•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

“Seres de papel”, llamaba  Roland Barthes a los personajes de todo relato, incluyendo al narrador, otra máscara del personaje mismo; “seres vivos sin entrañas”, escribía Paul Valéry. Seres que deambulan entre la ficción y la realidad  cercando  nuestro imaginario, de las páginas se escapan y se acomodan en los rincones de  nuestro espacio cotidiano, convivimos con ellos. Persisten, pernoctan entre nosotros, dejan de ser ya no inquietante extrañeza, sino  entes que percibimos con vida propia, como si fuesen de carne y hueso. El hombre no puede existir sin este toque fantástico, para ello constituye un  pacto con la  ficción, que renueva de libro en libro, lector que se embebe de la diégesis que fluye. Nombremos a dos de estos seres de prosa: digamos el Odradek, de Franz Kafka; mencionemos el Jorobadito, de Walter Benjamin.  

 La historia del Jorobadito nos la cuenta Benjamin  en uno de sus libros: Infancia en Berlín hacia 1900, una cancioncilla lo describe así: Cuando bajo a la bodega para escanciarme vinito, /hay un jorobadito allí que lo quita del jarrito. /Cuando voy a la cocina para hacerme la sopita, /hay un jorobadito allí que me rompe la marmita. /Queridito niñito, te lo ruego, /reza también por el Jorobadito.                                   

La infancia es ese suceso mágico cuando las palabras transformaban la realidad. Todo acecho mágico cautivaba a Benjamin y esta canción fue una de sus grandes fantasmagorías, varita mágica para detectar otras vicisitudes de lo real por muy terribles que estas fuesen: misterios que se ocultaban en esos interminables pasillos de las mansiones  berlinesas de fin de siglo, ahí donde todo podía ser motivo de temor, de preguntas a la noche, en media oscurana.  Cualquier  desgracia era culpa del  Jorobadito, “personaje -nos lo define Pilar Carrera- a medio camino entre la normalidad y lo monstruoso, entre lo ordinario y lo extraordinario, entre el mundo real y la fábula, no pudiendo ingresar en ninguno de los reinos”. Si Benjamin tropezaba tumbando en la calle, si las canicas se  cascaban o la punta del trompo se dañaba, si las cosas cambiaban de lugar, entonces Benjamin no dudaba de la intervención maligna del hombrecillo, que lo perseguía tras una ristra de desastres. Su gran amiga y destinataria epistolar Hanna Ar
endt, supo entender la dimensión perversa de este personaje. Para ella, el Jorobadito significaba “esa malignidad personificada de los objetos, que pone la pierna cuando nos caemos, y hace caer los objetos de la mano cuando rompemos algo”. Más allá de su infancia, pareciera que la vida de Walter Benjamin fuese  regida por el tarot ciego del Jorobadito, cada carta dibujaba su joroba, totalizaba todo su entorno, desarreglaba la dimensión de los objetos: “el jardín se convertía en jardincillo, mi cuarto en un cuartito y el banco en un banquillo. Se encogían y parecía que les crecía una joroba que las incorporaba por largo tiempo al mundo del hombrecillo”. Pero la importancia que Benjamin le otorgaba era aún mayor, considerándolo un coleccionista indiscreto de nuestras imágenes más íntimas: “pienso que la totalidad de la vida, que dicen pasa ante los ojos del moribundo, se compone de tales imágenes, como las que el hombrecillo jorobado tiene de todos nosotros”. Esta producción de imágenes difiere de aquellas  rep
resentativas del aura (trama singular de espacio y de tiempo);  imágenes primordiales, que volviendo de la  lejanía del pasado se vuelven  experiencia del presente;  el Jorobadito es una especie de ángel del mal, maestro en que las cosas permanezcan en el olvido empobrecidas de experiencia, por lo tanto, es el continuum  que deforma la historia acumulando desastre tras desastre, no el ángelus novus, que entre las ruinas del pasado con un solo soplo viene a redimirnos.

Hanna Arendt pensaba de una “mala suerte”  malogrando todos los asuntos existenciales de Benjamin, quien en el recorrido entero de su vida jamás gozara de éxito alguno, salvo en sus grandes logros filosóficos; el resto todo fue un andar entre la iluminación y la muerte. Es posible que la noche de su suicidio en Portbou, un 26 de septiembre de 1940, el Jorobadito se hubiese ocultado entre los papeles de su maleta, confundiendo las letras de su destino.

