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Según lo que mis amigas mayores me habían contado, era algo muy lindo, pero sólo cuando la luz del sol recién nacido pasó a través de mis pupilas, y cada rayo entibió mi corazón, me di cuenta que era un verdadero espectáculo de la naturaleza.

Me atreví a hacerlo sólo cuando tuve 15 años, y aún sigo con la inquietud del porqué no tuve antes el valor. Tal vez fue hasta entonces porque sabía que lo encontraría muy cerca de allí.

Antes de que se despertaran los primeros aires matinales y se pusieran juguetones con mi cabello, yo ya estaba en pie. Esto no era diario, pero sí cada que podía, y pasé desapercibida un año entero hasta que dejé de hacerlo; de modo que mi familia no se enteraría de no ser porque sé que algún día leerán esto. No tuve intenciones de disgustar a nadie; por el contrario, quería alegrar mi espíritu enjaulado, pues, aunque tenía permiso vespertino para ir, no encontraba la más grande expresión de belleza sino en el amanecer a lo largo del muelle en el Lago Xolotlán.

Me escapé. Me escapé, y hasta los gallos de mi casa ya eran cómplices míos, pues no cantaban su melodía despertadora a menos de que, a mi regreso, les llenara el buche con el pan de coco que vendían cerca de mi acostumbrado recorrido. Tal vez sentían que todo debía ser como fue.

Al llegar allá caminaba lento y cerraba mis ojos…, y disfrutaba llenar mis pulmones con la frescura de lo que no es el día ni la noche. Me recostaba a un pilar, me sentaba dejando mis pies descalzos colgados rozando apenas el agua como un anzuelo, sonreía…; y a veces, al abrirlos, estaba él en frente de mí, con su cuaderno, su pluma y una flor.
Se sentaba conmigo y veíamos juntos cómo nacía el sol por el horizonte que, como todo niño tierno, estaba lleno de frescura e iluminaba con su singularidad su alrededor. ¡Cuán magníficas aquellas tonalidades de púrpura, naranja, amarillo, rosa!

Éste era nuestro momento, o más bien el suyo. Sacaba entonces su cuaderno, y ahora él era el sol, esparciendo poesía de colores en cada página. Siempre me dedicaba un verso, una estrofa, y hacía que los llevara conmigo de regreso a casa. Y las flores, ¡ni hablar! Le gustaba colocarlas alrededor de mi cabeza, y cada día llevaba una diferente, con el argumento de haber intentado fallidamente encontrar una tan bella como yo.

Pero un día no llevó flores, ni su cuaderno. Sólo me dio un trozo de papel enrollado que guardé en mi guardapelo a su petición. Y me llevó a orillas del agua, y vimos el hermoso desfile de unas frágiles y hermosas aves erguidas. Me dijo entonces que estaba enamorado de una de ellas, una que tenía el plumaje más obscuro que las otras: cafesino; pero era cautelosa, firme, gentil, apacible, gallarda, diferente, “perfecta”.

Siempre procuré llegar a casa antes de que alguien hubiera despertado ya. Ese día todo fue normal. Al venir la tarde, salí a caminar nuevamente a orillas del lago a fin de encontrarlo una vez más. ¡Oh, cómo hacía florecer dentro de mí todas las emociones juveniles!

Pero no lo vi. Seguí caminando, y de pronto me sentí observada. Di con los ojos que me lanzaban aquella mirada curiosa que me hizo voltear, y eran los del ave, la misma garza que parecía haberme robado el amor de mi amado. El ave pronto partió en su vuelo y de nuevo me encontré sola y pensativa. Entonces recordé aquel pedacito de papel que él me había dado en la mañana. Lo había guardado sin saber de qué se trataba.

Con mis manos temblorosas y ansiosas, lo saqué, lo desenrollé, y el papel tenía escrito “Tú eres la garza morena”.

Kerstin Sofía Miranda Murillo
Nació en Managua, en 1999.
El próximo 8 de febrero cumplirá sus 17 años. Ha vivido todo ese tiempo en Masaya, donde cultivó el amor por el arte y ha escrito poemas. “El Ave del Lago” es su primer cuento, inspirado en la experiencia amorosa de Rubén Darío y su Garza Morena, Rosario Murillo.

 

 

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