposición que tuvo en los años 80 como su momento más álgido, en los que se provocó que muchos padres de familia tuvieran que irse al exterior y dejaran abandonados a sus hijos, en manos de abuelos, parientes, amigos; se fueron a Estados Unidos a vivir en circunstancias económicas y culturales muy difíciles.

Vivían en mucha marginalidad y las pandillas salvadoreñas nacen como necesidad primordial para hacerle frente a las pandillas mexicanas, a los jóvenes de origen asiático; surgen para hacerle frente a las diferencias con los grupos afroamericanos. Eso es un caldo de cultivo que, sumado a la situación explosiva del país, es un producto no solo salvadoreño.

Entonces, ¿para usted la inmigración es clave en este fenómeno?
Sin duda que sí. La ruptura de las familias trae como consecuencia la ruptura del tejido social y no hace posible sociedades que vivan sanamente. Aunque formalmente son sociedades y países, en la práctica no hay vinculación entre unos y otros, sino que nos encontramos un clima de desconfianza y una cadena de venganza.

¿Cómo se puede dormir sabiendo que en cualquier momento puede llegar la violencia a su vida?
Voy a ser bien franco, la percepción que se tiene del país está dada por las cucharadas que nos dan los medios de comunicación. Aunque es verdad que ya hemos llegado a 900 personas asesinadas en un mes, buena parte de estos homicidios se producen en las zonas aledañas donde viven y tienen control los pandilleros. 

Hay lugares donde hay delincuencia común, pero en otras podríamos decir que está la burbuja y buena parte de la ciudadanía vive en una suerte de enclaves medievales con fosos y altas murallas.

¿Se sienten seguros en esos "enclaves medievales"?
Hay vigilancia y cámaras de seguridad. Uno sale de su zona residencial amurallada para ir a otra zona protegida donde se trabaja y luego a un centro comercial a hacer compras, que está superprotegido, pero en el tránsito entre uno y otro nicho amurallado podés encontrarte con incidentes como robos en los semáforos o la persecución de delincuentes por parte de las autoridades.

Sin embargo, te puedo decir que la vida en San Salvador se parece bastante a la que veo por esta ventana. La percepción es bastante significativa y no todo es tan mal como parece. 

¿Hay una concentración de las maras en la capital o están diseminadas por todo el país?
Están extendidas en todas las ciudades del país. Han conseguido diseminarse. Jóvenes del occidente se han ido sumando a las pandillas, viéndolo como una opción de vida frente a opciones que no pueden tener: trabajo y dinero.

Incluso, las pandillas han llegado a penetrar los colegios. Hay lugares donde el maestro pierde autoridad por la presencia del pandillero dentro del aula y él es el que define cómo se manejan las cosas dentro del colegio.

¿Hacia dónde cree que va El Salvador en este momento?
Esperamos que vaya para mejor. No tenemos todavía signos claros de que vayamos muy a lo mejor, pero yo creo que vamos a tener la oportunidad de mirar en este fenómeno una lección que debemos aprender para hacer los cambios a nivel social, cultural y económico que el país necesita. En eso están empeñados, no siempre con buenos éxitos ni con la rapidez que quisiéramos, los dirigentes del país, que nos gusten o no son los que llevan los hilos.

En El Salvador, ha habido alternabilidad política en el Gobierno y hemos visto que es un asunto que va más allá de las condiciones partidarias y tiene que ver con la sociedad como conjunto. Todo el Estado debe tener un rol protagónico, pero también los gremios empresariales, las iglesias, los centros de pensamientos; todos tenemos que repensar lo que tenemos que hacer.

El escritor

Miguel Huezo Mixco
País: El Salvador

Huezo Mixco participó en “Libertad bajo fianza”, organizado por el PEN Nicaragua, y asegura que con mucha frecuencia el periodismo pasa de un tema a otro y lo que se informó hoy, mañana quedará en el olvido. Asimismo, dice que la literatura permite abordar con más profundidad los fenómenos sociales y de forma más duradera.

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