Borges lo apadrina

Pariente  del Jorobadito es la criatura imaginada por Franz Kafka: el Odradek;  sabemos de su existencia por un cuento corto que el autor de la Metamorfosis intituló Preocupaciones de un padre de familia. Borges fue deslumbrado por esta criaturita, tanto, que da fe de ella en su  Libro de los seres imaginarios. Kafka nos la dibuja de una intrincada forma: “su aspecto es el de un carrete de hilo, plano y con forma de estrella, y la verdad es que parece hecho de hilo, pero de pedazos de hilos cortados, viejos, anudados y entreverados, de distinta clase y color. No solo es un carrete: del centro de la estrella sale un palito transversal, y en este palito se articula otro en ángulo recto. Con ayuda de este último palito de un lado y uno de los rayos de la estrella del otro, el conjunto puede pararse como si tuviera dos piernas”. Kafka configuró también un pasado y un presente para su Odradek, proponiendo serios argumentos para una etimología de su nombre: “algunos dicen que la palabra «odradek» procede del eslove
no, y sobre esta base tratan de establecer su etimología. Otros, en cambio, creen que es de origen alemán, con alguna influencia del esloveno, pero la incertidumbre de ambos supuestos despierta la sospecha de que ninguno de los dos sea correcto, sobre todo porque no ayudan a determinar el sentido de esa palabra”. En nuestra opinión,  creemos que la palabra “Odradek” esconde también otras lecturas, entre ellas podemos tomar en cuenta una en la cual la letra K, como étimo privilegiado, juega un papel simbólico importante. Apegado a ella desde su propio nombre, Kafka opinaba: “la encuentro odiosa, se me opone y sin embargo la escribo, es muy característica de mí”. Letra de origen patriarcal demarcando  destinos inconclusos, vestigios de mundos despojados de Ley y Gracia. Personajes como el agrimensor K, Joseph K, Karl, Klamm, Kalmus, Kalda, ostentan la letra K: aliteración insistente motivando la cadena fónica significante, anagramatismos a buscar bajo las palabras, asimismo, somos envíados hacia  alguna combina
toria  cabalística que solo Kafka conocía en sus permutaciones. Odradek es ese espacio etimológico que deconstruímos para auscultar alguna sílaba de nosotros mismos; lo interrogamos y él nos responde con su risa que se oye cual  “un crujido de hojas secas”, mientras rueda su carrete metafísico por la escalera respondiéndonos apenas. Cada hilo del Odradek teje el lugar de un laberinto.

Muchos ideólogos han disertado acerca de su vida y milagro, pero entre tantas tesis políticas (crítica del uso despiadado de los bienes de consumo en la sociedad capitalista) y religiosas (su forma en cruz  que sugiere una transcendencia), el Odradek  no puede ser  considerado solamente un objeto de estudio para dar lugar a una coherencia ideológica, va más allá: podemos decir que es un “objeto inútil” que parece no significar gran cosa. Es la paradoja del Odradek: significa lo que no significa. Suponemos que podría coexistir entre Les choses de George Perec, de igual modo sería posible  encontrarlo en el  Canto de guerra de las cosas de Joaquín Pasos. Algunos han visto en él hasta la certeza de que será testigo del momento mesiánico, por su  austera manera de estar en el mundo y  porque nos sobrevivirá indicando algún signo ante un tiempo nuevo. Kafka detalla así esta existencia sorprendente: “en vano me pregunto qué será de él. ¿Acaso puede morir? Todo lo que muere debe haber tenido alguna razón de ser, alg
una clase de actividad que lo ha desgastado. Y este no es el caso del Odradek. ¿Acaso rodará algún día por la escalera, arrastrando unos hilos ante los pies de mis hijos y de los hijos de mis hijos? No parece que haga mal a nadie, pero casi me resulta dolorosa la idea de que me pueda sobrevivir”. Walter Benjamin pensaba que Odradek es “la forma que las cosas toman en el olvido”. Esa forma que se sobrevive a sí misma entre jirones de tiempo. 

Inmortal 

En  permanente estado de resurrección, el Odradek genera nuevas interpretaciones y rigurosas puestas en ficción, como es el caso de una de las primeras novelas del escritor español Enrique Vila-Matas, Historia abreviada de la literatura portátil, donde el espíritu de la criatura kafkiana anima la escritura: un doble o un “Paredro” (como Cortázar dice en 62 Modelo para armar) que nos existe con sustitutos de nosotros mismos a través del tiempo y el espacio; así, cada escritor hospeda un Odradek en su interior, viaja a su lado, o repite en sus noches la canción del Jorobadito. Un poema de nuestro inmenso Fernando Silva, represente, quizá, la presencia de estos seres de papel que animan nuestra visión de las cosas. “Mi caballito”,  se intitula el poema del maestro Silva, un caballito que trota en la noche: caballo de André Bretón cabalgando alrededor de un tomate, caballo de palo (hobby-horse) pasatiempo de Tristram Shandy, caballo azul de Franz Marc pastando verdes estrellas. Escuchemos el poema: (…) me decían 

que al caballito/lo soltaban todas las noches/paca paca/y yo pensaba todas las noches en el caballito/andando ahí en lo oscuro/paca paca/y que a veces también andaba volando/y por eso quedaba el pesebre/como un nido vacío/ahí en lo oscuro/paca paca/pero nunca pude ver/al caballito volando/porque sólo podía oírlo en la noche/trotando/en lo oscuro/paca paca/paca paca.

Pero ¿quién lo anima desde lo oscuro, es el Jorobadito que lo espanta, o es uno de los hilos del Odradek que lo enlaza a la eternidad?

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus