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He aquí doce anotaciones --que acaso revelen más de un hecho desconocido-- sobre el autor de las proezas bélicas más resonantes del continente en pro de la libertad de América del Sur.

Colosal

Bolívar fue en todo colosal y uno de los pocos seres que han sido dirigentes de la acción, en el lugar de la acción y al frente de la acción.

Un coloso que en menos de cuarenta años recorrió en barco, a caballo y a pie, una distancia equivalente dos veces y cuarto la vuelta a la tierra, superando en miles de kilómetros a Alejandro Magno, Julio César, Aníbal y Napoleón juntos.

Todo ello para realizar su proyecto: la independencia y unidad política de la América española entre el período de la generación finisecular del siglo XVIII y el proceso revolucionario, generado a principios del XIX y concluido en 1824, con la Batalla de Ayacucho. Para ejecutarlo, protagonizó 472 combates (entre ellos 36 batallas), destinados a liberar las que ahora son cinco naciones: Colombia (1819), Venezuela (1821), Ecuador (1822), Perú (1825) y Bolivia (1925); dirigió 37 campañas, habiendo ganado 27, perdido 8 y 2 de resultado incierto; escribió cinco mil cartas  --menos de la mitad lamentablemente perdidas--, 780 decretos, unas 100 proclamas, otras tantas arengas, tres ensayos literarios y una biografía breve (la del Mariscal de Ayacucho).

Todo esto quiere decir --deduce el colombiano Gustavo Vargas Martínez-- que de los 7,538 días de su actividad revolucionaria a partir de la misión a Londres hasta su deceso en San Pedro Alejandrino, no faltó un día en que redactara una carta, ni que recorriera trece kilómetros diarios en promedio… cuando solo Colombia cubría más de dos millones de kilómetros cuadrados, extensión más vasta que todas las conquistas de Napoleón y casi tres veces las tierras liberadas por George Washington.   

El Caballo y La Rosa

Más de la mitad de su vida permaneció Bolívar montado: si no sobre el caballo, dirigiendo sus gloriosas campañas libertarias, sobre la rosa sexual de la mujer, a la que era impetuoso adicto insaciable.

Chaparrín y Bailarín

Don Simón era chaparrín. Medía dos centímetros menos que Tomasito Borge. Nadie, sin embargo, ha reparado en su estatura física; más bien, idealizándola, la alargan. Asimismo, era un notable e incansable bailarín.

Fogoso y Exaltado

Thomas Rourke lo describe: “Era de temperamento fogoso y exaltado y gran conversador. Siempre le gustaba mandar y ser el primero…”

Anagrama

El anagrama más significativo de Rubén Darío --nuestro Bolívar literario-- es Un Bardo Rei. El de J. Santos Zelaya, Ya nos lazaste J.; el de Carlos Cuadra Pasos, Para casos de locura; el de Emiliano Chamorro, Mi ir oler ano macho; el de Aldo Díaz Lacayo (Yaco Alaza D. Olid).

¿Y el de Bolívar? Libró a V., naturalmente.

Profeta errático

A los merecidos títulos de Bolívar, ¿habría que añadir el de errático profeta? Los istmanios del continente --quienes sobrevivimos en el área centroamericana-- respondemos positivamente. Porque en su delirio de futuro don Simón aseguró: Los estados del istmo de Panamá hasta Guatemala, formarán una asociación. Esta magnífica posición sobre los dos grandes mares podrá ser, con el tiempo, el emporio del Universo.

La realidad nos da la razón. No constituimos ninguna asociación ni unidad política. Ni somos emporio comercial alguno. Más bien, cabe hacer otra pregunta: ¿Seremos, más pronto que tarde, emporio del narcotráfico?

Las ajenas Antillas

Demetrio Ramos, en su instructiva biografía de Bolívar, recuerda que este no intentó en ningún momento “libertar a La Habana”, ni otro territorio antillano en poder de los españoles. El Libertador temía el estallido de una rebelión de esclavos negros que, como la de Haití, fuera imposible controlar.

La América mestiza

Iniciador de la tradición autonomista de América Latina, Bolívar partió de su iluminismo formativo europeo y de su percepción americana que tuvo un momento clave en su encuentro con Alexander Von Humboldt (1769-1859) en París. Así concretizó la tendencia independentista de la América española entrelazándola con una tradición autóctona: la de los levantamientos armados que, al margen de sus diversas causas económicas o políticas, habían sido como campanazos de libertad en la conciencia de los criollos. Nos referimos a los movimientos de los comuneros del Paraguay en 1725, al de Nueva Granada en 1749 y al de Tupac Amaru en 1781.

En su concepción fundacional, expuesta sobre todo en la Carta de Jamaica (1815) y en el Discurso de Angostura (1819), el Libertador no solo se proclama Padre de la Independencia, sino Hijo de la Libertad; impulsado por la fuerza vital del movimiento de masas que encabeza, sostiene que la soberanía popular es la fuente de autoridad legítima, depositaría de la voluntad soberana y árbitro del destino de la Nación.

De ahí que su filosofía política --remontada a Montesquieu-- no tenga otro fin que la creación de pueblos libres.

