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Cuando Erick Aguirre Aragón (Managua, 28 de agosto, 1961) fue elegido miembro de número de la Academia Nicaragüense de la Lengua, declaré que era el más dotado de los escritores de su generación y el único integral. En efecto, ningún otro domina seis o siete manifestaciones escriturales: la poesía, la novela, la crítica, el ensayo, la entrevista, el reportaje periodístico y el artículo de opinión.

Por ese ostensible mérito quizás la Academia decidió incorporarlo a sus filas en forma casi unánime, o mejor dicho en términos beisboleros, bateando mil puntos: doce hits y una base por bolas, en alusión a los doce votos favorables que recibió Erick y a una abstención.

Diez obras

Diez obras sustentan su lograda y sostenida vocación. En primer lugar, tres poemarios: Pasado meridiano (Signo Editores, 1995), Conversación con las sombras (Centro Nicaragüense de Escritores, 1999) y La vida que se ama (INC, 2011), laureado a nivel latinoamericano con el Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2009, por su calidad, originalidad, coherencia y excelente uso del lenguaje poético. 

Como novelista (ejercer este oficio ya es un mérito), Erick es autor de dos aportes: Un sol sobre Managua (Hispamer, 1998) y Con sangre de hermanos (anamá, Ediciones Centroamericanas, 2002), ambas reeditadas; la primera en 2000 y 2003, y la segunda en 2011. Además —lo sospecho fuertemente—, debe tener dos o tres novelas inéditas más.

Pero es en la crítica literaria donde se ha proyectado con mayor impacto. Cuatro colecciones de análisis y semblanzas tiene en su haber: Juez y parte. Sobre Literatura y escritores nicaragüenses contemporáneos (Instituto Nicaragüense de Cultura, 1999), que obtuvo mención honorífica en el Certamen Nacional Rubén Darío 1994; Subversión de la memoria. Tendencias en las narrativas centroamericanas de post guerra (Centro Nicaragüense de Escritores, 2005); Las máscaras del texto. Proceso histórico y dominación cultural en Centroamérica (Academia Nicaragüense de la Lengua, 2006) y Diálogo infinito. La poesía nicaragüense y sus prolongados coloquios en el tiempo (Centro Nicaragüense de Escritores, 2012). Un libro más de Aguirre es necesario citar: La espuma sucia del río. Sandinismo y transición política en Nicaragua (Managua, Fondo Editorial CIRA, 2001): una colección de crónicas y ensayos que “pretenden ser un recuento del devenir político del FSLN a lo largo de casi toda una década: los noventa”.

El poeta y el novelistaErick Aguirre Aragón. Cortesía / END

Como poeta, Aguirre ha logrado su voz propia. En medio de las múltiples de sus antecesores, compañeros generacionales y sucesores, sobresale por recurrir a la inteligencia “como principio rector de la composición poética, como premisa soberana de la estrategia textual” —anotó Álvaro Urtecho—. Por su lado, él afirma que los poemas de sus tres títulos “atestiguan el crepúsculo del mito revolucionario, de la esperanza después del último fracaso”. Y es cierto. 

Yo observo en ellos la presencia de lecturas nutricias, sobre todo modernas y de una compasión humana, reflejada por ejemplo en textos como “Tortilleras”, “Sirvientas”, “Charamusca”, aparte del tono elegíaco y lapidario (“Inscripción”, “Ellos”) o evocador (Masaya).

En relación con sus dos novelas, parten de la experiencia periodística y se desarrollan en una Managua plenamente vivida, al punto de constituir testimonios históricos de la misma. Inscritas en los contextos de la revolución sandinista y de la transición política del siglo XX, ambas revelan una pluma ágil y segura para novelar. En otras palabras confirman a su autor como dotado para el género. 

Juez y parte

De sus obras críticas, Juez y parte fue la primera y la más valiosa en su género, publicada durante los años noventa en el país. Heterogénea, interpretaba —desde la perspectiva de la literatura y los escritores—, “una época importante en la historia nicaragüense y de la humanidad (el final de los ochenta y el inicio de los noventa)”. Cuatro fueron sus secciones: I. Nuevos escritores de Nicaragua; II. Literatura y revolución sandinista (traumas y dilemas); III. Predilecciones mundanas (Cesare Pavese, Milan Kundera, Jorge Luis Borges, Octavio Paz); IV. Otros temas (Joaquín Pasos, Pablo Antonio Cuadra, Carlos Martínez Rivas, Sergio Ramírez, Lizandro Chávez Alfaro, entre otros autores).

Casi todas sus páginas resultan imprescindibles para conocer a fondo la letra nicaragüense contemporánea, entre ellas, una amplia entrevista de Ernesto Cardenal, originalmente publicada en El Semanario. Otros autores asediados por Erick —a través de sus obras— corresponden a los siguientes: Ana Ilce Gómez (Las ceremonias del silencio), Fanor Téllez (El don afluente), Daysi Zamora (En limpio se escribe la vida), Jorge Eliécer Rothschuh (Otra después de Eva), Julio Valle Castillo (Materia jubilosa), Erick Blandón (Vuelo de cuervos), Franz Galich (Huracán corazón del cielo), Álvaro Urtecho (Esplendor de Caín), Gustavo Adolfo Páez (Sueño, luego existo), Edwin Sánchez (Sueño en relieve), Juan Chow (Oficio del caos), Manuel Martínez (Jugadas de la vida, Quitarse las máscaras) y Juan Carlos Vílchez (Viaje y círculo).

