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Teclas

Existiendo, como flor sonrisa de cactus en un tramo de cielo. En desnudez silenciosa tajo de nube. Como historia pielada multiplicidad de géneros. Yo, mi propio ensayo y poema soldado al éter. Musicóloga de mis pentagramas inventados. Ninguna de mis notas domina a la otra. Hago gárgaras de miel como los pájaros matando sedes, mientras pervive la continua novela ronroneante. Paradojal, me doy volantines en mis filosofías y pensamientos. He de franquear las fronteras celestes con el punto final anhelado. Soy un remanso de río, únicamente traductible en la delicadeza del aleteo de las mariposas y los peces. He aprendido a ser primera voz y personaje, a no obedecer el rojo semáforo de mis sueños. Mientras el silencio escucha atento mi teclado convulso, siento los apapachos oníricos, los paisajes internos cabalgar, y mi corcel aspira a las alturas de las vallas. Mi propia competidora soy; no pierdo energía en las alturas de las vallas ajenas. Mis saltos son espasmódicos y desatados, irreflexiva o reflexivamente, no lo sé. Mis corceles sudan lucideces esporádicas. La alquimia de mi imaginación la entiende la noche únicamente: Pagina vertiginosa fiel al oficio de darse la vuelta, nunca disgresionada, siempre emulando un poco la profesión del agua.

Raíz

Sucedió el día pacato en que las coordenadas no trazaban ningún horizonte. No había soles ni gaviotas, ni playas calmando su sed con la champaña de las olas. Mis estandartes estaban vencidos, como en muro de bloques de barro, que trazaban paisajes probables en mis vísceras. Entendí que no era más que un árbol errabundo que había sido sol en esplendores cegantes. Pero amé lo hosco de la corrugosidad de mi piel con la suprema maravilla de sus vetas ocultas. Parecía exudar sándalos. Mis dedos de los pies se negaron al leprocomio y me troqué medusa jamás histérica, un calamar de tintas ocres y marronas para que los bloques no me temieran. Mis brazos extendieron verdugones recordatorios fidedignos de todas las refriegas. Tuve que argentarme para parecer ramaje violento de hojas impermeables. Y me fui sol enraizado a un tramóntico cielo o a un horizonte alburero, en un oleaje del barro de mi pueblo.

Baobabs

Mis alas son cortas como penachos de baobabs, abrevadero mismo de agua propia. Se han finiquitado las sedes de mis islas. Continentalmente lamo el horizonte con mis recién azuladas retinas. Sobrevuelo olas que se esculpen sacramentales en el rito del viento y me sumerjo en sus danzas y siluetas escondidas, en una boca que padece de eterna sed; no se traga a sí misma. Diminuto mi árbol isleño de apenachados plumajes se rinde ante la majestuosidad de ese ente vivo, latiente, que acuna en sus úteros miríadas de vidas y especies. Mas no se puede comer los soles. Oh horizonte desdentado y sin estómago, que tan solo hamaqueas resplandores. Ya mis vuelos no se estrellan en los picos elevadísimos de las rocas, ni son malhadados ni maldecidos por la corriente adversa de los eolos. Nada puede ejecutarme en estas lindes donde solo nos conduce la brújula de mis plumines, la otra opción, el otro patio verdeante que no es tan bello como el jardín donde se esconde mi continente, bañado por el rocío ínfimo de los líquenes.  La nunca fragmentación me ha visitado, la nunca frontera donde las guillotinas no cortan senderos ni líneas limítrofes ni decapitan acentos. Las vasijas no se averdugonan cuando se reparan. No hay remiendos ni zapatos viejos; todo camina por su propia virtud enzapatado  de claqués, tapeando en las plazas que flotan donde solo mi alma danza hasta tornarse ola. Mis marejadas se extienden en la pequeñez de mi jardín desmesurado  de follajes en gotas de rocío que enfrascan pinos coronados de nieves postergadas. Soy mar, ala penacho, un ángel, dos, una miríada de murallones arcangélicos, que se dejan babear por las espumas secretas de los gorriones empanzados de mieles. Ya no soy  luna repartida en las islas donde mis troncos pozos recogían agua serena.  Soy cielo cubriendo una oceanidad diminutamente inmensa. A veces la embotello y la bebo; y de baobab alado de un alba sin pausas salto a mundos de mí, perplejos.

Niña

Desenrollaba hasta el último de los ovillos. Los carretes sin hilo de la máquina de coser de mi memoria, a veces, terminan por hacer círculos resignados en el aire. Mis párpados desgarraban vértices indoloramente, para tornarse círculos tuertos grávidos de la infanta madura y latigada de hematófagos sueños, que una vez pernoctaron eternidades en el andén personalizado del universo. Allá siempre hubo aleros intocados de intemperie. Nací con un cerebro genéticamente insomne radical. Recorría con mis manos el perfil de todas mis vivencias confrontadas por la noche. He vivido una forzosa niñez en esta pacífica juventud otoñera, que contrarresta los vagones volcados de muñecas. En los alevosos muros que a veces obturan las cañerías secretas, mis garras penetran, son las mismas que han matado mis mil muertes. Cada vez que he muerto, he sido fallecida limpia; he sangrado cielo arriba y lavado mi sangre en mi ruta de fontanales abismo adentro; danzando el chachachá del paroxismo del vértigo. Que nadie los minimice; yo he danzado al son de ellos. Les he ladrado y rabiado, y sin llegar a la invacunable rabia, me he babeado con ellos. Aullidos de lobos de sombra multiplicada anuncian la ruptura sucedánea con el ombligo de mi casa de muñecas. Nada ha logrado estrangularme. Mi gaznate es siamés del toro Ratón que mató en la fatal faena a Manolete, es tan ancho como mis plazas donde se cetroniza la anchurosa medida de mis infinitos abecés de tinteros exangües y pliegos inastillables. Siempre en la ruta del lápiz encuentro a la niña en los corredores de mi memoria; una secuencia de puertas contiguas con paredes medianeras como las casas de mi pueblo; aderezadas de las potenciales aguja y cana, tan imprudentes e inadvertidas, que siempre irrumpen en sus aldabones permanentemente destrabados y crujientes.

 

 

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