Pero especifica, definiéndola etnológicamente, su América: No somos ni europeos ni indios, sino una especie intermedia entre los aborígenes y los españoles. Americanos de nacimiento y europeos por nuestros derechos, es necesario disputar con los naturales los títulos de posesión y luchar contra el invasor en el país que nos vio nacer. Su herencia, cultural, pues, estaba marcada por la América mestiza: la indoespañola.  

Marx y su desprecio de Bolívar

Don Karlos no entendía la cuestión nacional en América Latina. Por tanto, ignoró la significación de Bolívar; más aún: fue uno de sus grandes detractores. Sin reprimir su eurocentrismo e influido por la tradición antiespañola predominante en Inglaterra, donde subsistía escribiendo para la Enciclopedia Americana, desdeñó las campañas militares del exaristócrata caraqueño.

Para el filósofo de Tréveris y descendiente de una familia judía de clase media, las derrotas iniciales del caudillo sudamericano se debían a su impericia militar; y sus posteriores triunfos, a la Legión Británica. “Como la mayoría de sus coterráneos, era incapaz de cualquier esfuerzo prolongado”; antes de hacer la guerra, “gastaba más de dos meses en bailes y fiestas”; indolente, en vez de avanzar sobre el general Morillo con resolución, en cuyo caso “la fuerza europea de su ejército hubiera bastado para aniquilar a los españoles… prefirió prolongar la guerra cinco años más”.

El autor de la tesis doctoral Diferencias entre las filosofías de la naturaleza de Epicuro y Demócrito agregaba en su juicio condenatorio: “dejó al General Sucre todas las tareas militares, y se decidió, por su parte, a hacer entradas triunfales, a publicar manifiestos y promulgar constituciones”. Asimismo, en el Congreso Anfictiónico de Panamá, Bolívar se propuso “hacer de toda América del Sur una república federal de la que él sería dictador”.

Años antes, el profeta social más consistente del siglo XIX había escrito a su carnal Engels --quien había celebrado la anexión de las dos terceras partes del territorio mexicano a los Estados Unidos-- esta opinión infortunada: “ver que comparen a Napoleón I con Bolívar, el pillo más cobarde, más vulgar y miserable, es algo que excede todo límite”.

En definitiva --explica el marxólogo porteño Jorge Abelardo Ramos-- América Latina estaba fuera del foco visual de las meditaciones de don Karlos.

Nicaragua: ofrecida en pago a Inglaterra

En 1815 Bolívar concebía una alianza estratégica con el Imperio Británico, manifestada en su célebre y celebrada Carta de Jamaica del 6 de septiembre de ese año. Entonces se hallaba recluido en esa isla inglesa como “general retirado”, sin dinero, soñando con un retorno a tierra firme. También ya había escrito otra carta, el pasado 15 de mayo y dirigida a Maxwell Hyslop, en la que insinuó entregar las provincias españolas de Nicaragua y Panamá a Inglaterra. ¿Con qué fin? Para que formen de estos países el centro del comercio del Universo por medio de la apertura de canales. A cambio, Inglaterra le proporcionaría dineros, armamentos y voluntarios para proseguir su lucha emancipadora. O sea: que para obtener la libertad de Suramérica, don Simón nos ofreció en pago a la pérfida Albión.

Pobreza pre-mortem

Al fallecer el 17 de diciembre de 1830, el Libertador había regalado su quinta, empeñado su vajilla de plata y distribuido sus últimos dineros entre la multitud de oficiales, soldados y partidarios que huían del Bogotá hostil. Aquel que al iniciar su gesta poseía mil esclavos, los había manumitado a todos. Ahora, los propietarios de esclavos que él rehusó expropiar, lo echaban de la patria. El médico francés que lo atendía en su lecho mortuorio escribió: “Para sepultar dignamente al gran patricio, hubo que pedir a un vecino una camisa limpia”.

Bolívar y Sandino

No, no son comparables. Y resulta desproporcionado relacionar sus actuaciones históricas. Ni militar, ni política, ni intelectualmente están a la misma altura. Bolívar es como la cordillera de Los Andes que cruza, imponente, el Sur de América. Sandino--hablando en términos orográficos-- no trasciende los 600 metros del volcán Masaya. Pero el muchacho de Niquinohomo (a los 33 años comprendió su heroísmo quijotesco) estuvo animado por la utopía que Bolívar había elaborado, marcando un hito y estableciendo las bases para el futuro. Así concibió una variante de “Patria Grande”: el nacionalismo antimperialista, formulado en su primer escrito mayor: “Plan de realización del supremo sueño de Bolívar” (marzo, 1929). Un original movimiento político le precedió: el aprismo de Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979). Otro, el peronismo argentino, prosiguió su idea de unión latinoamericana: El año 2000 nos encontrará unidos o dominados. En su referido “Plan”, el nicaragüense insistió en la incorporación de Haití al proyecto de unidad continental antimperialista, en tanto que Haya de la Torre fue “indoamericano”. Al respecto, el apólogo de Sandino “La historia de Rin y Rof”, suscrito el 10 de marzo de 1929 y dedicado a Gabriela Mistral, está dirigido “a los niños de América Latina, Continental y Antillana”. No en vano, desde su delirio en El Chipote, el nicaragüense había proclamado: “Yo soy hijo de Bolívar”.

 

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