Las máscaras del texto

Las máscaras del texto consiste en un libro multidisciplinario e inquisitivo. Apertrechado de perspectivas teóricas modernas,  como la poscolonialidad y la sociocrítica, analiza autores canónicos como productores de un discurso letrado conservador que tiende a fortalecer la división jerárquica y excluir de sus registros paradigmáticos las manifestaciones originadas fuera de su ámbito. Cabe advertir en sus cuatro estudios culturales (las representaciones literarias del indígena, la narración mítica de la Carreta Nahua, el patrimonialismo como herencia histórica en algunas novelas y el discurso crítico y la modernidad ideológica en Rubén Darío) no pocas enseñanzas lúcidas.

Compartiéndolas con otros críticos de su generación a nivel centroamericano, Erick cuestiona el concepto de identidad nacional que propuso la vanguardia nicaragüense, sustentada en el mestizaje como síntesis oscilante entre la búsqueda universalista occidental y la apropiación, distorsión o manipulación de lo autóctono. 

Diálogo infinito

Y en cuanto a Diálogo infinito, me recuerda el volumen Prosa crítica (1989), del poeta y académico cubano —nacido en Madrid— Eugenio Florit. Varias centenares de reseñas, publicadas entre 1941 y 1964 en la prestigiosa Revista Hispánica Moderna, contiene ese volumen donde han quedado interpretadas —a través de una cálida, serena vibración existencial— múltiples voces poéticas de España e Hispanoamérica.

Pues bien, Aguirre realiza una similar tarea, aunque de dimensión local, en Diálogo infinito: un libro organizado (¡no orgánico!) sobre la poesía nicaragüense a partir de la vanguardia granadina, incluyendo la producción de la última década del siglo XX y de la primera del XXI. Una revisión y una reflexión que culmina con el ensayo “¿Ha muerto la poesía en Nicaragua?”

En las 355 páginas de Diálogo infinito se encuentra la respuesta a esta pregunta y a otras planteadas por Aguirre en su extenso prólogo ilustrativo; el más completo resumen y el más actualizado texto sobre la materia. No en vano abarca desde el “parte aguas” de la poesía en lengua española que significó Rubén Darío hasta el suicidio como performance de Francisco Ruiz Udiel, ejecutado el 31 de diciembre de 2011.

La obra, dividida en cuatro partes, comprende 33 recepciones críticas. No sin un fiel y espléndido “Retrato del joven vanguardista”, la primera trata de Pablo Antonio Cuadra (una visión totalizadora), del “Misterio indio” de Joaquín Pasos, de la recóndita religiosidad de Carlos Martínez Rivas, de Ernesto Cardenal (otra visión totalizadora), del genuino mundo indígena de Francisco Pérez Estrada, de los indios postrados de Mario Cajina Vega, del lirismo nostálgico de Eduardo Zepeda-Henríquez y del merecido homenaje que se le tributó a Claribel Alegría en la séptima edición del Festival Internacional de la Poesía de Granada.

La segunda parte tiene de sujetos a Edwin Yllescas y los laberintos de su memoria, a Iván Uriarte y su poética del apocalipsis, a Francisco Valle y su solitaria travesía poética, a los “náufragos y polizones” de los años sesenta (Julio Cabrales, Beltrán Morales, Donaldo Altamirano, Fanor Téllez, Ana Ilce Gómez y “Chichi” Fernández y su eterna celebración), a Jorge Eduardo Arellano: historiógrafo literario y poeta, al espíritu en zozobra que fue Raúl Orozco y a Gioconda Belli y su más alto erotismo.

En la tercera, Aguirre diserta sobre Álvaro Urtecho (“Tiempo de canto y cenizas”), sobre Erick Blandón (“Todo vive en la realidad del poema”), sobre Julio Valle-Castillo con sus pasos contados, sobre Juan Carlos Vílchez y sus paisajes humanos, sobre Santiago Molina Rothschuh (“Gastado por las estaciones”), sobre Daizy Zamora y En limpio se escribe la vida, sobre Jorge Eliécer Rothschuh (“Provincia y trashumancia”), sobre Guillermo Rothschuh Villanueva y su Amor errante, sobre Tito Leyva y su Puerta sin brújula.

En la cuarta parte los privilegiados de la recepción de Aguirre —abierta y generosa— son Manuel Martínez, Carlos Calero, Juan Chow, la generación poética de los ochenta (Félix Javier Navarrete, Emilio Zambrana, Martín Aguilar, Bosco González, Silvio Páez, Xavier Quiñones, entre otros), las mujeres poetas al final del siglo XX (Yolanda Blanco, Blanca Castellón, Alba Azucena Torres, Carola Brantome, Helena Ramos, Milagros Terán), la poesía y los poetas en los años noventa y los del nuevo siglo.

He ahí con claridad conceptual —y en prosa transparente— este libro de Erick Aguirre: producto de una tarea única y admirable (solo Álvaro Urtecho competiría con él): la de cronista literario; tarea que ahora se aprecia mucho más en su verdadero valor y trascendencia.

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